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Videoproyecto

>> domingo 26 de febrero de 2012

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P. R . A . V. Grupo B

>> miércoles 8 de febrero de 2012

Cadáver exquisito

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HISTORIA DE UN FALSIFICADOR

Él no tenía nombre porque, de llamarse algo, debería de “apelarse” de mil maneras distintas.
Pensaba que Pessoa era un pesado y que lo que pensaba lo desasosegaba.
Él no sufría un trastorno de personalidad. Simplemente se aburría en una soledad cada vez mayor y escapaba de sí mismo mediante diversas identidades.
Le preocupaba estar vivo por todo lo que ello conllevaba. Además, no solo tenía que preocuparse de su vida sino de las de aquellos que completaban su existencia: su madre, su mujer y su hija.
Un día, su hija se levantó sobresaltada. Había oído voces en el despacho de su padre. Escuchó a una tal “Mimí” decir que había perdido a su familia y que se encontraba sola. Hablaba como hablan las niñas de los dibujos animados cursis.
Entró en el despacho y encontró a su padre sentado ante el escritorio y hablando con esa voz.
“Papá. ¿Por qué haces eso? Tengo miedo”
Tenía miedo de su propio padre. No entendía que no había de qué preocuparse, que el pobrecito necesitaba hablar solo, para sí mismo. Su propia voz le aburría. ¿Por qué no podía ser una niña como lo era su hija? ¡Bendita infancia! ¡Bendito universo femenino donde no caben soldados y sí prados silvestres!
Otro día, su mujer le descubrió en la cocina, haciendo unos fideos, mientras hablaba con la voz de ese doctor que un día vino a casa para diagnosticarle una falsa enfermedad.
“No debe usted hacer ejercicio. Su “ribanitis” podría agravarse”.
Se inventaba todo lo que decía. ¡Hasta los fideos terminaron contagiándose de aquello y fueron servidos en una salsa suculenta a los ojos (a las “pupilas gustativas”) pero abominable a la boca, a la lengua.
Una tarde, la madre decidió acabar con la pesadilla de su hijo. Desempolvó su antiguo bastón de mando y comenzó a realizar visitas cada vez más numerosas a casa. Tanto empeño puso que acabó yéndose a vivir allí. No quería dejar ni un momento a solas a su hijo para evitar que este cometiese alguna tontería.
Una noche, entró en el dormitorio y se sentó cerca de la cama, aprovechando la penumbra. Su nuera no veía con buenos ojos esta invasión de la intimidad (por muy loable que resultase la intención esgrimida a modo de excusa). Está tan loca como su hijo”. Así, todas las noches. La buena señora entraba cuando marido y mujer se disponían a meterse en el lecho conyugal. Al final, transcurridas tres semanas, el marido abandonó su fea costumbre de hablar por boca de otros. Aquel fue un día de felicidad.
A partir de aquel día, la mujer se sintió como en un remanso de paz.
“Soy feliz” pensaba cada noche mientras se desnudaba en la penumbra delante de su suegra.

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"Three transitions". Peter Campus

>> lunes 6 de febrero de 2012

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Tesoros olvidados. Imágenes perdidas del cine español

>> domingo 5 de febrero de 2012

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DALTÓNICO

>> viernes 3 de febrero de 2012

Azul aeroplano
Amarillo cuerda
Rojo caramelizado
Blanco densidad
Verde estancado
Negro hueco

¿Y qué si el color no existe?

En la oscuridad de la habitación
Tenía miedo a que me buscaran
Y quería ser por fin encontrado
Mientras mis amigos por lo bajo
Se reían de que siempre jugando
Fuese yo al que siempre le tocara
Esconderse dentro, arriba, abajo,
Fuera, entre, sobre, delante, detrás
En cualquier sitio, entre tinieblas…
No podía respirar ni hacer sonidos
Porque podía ser descubierto (que
Era lo que yo quería) a ellos podía
Olerlos cuanto más se aproximaban
Y ellos a mí seguro que también…
Aunque no lo decían porque querían
Que me angustiase más sintiéndome
Presa de ellos… Asustado, a veces,
Encendía la luz para que no les diera
Tiempo a descubrirme… para que no
Se jactaran de mi miedo. Todo había
Acabado… Se enfadaban y había que
Volver a repetir de nuevo todo aquello
Y todo volvía a empezar… de nuevo.


