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Apunte de Mari

>> lunes, 10 de octubre de 2016


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Yo quisiera...

Yo quisiera poder decirte todo lo que te mereces. Frágil y transparente, siempre reluces y tornas a lo más alto, como una burbuja escapada del mar. Su voz silenciosa.

Aunque el sol te destaca, tú esperas siempre la noche, cuando él no está, y te olvidas por un momento de la razón y te haces toda música y lates con las estrellas. Y yo, con los ojos cerrados, esté en la habitación que esté, te siento, porque sé que en realidad también estoy arriba, conectándome a ti por una línea invisible de puntos, los que conforman nuestro dibujo astral. Somos un extraño animal del zodiaco, que viaja sin moverse a través de su inmensidad para observar el mundo dormir. Y entonces me olvido de que alguna vez tuve miedo a algo, porque ahora soy tan inmaterial como tú. Somos aéreos, tú bien lo sabes. Y aunque siempre parezca la misma extraña noche, no hay que temerla, porque formamos parte de ella. 

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¿Por qué Debussy?

>> jueves, 15 de septiembre de 2016


Tal vez un escritor pueda sentirse tan identificado con el impresionismo por una sencilla razón: el impresionismo valora la percepción subjetiva de las cosas, algo tan de vital importancia para quien se dedica a aportar su propia visión del mundo. Un mundo que nunca es como objetivamente la ciencia lo presenta, sino que se encuentra sujeto a la percepción de quien lo contempla. Un jardín es a su vez cien jardines, y si alguien contempla un jardín pintado, ve entonces dos jardines, como diría Platón. El impresionismo es un gran jardín, es el mundo interior en el que recogerse y recrearse. Es la belleza imperecedera, pues nosotros la forjamos y a ella volvemos siempre que deseamos sentirnos felices. Con la muerte de quien la concibe muere esta percepción también. Y Debussy es eso, la propia interpretación que de él hacemos cada uno de nosotros. Un jardín vedado para quien no siente la música con verdadera pasión, curiosidad, paciencia y tesón.
Para mí, Debussy queda asociado inevitablemente con la pintura. El arte pictórico y musical han convivido en mí, los he transmitido y recreado a lo largo de mi vida. la escritura me ha ayudado a penetrar todavía más en ellos, ha fomentado mi imaginación, mis ensoñaciones, las que me hacen sentir vivo.
Debussy es Francia y España, es la música de ambos países. Un poeta entre dos tierras. Por eso, para mí, Debussy es la música de los pirineos navarros, vascos y franceses, por los que transité siendo niño y adolescente. Muchas de esas imágenes han quedado "impresionadas" en mí, y a ellas regreso incluso en la oscuridad más absoluta. Los caminos el atardecer, rumbo hacia Zugarramurdi. El pueblo de aspecto medieval, el color de la tarde con sus colores de paleta tan vivos, y la música de "Iberia" sonando dentro de mí. Debussy son los nocturnos con los cielos estrellados del verano de agosto, tumbado sobre una tapia en Roncesvalles. Los campos verdes de Monet, el castillo que me dio mi nombre, una comida cerca del monasterio de Leyre en una gran sala cubierta de frescos históricos, rememorando la coronación de un rey o del martirio de San Sebastián. Pero Debussy no es sólo Debussy: es también Ravel, su prolongación, es Saint-Jean-Pied-de-Port, con sus casas que casi parecían de cuento, sus playas y la mer enfrente... Son los bosques misteriosos, son los valles recorridos a través de un coche, con la música viva sonando a través de un radiocasette. Es su aspecto amable en un retrato de Nadar, como si tratase de recordar cómo de delicada era su sonrisa cuando fue niño.
Por todo ello, Debussy siempre me acompañará y me ayudará a inventármelo cuando ya no pueda recordarlo, debido a sus intrincados pentagramas, siempre tan escurridizos.

