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EYRE

>> martes, 30 de septiembre de 2008

El otro día estuve
En la tumba de San Valentín
Toda rodeada de cuervos
¡Menuda estampa para festejar
El día de los enamorados!
Ahí se condensan Eros y Tánatos
Y no hay un mísero cupido que proteja
Al tan venerado por paganos santo
de los hambrientos gusanos

30 – 9 - 08

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LA MÚSICA ESPAÑOLA

¡Y si Granados alza su poderosa voz
Con el martelato!
¡Y si Albéniz con plácida sonrisa
Fuma su habano
Mientras con sus regordetes instrumentos de trabajo
Tararea la melodía
De la vida del siglo pasado!

Las majas están de fiesta
Los peleles son al viento alzados
Con esa cama hinchable de agua
Que lo hace ser todavía más manipulable



¿Quién está de luto?
Al que por valerosa hazaña
Condenó su vida por salvar otra
Y acabar los dos ahogados
Tras el bombazo de un proyectil de guerra
El último romántico que diría la zarzuela
Las últimas notas
Esbozadas sobre la salina

¡Granados melancólico!
Dibuja lo que ve no solo con las notas
Sino como Fortuna
Que celoso de su última obra
La condenó a lo inédito
Llevándosela con él a la tumba

Los niños corren
Tras un ceremonial de misa
Abierto al público en la calle
Las ventanas lucen rosas y claveles
Viendo pasar a la santísima
Entre todas las mujeres
El Corpus en Sevilla

Luego los gitanillos
Que suben y bajan cuestas
En las casas de barro cocidas
Color blanco azul andaluz
Y amarillo de playa
Es la alegría
Del pueblecito que no se atreve
A enterrarse como en Sacramonte
Ni a entrometerse en La Alhambra
El Albaicín se destroza
Como las cosas viejas
Pero en las pinceladas de Sorolla
Queda la luz irrepetible reflejada
Y el aire de fiesta
Que un valenciano conoce
Para poder en la Hispanic Society retratarla

La tarara sí
La tarara no
La solemne música procesional
Ya las callejuelas de farolillos abandonó
Y ahora se precipita
Con el fervor acostumbrado
De nuevo a la iglesia porque llueve
Sobre mojado

La evocación
Del puerto de Santa María
Donde un día
Embarcó Alberti
Para regresar en su poesía
Con lágrimas de marinero
Y voz de altanero
De recitador poeta

La jota, la rondalla
Hechos de cuerdas, vientos y timbal
Reconvertidos, reutilizados
para gloria nacional fuera de España
un estreno mundial

30 – 9 -08

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Romance en el Barrio del Pilar

Lápices de colores sobre papel

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Polichinela muerto (22-5-2006)

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Sokolov interpreta la sonata nº 7 de Prokofiev (Precipitatto)



Quien se abstrae del mundo, quien parece que cava cuando teclea...

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Dos miradas a Isabel

"Retrato en una terraza de la calle Postas" (rotulador sobre papel)

"Variaciones sobre un tea de Thomas Tallis. Encargo de una ensoñación" Acuarela sobre papel

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Algún día me dejaré la cabeza... en un cajón (por ejemplo)

>> lunes, 29 de septiembre de 2008

Boceto de mentira para cajón de verdad






Obra final. Óleo sobre cajón
62 x 42 cm







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De mi novela "EL VIAJERO QUE NUNCA SE CANSABA"

>> domingo, 28 de septiembre de 2008

ONE


- ¿De qué se asustan? He vuelto a renacer, vuelvo a ser niño… Recuerdo aquellos paseos en los que entraba como salía de casa: sin cansarme. ¡Tantas cosas vistas! Viajo en tren gratuitamente y ralentizando los paisajes… Sólo tengo que dar una orden para detener los engranajes. A la edad de noventa y siete años, la lucidez es un lujo, y el optimismo el refuerzo al lujo. ¡La gente no sabe el número de dientes que tiene en su boca! Dice “eso lo estudié en su tiempo y no recuerdo” pero en realidad solo tiene que saber palpara con sensibilidad matemática, por muy incongruente que suene. Yo, que puede sacarlos para contarlos, y antes que no tenía ábaco para llevar a cabo la acción, presumía y puedo presumir de no caer tan bajo como aquellos.

Era un fanfarrón. Sabía que no había perdido nada de la fuerza que exhibía en su juventud ahora, al encontrarse postrado sobre cuatro elementos de apoyo.
- Tengo la casa llena de macarrones…
La señora de Domínguez no quiso quedarse con la intríngulis:
- ¿Macarrones dice?
- Sí, macarrones… Macarrón es un gran retratista, pintor de corte cuando esta se encuentra ya extinguida… Sin duda alguna sus imágenes en cada una de las habitaciones de mi palacio se repiten como las voces fantasmales de las obras de Britten… Miles de voces, “fantasmiles”.
- ¡Es usted un fetichista de recuerdos!- espetó sin contemplaciones Federico Méndez.
- ¿Y quién no, amigo mío? Ustedes lo son hasta de elementos inertes… Yo, necrófilo, amo a mujeres que ya no existen. ¿Ama usted a la señora de Castro, la autora de ese libro de nombre tan divertido, follas novas?
- ¡Oh, sí, pero podía amar a tantas que ni siquiera sabemos que son mujeres!
- En efecto… Usted ahora mismo podría enamorarse no de Juan Ramón Jiménez, sino de Camprubí, y así otro tanto con manos en la sombra que se sacrifican por ese mismo amor… ¿Y usted, señor Rocamora, por qué parece tan ausente? No es que no me guste Neruda, pero le veo muy callado…
- No estoy callado… Escucho.
- ¡Oh, bonita frase para el perfecto para que se la plagie un novelista venido a menos!