EL COLOR EXISTE
GRACIAS A LA LUZ

LOS OLORES EXISTEN
GRACIAS A LA NARIZ

LOS ADULTOS EXISTEN
GRACIAS A LOS NIÑOS

El miedo existe… sin el valor

A veces me pregunto
Qué fue antes… si el
Hablar o el pensar lo
Dicho ¿no? Yo ya sé
Que hay gente capaz
De hacer estas cosas
(una y otra), e incluso
Escribir sin conseguir
Entender lo que todos
sus dedos pulsan en el
teclado de su máquina
abecedaria- ABCdaria
¡Se cree muy culta por
Tener dibujadas todas
Esas letras de aquella
manera tan perfecta!-
Dime de qué presume
Y te diré de qué carece

Hay amigos míos
Cuanta alegría de
Verme por fin con
Vosotros. No os lo
Podéis imaginar. Y
Qué poco dura esta
Sensación de placer
Y qué rápido vuelve
Aquella mayúscula:

TUS ESCRITOS EXISTEN
PORQUE ALGUIEN ANTES
ESCRIBIÓ MEJOR QUE TÚ

El día que las máquinas de escribir
Puedan hacer el trabajo del escritor
Daré por zanjada toda esta disputa
Y me tumbaré por fin en este lecho
Para escuchar el dulce teclear sobre
Mis oídos… El día que exista quien
Escriba mis pensamientos, será día
De fiesta. Bailarán hombres de patas
De cabra y beberé el dulce néctar de
Los que ya no necesitan la sabiduría
Para congraciarme con los regordetes
Angelitos… SI LOS RECHONCHOS
ANGELITOS NO EXISTIERAN…


No existiría ni mi cama
Ni las máquinas con las
Que escribir, ni los rojos
Caramelizados, ni estrofa
De poeta, ni pintor Tiziano
Ni… Ni… Ni el miedo al
Oscuro… Ni la crueldad de
Aquel que niega la luz. FIN





Se desvela el secreto: He tratado de
Escribir tratando de construir cubos
De texto, líneas igual de largas que
Formasen versos. Al pasar de uno a
Otro formato todo esto se ha ido al
Traste… Las apariencias engañan y
El sentido del escrito desaparece por
Completo aunque, como se ve en esto
Que ahora mismo estoy escribiendo,
Sigo intentándolo… Tozudo de mí…

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EL CIRCO MÁS PEQUEÑO DEL MUNDO. A TEODORO ESCARPA GONZÁLEZ



Dos momentos de mi vida con Teodoro y "Trombón"