 

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Maestros de maestros

>> miércoles, 14 de septiembre de 2016


En este fotograma del film documental "You don´t do anything-You let it envolve", realizado en 1992 por Jan Schmidt-Garre, puede observarse al protagonista de la cinta, Sergiu Celidibache, durante una de sus clases magistrales de dirección orquestal. Detrás, el conjunto de alumnos que asistían como oyentes, aspirando a convertirse algún día en un músico de la talla del rumano. Entre ellos, Juan María Esteban, quien siete años después fundaría la Orquesta Amadeus, en la cual yo participaría como violinista, hasta el año 2007. Qué duda cabe de que en ellas conocí la técnica de Celidibache "de la mano" literalmente de mi director musical. Cuando todavía no conocía la figura del que fue durante tantos años titular de la München Philharmoniker, y que posteriormente acabaría admirando, no sólo como director, sino como humanista. Su forma de transmitir su concepción de la música en los testimonios filmados de sus "rehearsals" te hacía sentir, tras el visionado, que aquel día habías aprendido no algo más, sino muchas cosas más, a cada cual más importante, sobre música, filosofía, literatura, Historia e incluso espiritualidad. Su testimonio era el de un sabio, eso sí, con cierto carácter y temperamento, quizá demasiado duro con los que acudían a él como al son de una flauta encantada. Él era reacio a toda grabación, pues consideraba que lo que quedaba ahí registrado era cosa muerta, y como tenía razón de ser y permanecía vivo era en el contexto presente e inmediato. Así es la música, algo inmaterial, imposible de atraparse ni siquiera en un disco. No obstante, para los que no estaban en aquellas clases ni en aquellos auditorios, para todos los que nacimos un poco más tarde, es de agradecer que se conserven estos registros de su "memoria viva". Aún antes de conocer a este maestro de maestros, pude hacerme una idea aproximada de él a través de los ensayos en los que Juan nos enseñó, no sólo a coordinarnos para interpretar un partitura conjuntando nuestros diferentes  instrumentos, sino también qué quería transmitir cada obra, qué había querido dejar reflejado el compositor, o incluso cómo esa música podía convertirse en otros significados presentes en cada una de nuestras vidas. Él también era un humanista, poseía una vasta cultura y, en parte, mi curiosidad musical fue espoleada gracias a él.    

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De la inmaterialidad del sentimiento

>> martes, 13 de septiembre de 2016


Berlín, 1950. Sólo cinco años después del final de la II Guerra Mundial, el músico Sergiu Celidibache dirige a la Berliner Philharmoniker sobre las ruinas de la que había sido la sede de la orquesta durante sesenta años. En ese lugar, que bien podrían ser las ruinas de Atenas que dieron lugar a la famosa marcha de Beethoven, aquel joven director ejecutaba otra pieza del compositor: la Obertura de "Egmont". Sobra decir lo mucho que me impresionaron aquellas imágenes, no sólo por la fuerza de la música en sí y su puesta en escena - llevada de forma tan enérgica por la juventud del rumano, de aspecto tan zíngaro-, sino por el sentido que la resurrección de Beethoven tenía en aquel emplazamiento, en aquel momento. Una Berlín arruinada, donde su Historia, su pasado material, se reducía a innumerables ruinas. Su patrimonio material. Beethoven era también legado de Alemania, aunque inmaterial, y su espíritu, impelido por el romanticismo, parecía insuflar a aquel escenario una energía que parecía muerta. Él, resucitado, parecía querer resucitar lo que le rodeaba, cantar a ese hermanamiento pregonado por el Schiller de su Novena Sinfonía. Yo también quisiera poder transmitir con palabras lo que todo ello me sugiere, pero me parece imposible. Lo admiro, lo vivo, lo siento, y me parece injusto guardármelo para mí y no poder manifestarlo de viva voz, en la palabra escrita.      

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Grandes olvidados

>> jueves, 8 de septiembre de 2016



Cuando Joaquín Soler Serrano le preguntó al gran Mompou cuál creía que era, de sus obras, la que más se conocía en España, el tímido músico catalán esbozó una leve sonrisa e interpretó su "Sinfonía azul" o, lo que es lo mismo, la famosa sintonía de la Cadena Ser. La "sintonía" de la "sinfonía" hizo que la música callada dejara de serlo para hacerse oír por toda la geografía española. Pero no ha sido el único que merecería, igual que con las bandas sonoras de las películas que usurpan "legalmente" música de otros, un reconocimiento a pie de página. también el pobre Tárrega, ha pasado a ser conocido en los últimos tiempos, como el catapultador sonoro de anuncios de telefonía o de helados. Así, su "Gran vals" se convirtió en el tono de Nokia y en el acompañante de los anuncios de la compañía. Su "Lágrima" ha servido para que Häagen-Dazs ponga a una muchacha disfrutando del dulce de leche "Cream crisp". ¿Dónde quedaron sus "Recuerdos de la Alhambra"? Y es que la televisión en su momento- ahora internet- arrebató a la música de concierto su poder, lo que en su momento hizo el cine también con el teatro, el cual menguó en número de asistentes debido a que muchos se hicieron "cinéfilos".