Finalizó la velada y cada cuál se fue a su madriguera (unas madrigueras bastante limpias, por cierto). El señor Rocamora iba en silencio, junto a la mujer misteriosa.
- ¿Qué te sucede, amor?
- ¿Acaso no lo sabes? ¡Ayer murió Antoni!
- … Sí, lo sé, pero…
- ¿Qué hacíamos hoy de fiesta? ¡No lo comprendo…!
- Bueno, yo estaba guardando mi presencia pero nada más… La opinión de los demás es lo que ahora necesito. Hasta ahora había permanecido encerrado en mi mundo, y yo me miraba al espejo, y ni siquiera así conseguía extraer mi espíritu del propio cuerpo, mirarme objetivamente…
- Antoni murió ayer accidentalmente. Era un muchacho lleno de vida. Nos sacó a todos del negro pozo de divagación juvenil donde en última instancia queda el fingido ansia de suicidio…
- ¡No, no! ¿No te das cuenta? ¡Significa todo lo contrario! ¡Mi vida se encuentra rodeada de muertes, y yo sigo insistiendo en vivir…!
- …Vivir quejándote de que vives… Vivir…
- ¡Sí pero vivir! Si no fuera tan cobarde…
- O tan valiente según se mire.
- Cobarde, cobarde… La vida es miserable…
- Nosotros la hacemos miserable.
- ¿Pero qué es esto una lección de filosof…?
- ¡No, tal vez…! Es igual, olvídalo.
- No puedo olvid…
- …¡Sí...! ¡Bah! Deberíamos aprender a reprender nuestros instintos para terminar de escuchar lo que decimos. Esto solo hace que nos encolericemos sin saber a qué punto quiere llegar cada uno…
- Estoy cansada… Guarda silencio ¿quieres? Cada día es una dura batalla…
- No me gusta que utilices la palabra batalla tan gratuitamente… Nada en lo que te refieres puede tener una mínima relación con lo que esta implica…
- ¡Bah, eres tú el que insistes en interrumpir! Predicas mucho, pero deberías ocultar tus errores para no presumir en contra tuya… Hay que saber disimular los errores. Mira a Goya… la anatomía de muchos de sus personajes es errónea, por eso hace resaltar mucho más otras cosas y dejar expuesta tan solo la idea de esta primera…
- ¡Goya, Goya! No puedo hacer otra cosa que imaginar su “condesa de Chinchón. La ingenuidad de esa mujer en nada era comparable a la que quiso imitar la señora Cervera con el retrato encargado a Macarrón…
- La Condesa de Chinchón era una mujer que ignoraba todo cuanto la rodeaba… No era consciente de las maquinaciones de las personas más cercanas a ella por controlar su vida en beneficio propio…
- ¡Bah! ¡Bah! ¡Bah!
- ¡Tú todo lo resuelves con esa palabra de desprecio que sabes me irrita…!
- ¡Bah!
- ¡Basta!
- ¡Bah!

La noche, a pesar de ser madrileña, era traicionera, ofreciendo tregua al verano, el cual no dejaba de pesar aún cuando el sol hacía su desaparición. ¡Y qué queremos, es esa eterna bombilla un millón de veces mayor que la tierra! Los posos pueden durar hasta la nueva aparición de este, sus rayos son alargados y llegan a lugares fuera incluso de nuestro mundo. Atocha estaba viva a pesar de la muerte de los coches. Era el renacimiento de los peatones.
- ¿Te acostaste con él?- preguntó severamente y sin rodeos Rocamora.
- ¿De qué hablas?
- No quiero saberlo pero sé que será mejor que la incertidumbre…
- ¡Te estoy abriendo mis sentimientos y tú solo eres capaz de pensar en…!
Recordó el desengaño infantil, la ruptura del compromiso clerical. Recordó haberle dicho todo al padre aquel último día en que se confesase, contarle incluso lo que a sus padres no se atrevía. Y él solo supo extraer como conclusión una pregunta: “¿Vas a misa los domingos? Si no es así ¡ah, hija mía!”
- Lo siento, siento haberte cambiado el estado de ánimo…
- ¡No, tú serías el último que podría empeorar esto!
- Pero lo he hecho…
- ¡No, deja de sentirte el protagonista de tus aventuras imaginarias! ¿Qué derecho tienes a preguntarme eso? ¡Tú y yo no tenemos nada! ¡Nada!
- … Somos amigos…
Entonces el interés volvió a pasar de manos y ahora recayó en él. Ella sintió haber metido la pata, pero estaba harta del mundo y de las convenciones.
- … He visto muy bien al señor Medaros…
El otro ya no contestaba. Le importaba un pimiento lo que aquel señor con aires de anfitrión tuviese por filosofía vital. Él se encontraba herido y las cosas no se iban a solucionar reconduciendo la conversación de manera tan violenta.


TWO

-¡Usted puede ser alguien importante, señor Medaros!- le decía Juanito Echevarría en los años treinta al galán.
- Yo no valgo una peseta… Creo poesía, pero la poesía que vale es la imborrable, la que la gente consigue aprenderse y se esfuerza por ello… Lo rimbombante, las palabras selectas, usted ya comprende…
- ¡Nada, nada! ¡Usted llegará lejos!
- ¡Yo le empujo!- jugueteaba con los diálogos de “Bohemios”. Los dos se reían.
- ¡Necesitamos que usted llegue a las personas! ¡Me necesita a mí!
- Pero usted irá detrás de mi precipitación por el risco… O delante, a mi la especialidad no me importa. Usted valdría para ello, porque es amigo, y ante todo se necesitan amigos… Yo ya desconfío de todo…
Se trataban de usted pero sabían que todo era u juego, aunque lo que allí se hablara fuera de todo menos un divertimento. Por ello, se cambió el registro.
- ¿Eres feliz, Medardo?
- ¡Vaya, ya era hora de que me llamaras por mi nombre!
- Es que tanto el nombre como el apellido son de fácil retentiva. Yo soy un despistado.
- Pues veras… Lo soy siempre, quiero serlo. Necesito serlo para poder avanzar, aunque temo que acabe haciéndolo con la guadaña sobre los campos de trigo…
- ¿En qué año estamos? Sí, mil novecientos treinta y tres… Bien, creo que esa expresión no a ha utilizado nadie todavía, ni siquiera Miguel Hernández…
- ¡Te hablo en serio, déjate de ilusiones textuales! Juan, soy infeliz pero trato de no verme en el espejo cuando me levanto. Inclino la cabeza hacia el grifo esquivando el autorretrato.
Cuando recordaba aquella escena, aquellos días encerrado en su casa, años ochenta ya, cuando parecía el mundo renacer con sus cenizas en la movida madrileña (y no de sus cenizas), a Medaros se le inflamaba todo lo concerniente a los aledaños de los ojos. Aquella casa que había conseguido resistir a los tiempos en que Madrid no eran sino casitas de descanso y no ratonera llena de quesos. ¡Ni siquiera los ladrillos, hoy tan en boga, eran reales! Estaban pintados minuciosamente y ahora se desconchaban del fresco que era toda la fachada. Avanzaba con su silla de ruedas recorriendo todos los lugares por los que había pasado en la vida ahora tan solo impresiones tras marcos de imitación de plata. La calle Tetuán se extendía ya no tan irregularmente como antes, pues ahora primaba la razón y con ello lo práctico y económico. Aquello no era sino una degeneración de lo que fue aquello tan ambicioso que se expuso en planos y se llevó a cabo bajo el nombre de “Barrio de Salamanca”.
- ¡Qué maravilla, antes uno andaba por la calle y una casa de dos pisos le impedía el camino recto para acabar bordeando!
La asistenta, una señora decentísima de tez de marfil y vestimenta de vecina más que de ayudante, afirmaba objetivamente tratando de no faltar a la verdad nunca.
- ¡Eran otros tiempos! Ahora se va a mejor…
- ¿Tú crees, Carmencito?
- ¡A fe ciega!
- ¡Oh mi Sansona preferida! Nadie te ha abrasado los ojos, puedes abrirlos sin miedo y asustarte con tu edad, que así te lo permite, y no decepcionarte ya con la mía, que es mucho peor…
- Usted ha sufrido todos los avatares del siglo veinte…
- ¡No! Todavía quedan veinte años todavía para que de tiempo a una tercera guerra mundial… - Él se reía no sin cierta amargura, a pesar de lo que pudiera transmitir.
- ¡Ande, ande! Voy a llevarle al baño para acicalarle, que creo que la prensa se adelantará como siempre a su cita.
- ¡Si tú no le abres la puerta Carmencito, ten por seguro que esperarán!
- ¡Hay muchos días para conversar! Tantos como la semana, tantas semanas como el mes, meses en el año y años en la vida, que todavía le quedan muchos…
- ¡No juegues conmigo! Tengo noventa y cuatro…
- Y la mente muy lúcida, por cierto.
- Bergamín me dijo en una ocasión, cuando se encontraba inmerso en la escritura de “Don Lindo de Almería”, que iba a dedicarme uno de sus libros utilizando mi individualidad en un personaje. Sólo sé que lo cumplió pero todavía no sé qué libro me refleja como aquel espejo que tu bien sabes tanto me atemoriza… Él ya no puede decírmelo. Yo soy de los pocos que quedan ya… Alberti reniega de mí por mis creencias personales, no hay cosa peor en la amistad… En fin ¿qué puedo hacer yo?
- ¡Acicalarse, ya se lo he dicho!
- ¡Voy a contestarles siempre lo mismo, no sé qué más quieren saber! ¿Si fui homosexual? ¿Si tuve algún lío? No… La soledad es un bien preciado que me he permitido poseer… Solo quiero tener una certeza. ¡Mírame a los ojos!
La hizo agacharse a su altura con la decisión férrea de unos brazos ya exhaustos de toda una vida.
- ¡Prométeme que defenderás este mi territorio con uñas y dientes! ¿Lo harás?
- ¡Lo haré, ya lo sabe usted bien!
- Ahora no se tienen en cuenta estas cosas, pero sé que se arrepentirán si arrasan con todo esto… Mi lugar de meditación, mi claustro modesto…
- Cálmese, le veo que se altera…
- ¿Y cómo no me voy a alterar si quiero que me tomes en serio? ¡Júralo o promételo, como prefieras!
- Las dos cosas quedan aseguradas. Lo juro y lo prometo. ¿Está bien así?
- Sí, supongo que sí… Anda, mójame los pocos cabellos que consigo retener y échamelos para atrás… Hoy quiero jugar a ser marqués…