Domingo por la mañana. Tenía este que aquí escribe cinco o seis años. De la mano de mis padres y mis abuelos llegaba hasta el Retiro. Una vez allí enfilaba el paseo del estanque buscando afanosamente un lugar a la derecha en el camino. Muchas veces estaba todavía vacío, pero no me importaba. Me quedaba sentado esperando. No podía tardar. A ese espacio mágico (que confluía con el paseo de estatuas) llegaba un hombre llamado Teodoro que lucía chistera y barbas que vestía siempre trajes coloridos. Portaba un baúl oscuro de madera que se me hacía enorme. Una vez allí lo abría y comenzaba a sacar lo que él llegó a denominar “El circo más pequeño del mundo”. Nadie podía imaginar que aquella maravilla podía encontrarse contenida en tan poco espacio. De él salía todo un escenario y los diminutos y variopintos artistas que lo pisaban.
Estaba por ejemplo Arlequino, un personaje con trazas clásicas de la comedia italiana, que era capaz de cambiar sus bolas coloridas por su propia cabeza, con la que también hacía malabares tras hacérsela desprender de su propio cuerpo. También estaba Roberto, un negrazo de Nueva Orleans que quería ser Louis Armstrong porque tocaba la trompeta y cantaba igual que él. Después, el hombre elefante, que se batía en duelo con un mosquito invisible que siempre acababa ganándole la partida de boxeo. También había un esqueleto cuyos huesos se encajaban y desencajaban al ritmo de la música. Así todo una troupe de maravillas traídas de todas las partes del mundo. Yo siempre me colocaba detrás del escenario y siempre las veía antes y después de salir a escena. Reposaban colgadas de un atril, esperando a cobrar vida. Expectantes. Sus hilos eran movidos por ese pequeño Dios que era Teodoro. Teodoro trabajaba con las manos. De él dependía que hicieran bien su función todos los domingos. Teodoro hablaba con ellas muchas veces en mitad de la actuación. Ellas tenían a veces miedo. Recuerdo al payaso Trombón, que no se atrevía a andar por la cuerda floja. Le miraba asustado, con el pánico escénico típico de una persona tan diminuta como era él. No importaba lo profesional que fuera, las veces que hubiese caminado sobre el vacío. Que nunca se hubiese caído. Teodoro tenía que inspirarle fuerzas, animarlo por todos los medios posibles. Finalmente, acababa cruzando de un lado a otro y saludaba satisfecho al público (y a Teodoro) tras la tarea bien hecha. Los niños no eran capaces de despegar sus ojos de aquel espectáculo tan formidable. Teodoro hablaba maravillosamente, con la labia que caracteriza a todo un presentador de variedades. Se colocaba tras la pequeña pista y con su pie pulsaba un interruptor escondido. Pronto sonaba el bombo y el platillo de Sousa, el sonido hipnótico de los encantadores de serpientes, la música folk irlandesa, el Danubio Azul… Todo contenido en aquel lugar, en aquel trocito al aire libre por donde podía pasar cualquiera. Uno de aquellos días, del baúl de Teodoro salió una marioneta más. Dormía igual que las otras, dentro de un saco negro. Cada una de ellas tenía su propia “cama”. Esta marioneta no era otra que yo mismo: Un violinista pequeñito de pelo moreno. Detrás, en su espalda de madera, había una dedicatoria. Este ha sido el regalo más importante que he recibido nunca. Cada día, cuando me despierto y me levanto, el violinista de cara blanca me mira con su violín puesto al hombro, siempre dispuesto a arrancar unas notas de él.
Pero llegó un domingo en que Teodoro no vino. Yo seguía yendo cada día de la semana hasta allí, no cejando en mi empresa. Sin Teodoro, el Retiro ya no tenía la misma cara. Todavía había un hombre de carne y hueso que apagaba palos de fuego en su boca y cruzaba una cuerda floja de verdad. Pero esto no me interesaba. La realidad era un aburrimiento.
Así pasaron los años hasta que hace unos pocos volvió a aparecer. El reencuentro fue fabuloso. Nos fotografiamos para tener un recuerdo de nuestra amistad (tan grande fue que ni la distancia ni los años la rompieron).
El otro día encontré por Internet una serie de fotografías antiguas hechas por Catalá Roca en Barcelona. Allí estaba Teodoro, treinta años más joven, igual de idealista y misterioso, haciendo pasar a los niños una buena mañana con su pequeño gran espectáculo.
Un gran artista, un artesano de los que ya no quedan. La elaboración de sus marionetas fue siempre un misterio para mí. Y aunque conseguí reproducir burdamente sus inventos en casa, haciéndome yo mismo las marionetas, no había nada que hacer al lado de sus prodigios en miniatura. Teodoro representó para mí un canto a la creatividad, una oportunidad para creer en la utopía. Yo quería ser como él y no me habría importado viajar por el mundo dentro de su baúl. Quería aprender su sabiduría, su concepción de la vida. Teodoro fue mi maestro aunque yo nunca pude ir a su taller ni recibir sus clases. No quiero que con él desaparezca su arte. Sería injusto para el mundo. Me hubiera gustado que hubiese visto la admiración que sentía por él hecha carne, cuando por las tardes, después del colegio, iba al Retiro acompañado de mi madre y de aquellas imitaciones de sus marionetas. Me hubiera gustado que hubiese visto cómo me ponía en un banco, utilizándolo de escenario, y desplegaba mi propio circo personal. Cómo los niños acudían a verme haciéndome pasar por él. Cómo con siete y ocho años me creía titiritero.
Esta semblanza tuya y mía va para ti, Teodoro. Estés donde estés.

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