Muchos de ellos, grandes virtuosistas, tampoco pudieron dejar sus dotes para la posteridad, pues tuvieron la buena y la mala suerte de vivir en el mundo antiguo. Ahora, en la modernidad, hay mejores sistemas de grabación sonora pero ¿a quién le interesa ya las performances de estos grandes genios, como el ya citado Tárrega, Sarasate o Gayarre?
Cuando estuve, hará ya un par de años, en el archivo de la Biblioteca Nacional, un señor con ganas de presumir de su institución, me dijo: "Acabamos de adquirir recientemente unos cilindros de cera en los que se puede escuchar a Tárrega tocando la guitarra". De eso nunca más se supo, hasta que un buen día, por azares rizomáticos, llegué a unos videos en Youtube donde supuestamente se podía escuchar a Tárrega sonorizado en los dichosos cilindros. Este soporte poco podía asegurar la posteridad del intérprete, pues a cada reproducción su material se erosionaba hasta la desaparición del "testimonio".  Los entendidos en la materia, aún así, dejaban todo tipo de comentarios escépticos acerca de que esta grabación fuese verídica.


Por mucho que nos las demos de "chauvinistas", nos cuesta valorar nuestro patrimonio. ¿Y qué hay de esa "El presidio", esa versión española de 1930 que Edgar Neville filmó en Hollywood para la Metro Goldwyn Mayer de la superproducción "The big house"? Ochenta años sin proyectarse en España. Es decir, que para una vez que un cineasta español cruza el charco y le dejan hacer en América algo, nosotros nos hacemos los suecos y preferimos a Bergman. Mientras, ellos (los americanos) ya han sacado un triple DVD con las versiones del film...

Así es... Homo Homini Lupus... o tal vez sería mejor decir "Homo Hispanicus"... etcétera.        





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La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach

>> viernes, 27 de mayo de 2016


   

La tarde y la noche del pasado lunes fue única. Sobre las cinco, salí con Mari, como no lo hacíamos desde mucho tiempo, con la sencilla y simple ilusión de caminar por caminar. Recorrer nuestras viejas calles de Madrid, en el mismo simbólico sentido como llevamos haciendo hace ya dos años, repitiendo una especie de ritual que sólo los dos conocemos. Una ciudad que sólo parece tener la edad que nuestra relación le ha dado.
Por la noche, Mari se va y aparece Antonio, un buen amigo. Trae bajo su brazo dos libros con los que me obsequia como recuerdo de mi cumpleaños. El año pasado fue "Bomarzo". Éste, "Campo de amapolas blancas" y "La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach. Le prometí que los leería pronto, y así traté de cumplirlo. El segundo fue el primero que elegí, por una cuestión sentimental. Era un libro del que mi madre me había hablado una y mil veces cuando yo era niño. Era una de aquellas pequeñas perlas de ese océano secreto que está por descubrir. Debía ser que yo era muy pequeño por entonces, y me daba miedo nadar. Ahora, todavía con cierto respeto al mar, me zambullí en sus páginas. Aún encontrándome en el tren, donde tan complicada se hace la lectura en determinadas ocasiones, no pude evitar sentir una gran emoción. Me asaltaban un cúmulo de sensaciones que me impedían continuar la lectura. Me recordaba oyendo hablar a mi madre de aquella obra, de su sencillez y belleza, del cariño con que parecía haberse escrito. El respeto por el admirado Bach, aquel que mi madre había descubierto, como tantos otros autores de música clásica. Ella había comenzado a admirar esta música ya mayor, y la disfrutaba no con pedantería ni suficiencia, sino con el respeto con el que una persona humilde y buena puede acercarse a algo así. Mi madre representa todo eso, no he conocido una pureza tal, un candor, una bondad así, todo ello unido en tal especial resultado. Pura espiritualidad, pura música, como la de los "Conciertos de Brandenburgo" o "La Pasión según San Mateo". Esa música que tantas veces escuché sonando en el despacho de mi padre, tan melómano, tan apasionado también de la belleza estética, que bien supo transmitirme por vía sensible.
Por todo esto, reconozco en esa voz cálida de la autora de este libro algo de esta época y admiro la admiración con que escribe hacia el hombre amado y hacia su música. Así quisiera escribir yo, aprendiz de literato, y así quisiera amar. Son por ello precisamente este tipo de lecturas las que me estimulan en mi tarea.

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