- ¿Tiene ya pensado el título de su próximo libro?- preguntó el muchacho de gabardina beige, aquel que bien podía ser el que dio lugar al origen de la palabra “paparazzi” en la “Dolce Vita”.
- ¿Qué prisa hay muchacho? ¿Es que no tienes suficiente con lo que he dejado de legado? Tú eres joven y no me creo que hayas acabado con toda mi producción; tu saciedad debes buscarla en otras preguntas…
- ¿Pero ningún borrador de algo que puede que sea?
- ¡Maldita sea! (pegó un puñetazo sobre la mesa) ¿Qué quieren? Antes me sentía entusiasmado de ver algo publicado, de ver cómo algo nacido de mí pudiese llegar a los demás… o al menos eso intentaba, puesto que nadie es la cabeza de nadie. Y ahora mírenme, siento pudor de dar a conocer más de lo que debo. ¡Aves de rapiña que conseguirán tarde o temprano una llave maestra para no tener que pedir permiso para entrar con los nudillos! ¡Si al menos fuesen visitas de curiosos! El que busca sin pararse a pensar lo que busca, ese será inmediatamente expulsado de aquí, sepan que huelo a quien no es y presume de hospitalidad… ¡Ahora tomen sus cámaras y produzcan los flashes a adecuados, las libretas con las preguntas inconvenientes y los titulares sensacionalistas con palabras, según ustedes literales, pero que sin duda no habrán salido de mi boca! Después de esta perorata sabrán si continuar o salir de aquí cabizbajos, es la prueba de fuego que hago siempre…
Un momento de silencio para comprobar que esas eran las últimas palabras. Enseguida tomó el relevo un chulito de playa de gafas Ray-Ban al que parecía que con él no iban los azotes.
- Este es su lugar de trabajo y lugar vital… Apenas sale ya de casa ¿no es cierto? Está usted enfermo…
Aquella pregunta llevaba veneno, y lo peor es que no era un dardo de réplica a lo sucedido, sino profesionalidad repugnante simple y llanamente. Medardo quedó en silencio sentado en el sillón con los brazos sobre él y al pronto contestó con una voz casi infantil, dubitativa y como excusa a algo que hubiera hecho para librarse de un castigo.
- … Sí… Es cierto. Veo que siguen empeñados en aguarme la tarde con una entrevista que jamás figurará en sus currículums, pero adelante. Padezco una enfermedad física, pero no mental, y ello me permite estar jovial, esquivar el destino hasta que a éste se le agote la paciencia…
- Bien señor Medaros, creo que es justo lo que necesitábamos- dijo el de bigote peinado.
- ¡Y ustedes qué sabrán sobre lo que buscan! ¡Cuánta niñería! ¿Dónde está la prensa seria que se limitaba a expresar tan solo hechos, lo objetivo?
Abandonaron la estancia primero los fotógrafos con sus focos de cuatro patas, después los periodistas, y a continuación los representantes de las revistas. El portazo de Carmencita fue sonoro.
- ¡Ya ves hija, perder tiempo de mi vida en estas cosas!
- Se han ido, ya pasó… Es terrible…
- No, sabía que tarde o temprano iba a pasar, que me iban a tomar por el pito del sereno viéndome así de débil. Debí de haber muerto con el vigor aún presente.
- ¡No diga eso! ¿Y los libros que habría dejado en el tintero?
- ¡Nada, distracciones del único hobby que conozco! Yo antes dibujaba, caricaturas políticas, pero no les debió gustar el tono mordaz que ponía en ellas y me despidieron. Claro está que alegaron otros motivos por cierto bastante absurdos: “Usted no sabe hacer distinguir los elementos de una viñeta, lo junta y apretuja todo sin separaciones”. ¡Sí hombre, sí, claro, ahora resulta que dibujaba automáticamente! ¡Aprenda de los maestros! ¡Sí, claro que aprenderé, aquellos lameculos que guiñan a los guiñados obteniendo la complacencia de estos los guardo en una cajita de hojalata, en el estante privilegiado de mi librería! Ahí están… ¡Como ejemplo de lo que no hay que hacer! Los hermanos Bécquer con “Los borbones en pelota” o Bagaría… ¡Esos sí son ejemplos! Todavía recuerdo el dibujo de aquella Isabel II en la cama real haciendo pasar a los ministros ya desnudos, mientras su marido oficial, aquel que llevaba más florecitas en el vestido que la novia el día de la boda, miraba humillado la escena… Era cruel, y sin embargo sincero. Pero lo sincero nadie lo ha podido ver nunca… Esa es la verdad.
- ¿Dibujaba bien, dice?
- Sí, según recuerdo creo que sí.
- ¿Querría hacerme un retrato?
- ¡Oh hija, esas manos ya no son estas! Sin duda te engordaría o te añadiría años…
- No importa, necesito una muestra de lo que soy fuera de mi mundo… ¿Podría hacerme ese favor?
- …¡Está bien zalamera! ¡Vengan los lápices!
Y en cuatro patadas terminó lo que no supo ni cómo empezó.


Felipe Domínguez recordaba al maestro siempre decir en cada una de sus últimas despedidas al finalizar una tertulia: “Nunca me digas adiós, sino hasta luego”. Había tenido la suerte de entrar en el círculo de los predilectos, y lo cierto es que se lo había ganado a pulso: ordenaba los manuscritos, trataba de localizarlos en el tiempo fechándolos, los reorganizaba en carpetas, algunos los transcribía a máquina al poder resultar más difíciles de leer… Había llegado a conocer la letra en la grafía del escritor y todo tenía su dibujo para descifrar su código, incluso las manchas de aceite sobre un borrador. ¡Ese día comió usted en “Casa Viestes”! le decía como colofón a su deducción detectivesca. “¡Sí, es cierto, puede corresponder a este conjunto de ensayos que escribí ahí, día a día, comida tras comida, antes y después!” le contestaba orgulloso de su pupilo Medardo.
- ¿Qué fue de Alarico?
- No lo sé, hace tiempo que no le veo…
A Alarico Rocamora se lo habían llevado los ángeles. Era la compensación a tantos años de temor en casa de la abuela durante su infancia. Recuerda que, para protegerlo, su abuela, temiendo que cayese si se asomaba demasiado, le advertía que el demonio andaba cerca, y que se lo podía llevar volando desde el balcón al que se asomaba curioso. Alarico vivía de ilusiones, y a pesar de tener nombre que inspiraba respeto histórico, no se amedrentaba imaginado batallas entre unicornio y grifos.
- Me gustaría saber de él… Tú y él sois esenciales en mi vida, y esta Carmencito bien lo sabe- dijo guiñándola el ojo picarón…
- ¡Ay señor Medardo, qué bribón es usted!
Ahora le gustaba el apelativo de bribón. Se había endulzado. Antes prefería expresiones dichas más de sopetón como “¡eres idiota!” O “¡qué tonto eres!” siempre que las féminas se mordiesen el labio inferior después de pronunciarlas mostrando cariño y respeto.

THREE

Todavía recordaba cuando hace diez años podía valerse y entrar y salir a su gusto de la casa, y fue a una de esas ferias de libros de segunda mano (que llaman de ocasión galantemente). En uno de los puestos vio uno de los títulos: “Ráfagas sonoras” y lo cogió dirigiéndose al dependiente:
- ¿Cuánto vale?
- Doscientas pesetas, señor…
- ¿Doscientas pesetas? ¿Sabe usted lo interesante que es este libro?
- ¡Amigo mío, aquí en esto del negocio hay que saber cuando apartar ciertas cosas para dejar hueco a otras! ¿Comprende?- seguía a sus cosas, apenas le prestaba atención. Miraba precios, tachaba con lápiz o borraba dejando migas sin soplar dentro de ejemplares.
- ¿Qué si comprendo?
Abrió una de las solapas y le mostró la fotografía del autor y las reseñas biográficas de debajo:
- Este soy yo y esta es mi vida, y sé cuando es bueno y cuando no, cuando es una ganga o cuando es una novela de lectura de dos fines de semana…
Quedó atónito el dependiente de la caseta y añadió:
- Le seré claro y conciso: Yo estoy en este trabajo porque puedo llevarme libros a la mitad de lo que en su valor se estiman… Los que no llaman mi atención quedan en el almacén dispuestos a su catalogación y posterior venta ¿comprende?
- Comprendo que es usted un golfillo, eso es todo. Pero va muy rápido en sus cuentas, “amigo”, como usted dice. Si hubiese leído hasta el final las reseñas hubiese visto que el Nobel me lo quitó ese suramericano que ahora está tan en boga y que parece mentira que escriba tantos libros al año para ser tan brillante.
- Ese suramericano que usted dice es sabido que le escriben lo que no le es posible comprender en tan poco tiempo. Le doy a usted la razón. Y no malinterprete mis expresiones, pues a partir de ahora me considero su amigo con todas las letras.
Alarico no tardó en dejar los asuntos del negocio a cargo de otra persona de confianza en la mayor parte de la semana para dedicarse lo máximo posible a Medardo.

Medardo es cierto que era arrogante, que sonreía cuando veía en casa de un amigo un libro de un autor que él le había recomendado cuando apenas había leído una sola muestra de su talento. Había aprendido de la vida pero su carácter tan demencial le había servido para que otros aprendieran de él y se bajaran de las alturas donde creían estar. Como ya digo, había cierta malicia en todo ello. Las cosas no eran gratuitas, y él se sentía muchas veces mal siendo tan cruel o dándoselas de Pitágoras.
Odiaba de pequeño, así lo recordaba, discutir con su padre, vagar por las calles en silencio con el orgullo de los dos patente, y encontrarse con madres que zurraban a sus hijos porque no comprendían porqué lloraban y no eran capaz de detenerlos, ese tipo de cosas que hacían verle en una situación aventajada y que le recomían por dentro. Recuerdos de la infancia, solo eso.
“Es bonito pensar que, manteniendo el espíritu joven, pueda retardarse la muerte” se decía recordando aquellos primeros años llenos de vida, y, por lo tanto, de mayores sobresaltos. Épocas más cercanas a la madurez le traían vivas impresiones de cafetuchos donde siempre había caballete bueno a mano para retratar, o escritorio donde esbozar tímida frase… Los pintores creíanse escritores y viceversa. Andaban de bromas, él más reticente a tomar el pelo (quizás traumas de la infancia donde él había sido el pelele) y quizás eso le apartó del grupo más que a otros que eran verdaderos terroristas de un mundo acobardado. Él estaba aprendiendo de todo, aunque sabía que debía quedarse con algo para perfeccionarlo y no tener rival que le espantase como mosca o gota de tinta, que igual manchan si se pretende hacer con ellas color. Él que nunca había matado a una mosca, se refugiaba en palabras, y había aprendido el oficio en la mujer, arañando psicológicamente, con una frase, lo que al corazón le es una lanza de lado a lado del cuerpo.
- ¿Sabes Carmencita? Siempre tuve la frustración de no encontrar esa admiración que puede procesarte otra persona… Llámalo amor. Yo cariño. Él sexo. Necesitaba que la gente supiese de mi talento antes de morir, que con dieciocho años se propagasen mis ideas… Y ahora, con casi cien, sé que todo eso no vale nada, porque creo en mí…
- Aprendo mucho de usted… ¡Deje de pagarme!
- ¿Cómo?
- Continúe alimentándome y déjeme la cama que ya tengo. Solo le pido eso. Su sabiduría cubre el resto de mis necesidades. Ya lo tengo todo y no temo a la incertidumbre.
- Moriré pronto, lo sabes… No debes conformarte con tan poco. Y más ahora que se ve tan próxima tu salida de aquí, ahora que todas las noches las paso exorcizando fantasmas para no dormir mal, y lo que hago es no dormir.
- ¡Usted me hizo prometer que cuidara de todo esto!
- ¡Y lo harás, pero necesitas algo más para vivir!
- Será fácil conseguir apoyo para guardar su memoria.
- ¿Tú crees? Te adoro por tu ingenuidad…
- El ingenuo es usted.
Y el beso de admiración convertido casi en uno de amor casto llegó. Ella se apoyó en los brazos de la silla y le besó. A separarse los rostros, él la espetó:
- ¿Qué quieres? ¿Matarme ya? Necesito reposo…
Ella quedó mohína pero enseguida supo que era otra de sus agridulces ironías…
- Son dulces… Dulzonas, lo sabes. Dulces ironías. No me hagas caso y piensa así. Esto era todo el amor que necesitaba.

El día en que el señor Medardo y el señor Domínguez se encontraban tomando un té con pastas, alguien llamó a la puerta con el sonido de una moneda. Rápidamente fue reconocido quien así se presentaba. Abrieron la puerta a Alarico:
- Pero ¿qué fue de ti muchacho?- le dijo el maestro cuando le vio aparecer por el salón.
- Cosas de mujeres don Medardo….
- Siéntate lo primero- dijo como si no le hubiese interesado esa respuesta- y coge alguna niñería de estas antes de nada…
- Pues verá…
- Veremos- dijo Felipe, un tanto intrigado por la ausencia de interés que el otro mostraba en él- tenemos que hablar tú y yo sobre el libro que traemos entre manos…
Felipe había picado alto y había arriesgado su futuro a la carta de las editoriales. Domínguez editoriales se llamaba (si estuviese casado sería una mezcla de los dos nombres-el y ella- o de apellidos, como siempre se ha hecho para empresas familiares, él era muy clásico)
- Sí, sí… Pues verá… Mujeres…
- Verás Alarico… Voy a despejarte de pajaritos la cabeza con una historia aburrida. Yo dejé de ser niño cuando logré una de mis metas: vestir como una persona mayor antes de tiempo, cuando quería resultar elegante siendo todavía de tabas y canica. Fue el luto el que trajo a mi vida la chaqueta y la corbata. Una gran foto de la ausencia patriarcal saludaba a los huéspedes nada más entrar en casa, el último recuerdo de su presencia. Yo le contaba mis cosas, pensaba que ahora, estando donde estaba, me entendería más, porque creo que allí arriba hay más capacidad para la comprensión. Yo le hablaba de una chica que conocía y que trabajaba de ayudante de un escultor en la calle de la Palma, rematando las cosas que el otro dejaba a medio hacer porque no las consideraba dignas de sus manos… El trabajo feo, vaya. Se llamaba Itziar. ITZIAR. La veía con su bata blanca y ella me veía con mi chaqueta negra cada vez que por ahí pasaba, y me preguntaba: ¿tengo derecho a enamorarme apenas tres semanas después del fallecimiento de mi padre? ¡Ay, los sentimientos irrefrenables!
- Ese amor del que le hablo no existe como tal… Los dos sabemos que algo hay pero tratamos de evitar ir a problemas mayores…
- ¿Problemas mayores dices, chico? ¡Aquello que denominas tan negativamente es lo más hermoso que hay sobre la faz de la tierra, lo que vuelve a hermanarnos con la naturaleza!
- Pero ella es libre como pájaro, do Medardo…
- Ya se cansará de su vuelo y volverá a la jaula, no desesperes… Tú mereces eso, y si ella no se da cuenta y se mueve en tu ambiente, entonces deberías replantearte las amistades…Pueden resultar peligrosas…Ya me entiendes.
- ¡Vuelvo decidido a no marcharme de nuevo otra vez sin ninguna explicación! No merecen lo que les he hecho, y a ti Felipe no te olvido, aunque te lo parezca, pues sabes que esta ayuda que me ofreces publicando estas bagatelas que pasan por mi cabeza lo es hoy por hoy todo para mí…
- Eso no quiere decir que me quieras como amigo. El interés es caprichoso- le correspondió Felipe.
- ¿Y tú dices conocerle, ser su amigo con esa afirmación?- espetó Medardo a Felipe. ¡Pídele perdón ahora mismo por esa desconfianza injustificada!
El momento fue tenso. El patriarca pedía concordia donde tan solo había desconfianza. Claro que, una simple confianza puede derivar, en mente humana, a pensamientos terribles que lleven a acciones inconsecuentes en relación a la realidad que es y no que se imagina.
- …Itziar murió ayer. Las mujeres viven más que los hombres pero yo he sobrepasado la paciencia del progenitor universal… Ahora debería de ponerme de blanco y olvidar todos estos trajes tan grises a los que aspiraba y que ahora me aburren. Blanco bata de aprendiz de escultora.
Se dieron la mano los amigos y los palmetazos en las espaldas sellaron lo que ya sabían pero temían de su resquebrajamiento.

FOUR

Empezaba a sentirse mal al encontrar asiento en los trenes. Ya en los años cincuenta le cedían su lugar educados jovencitos, y él abominaba que fueran de tan buena ralea. Era mayor con cincuenta años… Recordaba a Don Ramón y Cajal, la perfecta evolución gráfica de un joven-adulto, y de aquellos retratos de perfil como moneda antigua de Séneca donde nunca llegaba a saber si era una fotografía retocada en dibujo, un dibujo realizado con las reglas estrictas del clasicismo hasta llegar a un realismo imponente o el flash de aquellas cámaras fotográficas que necesitaban ruedas para transportarse en ellas pues era imposible transportarlas a ellas.
El libro que sostenía en aquellos momentos Alarico, “Páginas de mi vida” del descubridor del sistema nervioso, era diminuto. Una encuadernación de papel de Biblia y hojas más gruesas para ilustraciones de la época completaban aquella edición de Aguilar. Se la había regalado Alma Rocamora, de la que había tomado su apellido no oficial. Él se debía a ella pero en cambio esta no tenía por qué rendirle cuentas. Él, con su talento, había acabado buscando lo imposible, pudiendo detenerse a contemplar otras opciones más asequibles y reconfortantes.
- ¿Así que no te apellidas Rocamora?
- No señor…
- Así que tu firma… La rúbrica que dejas cuando terminas de escribir algo…
- Es como si lo hubiese escrito ella. Deseo que escriba estas cosas.
- Luego consientes permanecer en la sombra.
- La gente la felicitará a ella, no a mí.
- ¿Esa es la prueba de tu amor?
- …
- ¡Por supuesto no lo aprueba!
- No señor Medaros, claro que no… Pero yo firmo como lo que soy. Soy ella y, aunque no lo quiera reconocer, ella también forma parte de mí… La manzana que decía Cortázar.
- Muchacho… Eres joven, crees que tienes el partido ganado, y la vida te deparará sorpresas. ¡No la desperdicies limpiando las sandalias de una muchacha que ni siquiera merece ser hecha en bajorrelieve de yeso!


Más recuerdos. Estos ya de su etapa como profesor en un importante instituto. A los alumnos les aconsejaba probar la fruta prohibida, contrariar los cánones establecidos por los educadores para formar a los futuros hijos de la ira (que podrían dar clase perfectamente también).

“Escúchenme. A mí personalmente me parece bien que ustedes conozcan los duelos y quebrantos, las gachas, todo eso fue espléndido, aquel idioma que ya hablaban los visigodos. Pero deben saber que ahora la mayonesa viene ya hecha y se vende en tarritos ¿comprenden? ¿Me siguen? Ya veo que no. Esto es muy sencillo, otro ejemplo les hará ver las cosas más claras: imagínense en una auto-escuela. El examinador les recibe de esta manera: Han de conocer el noble arte con el que se dio comienzo a esta carrera inagotable. Mañana cabalgarán un corcel, pasado conducirán en diligencia, luego serán cocheros y por último llegaremos al circuito cerrado. Para cuando esto suceda, no sabrán dónde coger las riendas de un seiscientos, no encontrarán los raíles bajo la acera…
Antes, se nacía en la familia en que se nacía y uno no podía elegir su profesión. A los veinte años, tu padre, herrero, te decía ¿cuándo vas a entrar en la forja? O siendo mujer ¿cuándo te nos casas, a ser posible con un cerrajero? Ahora, tienen la suerte de poder elegir lo que hacer en sus vidas. Si le dicen que van a ser poetas a un hombre, lo corriente es que les conteste ¿y de qué va a vivir usted? Y si es una mujer dirá ¡qué bonito! Lo cuál no sé qué es peor. Conozcan pero rompan las normas… el verso libre ¿comprenden?”

También recordaba cuando, allá por los años cuarenta, tuvo que reprender al señor Burman en mitad del jurado para el premio de poesía Villaespesa por dudar de su ética:
- Sé perfectamente porqué ha votado a ese pobre chico… ¡Ha convencido al jurado entero para que se pongan de acuerdo con usted y le den el premio porque sabe que es la única satisfacción que va a recibir!
- Perdón, ¿cómo dice?
- Sí, don Sigfrido. Imagine por un instante el nombre en los periódicos y más allá, en los anales de la historia: Macario Pilar de Fuentecilla. ¡Ni siquiera se ha molestado en aconsejarle un seudónimo! ¿Por qué? Se lo diré: porque quiere ser el héroe, rescatar a un pobre cateto del fango y hacerle creer que puede escribir y que después las imprentas le den con la puerta en las narices.
- Mida sus palabras, por favor se lo pido…
- Bien, seré todo lo académico que quiera, pero usted ya sabe a lo que me refiero, y si de aquí en adelante la cosas sigue (para adelante) recordará este día para el resto de los suyos. “¿Y tú que opinas cariño?” “Que mi marido tiene razón…” Ya la has oído…
Hablaba para adentro de la chaqueta. Sabía cambiar al registro femenino perfectamente.
- Déjese de jueguecitos de matrimonio…

Como era de suponer, una vez más la justicia le dio la espalda a Medardo, pero no por eso se amedrentó sino que levantó más la punta de su lanza.

“Yo llegué a escribirla. Entonces Itziar terminaba su trabajo a las ocho de la tarde y recogía sus cosas de una mesita que había junto a la puerta del taller. Yo era, apoyándome en el escritor de moda, “El caballero audaz”, y con esta firma de tinta morada iba dejándole día tras día en la mesita cartas en las que, hasta los márgenes estaban cubiertos por adornos barrocos de tallos de plantas infinitos. Era el perfecto cuadrado donde no se sabía donde nacía la planta y donde moría. Ella los leía con detenimiento (no era su fuerte la lectura además si sumamos el tiempo que se molestaba en esta atención) y las últimas veces llegó a verme depositarlas sobre la mesa antes de salir corriendo. Era invierno y la noche caía por su propio peso ayudando a enmascararme en ese personaje. Un día, acabó cogiéndome de la mano antes de que soltase el legajo y, mirándome a los ojos, me preguntó: “¿Es verdad que tú sientes todas esas cosas por mí, que no es puro patetismo?”. Yo, solemnemente, más serio que cuando tuve que abandonar la casa paterno decidido a crecer fuera de ese tiesto que en nada me convenía, le contesté: “Escúchame: yo nunca perdería el tiempo, ni la tinta, en escribir cosas que no ya no sienta sino que adorne en torno a la realidad. Otra cosa es que tú me la adornes con tu ser”.
Ella me soltó y me dejó partir por esa vez. La siguiente, pues yo seguía en la cabezonería de pretender todavía el anonimato, no me soltó ya. Su padre nos vio, y tomó unas tenazas con las que casi me parte el cráneo. Tuve suerte, pues andaba yo mejor de reflejos, e hice lo posible para que él tampoco saliese perjudicado en su violenta acción. Cayó sobre cajas rellenas de virutas de papel, y yo le levanté para después salir corriendo. No volví a intentar cruzar ni una de las tres manzanas que nos separaban desde entonces.”

- También en el amor usted fracasó…- dijo Alarico.
- No, el amor siempre está lleno de impedimentos. Suerte habría necesitado para esquivarlos con buena mano y gana en aquellos tiempos.

FIVE

Alma, de nombre delicado, suave, frágil como pluma, había llamado al timbre haría cosa de cinco minutos. El estruendo que provenía de dentro la indicaba que la casa tendría que abrirle sus puertas tarde o temprano así que esperó. Al cabo de un momento un muchacho de aspecto descuidado no solo en físico sino en las prendas que lucía, le abrió la puerta. La música no era molesta, pero ya podía adivinarse desde afuera que no iba a ser cómoda para los vecinos. Era como una melodía repetitiva pero relajante, con un aire hindú claramente reconocible. Pasaron delante de un cuadro en el espejo con Visnú pintado en acrílico en el centro. En cada una de las cuatro esquinas había espejitos pequeñitos. “¿Serían para vernos nuestro tercer ojo?” se preguntaba Alma. Cuando llegaron al epicentro del volcán, ella no daba crédito. Igual que en Viridiana, como en una broma, se habían colocado como en última cena. Roque en el centro, iba tomando el pan y dividiéndolo con sus manos. Todos llevaban sábanas cosidas con el dolor en el color de la sangre a modo de túnicas, y, rodeando a su novio, escuchaban sus palabras. Entonces él la vio y la dijo:
- Pasa, Alma. Hay sitio para ti. La comida no es muy frugal, pero nuestra alma no precisa de tanto. Es cuestión tan solo de concienciación y buena costumbre.
El vino en tinajas de cáñamo y, aparte de la mesa, como mobiliario, tres cuadros que representaban como ventanas el exterior en un desierto nocturno. Las vigas en el techo de madera, puestas hace dos días, y el grosor de las paredes como las rosquillas tontas en apariencia de blancura y grosor, daba el toque final a una especie de casa de Nazaret, la del primer siglo de nuestra era.
- ¿No quieres sentarte, Alma, palabra, nombre que da sentido a nuestra existencia?
- ¡Déjate de poética, Aristóteles!- le dijo un poco indignada pero a la vez acobardada por desconocerla reacción de todos ellos ante el rechazo de lo que le ofrecían- ¿Acaso eres el Mesías?
- Soy su Maestro… Me necesitan y necesitarán, pues todo cuanto les pertenezca es mío, así como yo no tengo nada… Bebe para calmar esos ánimos.
Le ofreció una copa de falsa plata que ella aceptó, y, al beber, notó el alcohol con el que se despegan los carteles en las cintas de VHS para cambiar el título de la película contenida en ellas.
- ¡Es baño de plata! De nada serviría aplicarla al cuerpo cuando necesita de su calor… Trabajáis con artimañas y sin embargo vais en serio…
- Todavía te encuentro desencantada del mundo porque no quieres conocer sus reglas… te comprendo, pero es un camino largo y duro, con comienzo pero con un final que sólo tú serás capaz de poner…si así o deseas.
- ¿Un final provocado?
- … Un final.
- ¡No! Conozco este tipo de juegos… No quiero entrar en ellos pero os respeto. Si me disculpáis, me retiro a mi casa.
- Debes borrar todo cuanto has visto y oído aquí de tu mente…
- Descuida… No delataré vuestras fiestas tan impías como corruptibles. Buenas noches.
Y salió por donde había entrado. Pensó entonces en Alarico, y en el tiempo que había perdido sin él desde la última vez que estuvo en su compañía.
Cogió un autobús en la nocturnidad que permite la alevosía de los desconocidos. Parecían chicos formales y ella se sintió más confiada allí que donde acababa de marcharse. Recordó entonces al maestro. “Habla siempre sin resentimiento, como queriendo redescubrirnos un mundo que quisieron hacerle odiar…Nos lo hace ver con los ojos húmedos de un alce en Canadá… Sabe tan bien transmitir su felicidad.”

El día de verano del año setenta y cuatro, don Medardo, que ya no estaba en edad para esos jueguecitos, corrió hacia un autobús que lo desafiaba en su quietud esperando que el paso de peatones fuera transitable para entonces huir de su desesperada carrera. Así lo hizo. En Otoño de ese mismo año volvió a desestabilizar su ritmo respiratorio como si se tratase ya de un reto. El autobús se encontraba un metro más delante de la parada, pero “le paraba” el semáforo, que se encontraba para él en rojo. Unos golpecitos en el cristal sirvieron para que, en este caso, este conductor abriera sus puertas.
- Gracias, de verdad… Otros compañeros suyos se ríen tras su blindada seguridad y niegan cruelmente a la humillante petición…
- Lo hago porque, total… Voy a cobrar lo mismo… De alguna forma lo “hacemos” precisamente, para que una ancianita, no se rompa las piernas en un tropezón corriendo apresuradamente a nuestro encuentro, cuando hay otro autobús que la llevará al mismo destino detrás… Siempre aparecen.
- ¿Y si no?
- Si no… Tráigase un libro. Es triste que tenga que ponerse una excusa de este tipo para incitar a la lectura… Pero si no hay otra… El tiempo pasa más rápido a medida que se desengrasa la velocidad del pasar de páginas…
- Yo suelo leer cosas densas…
- … Se acaban desengrasando. Le habla un desengrasador nato… Todo acaba cediendo.
- Lo que resulte cercano al lector, ameno, le atrape, no es que pueda presumir de estilo…
- … No, pero a usted le alegra unos momentos de su vida.
- Si aprenda a disfrutarlos con otro un poco más complejo, aprovechará mejor su vida…
- Demasiados escritores…
- Demasiadas personas en el mundo…
- Demasiados autobuseros…
- Demasiado…
- … No se debe molestar al conductor. Mire: El semáforo está ya en verde…

Un poco más adelante, se veía a unos trabajadores levantar el asfalto en una obra de tuberías de gas… podían descubrirse los raíles de los viejos tranvías tan intacto como el empedrado que era y no lo práctico de lo liso… Así como los cimientos de una antigua ermita. Líneas para la inspiración de imaginativos pero a la vez técnicos reconstructores históricos.

Mientras los traqueteos de los remiendos de la acera la hacían salirse de sus recuerdos, el autobús ya estaba llegando a su lugar de destino. El tráfico por la noche era casi nulo, y por lo tanto, habiendo sido hija única, podía hacer pasar el tiempo más rápido con mil artimañas. La catarsis que resultó de conocer a aquel ancianito adorable no la impidió seguir cometiendo errores en la vida. Recordaba cuando le presentó en manuscrito su primer trabajo como creadora con las siguientes palabras: “No sé si seré capaz de ser los suficientemente creativa… Interesar a los demás… Yo escribo porque me interesa desembarazarme de estas cosas, que de otra manera, me llevaría conmigo a la tumba…”
Él prontamente supo qué contestar a tamaña cuestión en complejidad de la manera más sincera y sencilla:
“Hubo un poeta de este siglo que decía algo así como: “No puedo hacer que esto resulte coherente” refiriéndose a uno de sus poemas. En el siglo XIX le habría dicho su profesor dos cosas. O bien que siguiera adelante, que claro que podía hacer que fuese coherente, o, por lo contrario, que se dedicase a otra cosa. Este poeta del que te hablo es Elliot, y consiguió hacer de su duda un poema. Consigue la estabilidad que por vientos y mareas siempre te mantenga a flote. Si esta falla, todo se va a pique: es la confianza. Hay que quererse un poco más, ser narcisista, saber venderse siendo a la vez sincero, pues esto generará confianza en quien te escuche, vea o lea.
Llegó a su casa sana y salva y, con el confort que da la seguridad de un espacio propio, sintió el frescor de la cama en sus pies desnudos mientras veía una fotografía que había enmarcado de su “mentor”. Siempre decía a las visitas que era “su novio”. Aparecía en una imagen de estudio de los años treinta, con bigote apenas visible, peinado que parecía dibujado a línea (como la raya) y cigarro cuyo humo era el verdadero protagonista.
- ¿Por qué siempre le he visto con un cigarro en mano de manera virtual y en la real siempre me ha parecido hombre de lo más saludable?
- Ustedes se consideran también personas sanas, quizás en cuanto a la libertad de los prejuicios, el cisma de las reglas anteriores, y sin embargo cometen ciertos excesos… Yo, simplemente, obtuve una misiva de muerte, y me lo tomé en serio. No me tomé como reto lo que el médico me pedía, porque entonces vivirás por contar los instantes en que superas la prueba… Simplemente un día dije ¡se acabó! Y me di cuenta de que la idea podía a la acción, que el deseo pronto se esfumaba (nunca mejor dicho) al llevarlo a la práctica, al ceder al chantaje, y que era más la idea que la realidad. Así dejé de fumar… Por cierto ¿cuándo vas a llevar a cabo tu empresa?
- ¿Ponerme a escribir? No sé… usted es todo lo contrario ¿cuándo va a dejar de trabajar?
- Cuando tú comiences a escribir… Ese será nuestro trato ¿te parece?
- Entonces ya me predispone a no escribir…
- Yo siempre hablo en broma. Me voy para volver. Dejaría de escribir de mentira, nunca de verdad. Nunca te fíes de un escritor tan pasado de vueltas como yo…



La obra de teatro estaba volviéndose densa. Aunque había un ambiente apacible, alguien quería que otra persona diese el primer paso para estallar con complicidad en abucheos. La obra era una “conjura de necios”, donde se juzgaba por parte de cuatro aficionados con pelucas sintéticas a un pobre artista que tuvo la mala suerte de estudiar con un pintor que granjeóse fama con el tiempo. Los papelotes señalaban que el tal artista había pintado sobre un lienzo del que por entonces era compañero de clase. Lo determinaron así los Rayos-X, que localizaron bajo la superficie de la original otra obra que había sido pintada con anterioridad con los trazos del acusador.
- ¿Lo vuelve a negar?
- ¡Nunca negaría lo evidente! ¡Si yo fuese San Bernardo partiría la cruz latina para volverla griega en contra de mi cultura si así no fuese!
- ¿De dónde partió dice…?
- De un plagio de Pisarro…
- Me refiero a partir la cruz.
- La idea me ha brotado de la cabeza sin saber cómo ni porqué.
- Debemos incluir un tribunal de la Santa Inquisición, que cuando este, que aquí se juzga, era mozo, todavía existía…
- ¡Piedad, piedad!
Mientras tanto, alguien pensaba con la entrepierna. De un icono a otro.
- Los pantocrátores son, a mi juicio, si se me permite sacado el tema, como puros grabados. Todo el mundo los palpa pero ¿y el verdadero grabado? ¿Y el verdadero pantócrator? ¡Nadie lo conoce ni lo ha tenido en sus manos! Cuando fallezca Fortuna ya veremos…
Marilyn, todo un icoño, y no el pantocrátor ese, vieja estampa publicitaria de la España de los sesenta.
Alma estaba llevaba un collar de perro, con pinchos, alrededor del cuello. A Alarico no le preocupaba esta nueva moda, sino el problema de que un día, por las prisas, se lo colocara al revés. Fino mecanismo de tortura. No estaba seguro de que su reconciliación fuese efectiva viendo cómo iban las cosas. Se le había ocurrido llevarla al estreno de una obra inédita de Yanisi, ese autor centroeuropeo que no publicaba porque no le daba la gana, y que, cuando lo hacía, llovían ofertas a su teléfono. Aquello no quería decir que su efectividad para con el público en el teatro fuese tan directa. La calidad siempre va reñida con la distracción, eso lo sabemos todos.
De pronto, uno de los actores, uno de los jueces, se levantó y espetó al patio de butacas: “¡Basta, no puedo permitir este final! La historia debe de contarse desde otro ángulo de visión, es erróneo el del dramaturgo… ¿No se dan cuenta?
Entonces, una persona del público dijo, en la oscuridad del anonimato, que quién creía que era para decir esta cosa, y otro le reprendió, más que por otra cosa por aburrimiento, porque era de los que quería armar bulla para denunciara aquella canallada que allí se representaba. Entonces, la voz se hizo plural, y el teatro se volcó con el actor y el segundo en opinar del público.

SIX

Llamaron a la puerta. El timbre mantenía en el ambiente el momento exacto del dedo pulsando sobre él, pues una melodía, el “Para Elisa” de Beethoven, inundaba la estancia durante un minuto. Si acababa, es que no había nadie en casa.
A los treinta segundos apareció Alarico para abrir la puerta. Sería Ramiro que volvía del colegio. Cuando abarcó el pomo con una de sus manos, se percató de que podía no ser el chico, por lo que probó por la mirilla: en efecto NO era, en su lugar una anciana con una caja que parecía ocultar un electrodoméstico que no espantara con su visión al cliente al primer vistazo. Entonces, Alarico se dio cuenta de que iba desnudo al no darle importancia a abrir la puerta a su hijo con una toalla… Total, iba a ser un momento.
- ¿Sí? ¿Quién es?
- Venía a preguntar por el señor Hijosa, Román. Es el vecino de enfrente ¿verdad?
- En efecto, lo es. Ahora no está en casa.
- Por eso he pensado que llamando a su puerta podría entregarle el recado que le traía y que usted se lo entregase en mano por mí…
- Ya, pero ha de esperar, que me tengo que vestir.
- Pero si es solo un momento…
- Un momento, pero prefiero estar en él con pantalones al menos…
- ¡Si yo ya he visto de todo, hijo!
- ya, pero comprenda que…
En ese momento, se escuchó la voz de Ramiro, que había estado escuchando parte de la conversación y se agenciaba el paquete intercediendo por su pobre padre. Aprovechó este para volver al baño y continuó notando la presencia de su hijo solo por la voz.
- Papá, tienes que ser menos calzonazos y cortar de golpe… No sé qué vas a hacer cuando mamá y yo no estemos para salvarte las judías…
- ¡Ay hijo, déjame!
Contestaba como si el hijo fuese él. Alarico en los noventa se había casado con su adorada Alma y había tenido con ella un hijo. Ahora, en el 2006 el niño contaba ya con doce años. Felipe había acabado fundando con él una editorial en la que, aparte de libros consagrados a no decir nada pero entretener haciendo creer al lector en busca de algo, tenían una revista semanal donde dejaban a los jóvenes introducirse por pequeña rendija en un mundo caníbal y desagradecido. Él se había convertido en la caricatura de un sofista y los demás le intentan hacer creer que todavía conservaba la ingenuidad manifiesta de su juventud cuya marca registrada le hacía popular en los ambientes novísimos. Alarico no solo irritaba con sus nuevas publicaciones sino a todo pobre infeliz que accediese a una invitación suya para tomar la merienda en el saloncito de la casa. Tenía un reloj que marcaba los cuartos completando una cancioncita muy pegadiza temo que solamente existente para las sintonías de los relojes, y si el invitado acababa siendo huésped completo, no podría pegar ojo por no concentrarse ya que aquel soniquete no hacía más que recordar: te queda un cuarto de hora menos para dormir… Quizás yo sea un picajoso, pero algún defecto tenía que tener el narrador, que es humano y a veces acaba siendo tendencioso. A mí sinceramente me caen todos los personajes igual de bien (o igual de mal) pues tan solo son las piezas del puzzle que me desespero en hilvanar. Mi oficio no me impide ser subjetivo, y si algo me repatea, lo suelto y aquí paz y después gloria ¿de acuerdo? Bien…
Pues este muchacho era el rezagado de esa carrera. Como en el test de Cooper, todos habían salido al mismo ritmo, pero él no había sabido adaptarse a los tiempos. ¡Siempre se quedaba atrás! Nunca supo mantener una dieta y su fondo rompía la media del resto de sus amigos, escuchimizados por el tabaco, chupados hasta en los labios que chupan. Los hoyos exentos de mofletes le envidiaban… Él no necesitaba chaqueta en invierno e iba muy suelto en verano.
¡Se había convertido en un dichoso sofista que tan solo sabía crear incertidumbre! Todo su potencial lo repartía generosamente en los folios quedándose sin fuerza, parece ser, después de escribir. Como buen vampiro, anhelaba la sangre, la tinta, para fortalecerse.
- Bueno, me bajo a la calle…
Alarico sentía odiar el tacto del pelo al secador.
… a coger una pulmonía. ¡Cariño, mientras tú haces la comida yo me bajo al bar!
Quedaba excusado porque trabajaba allí. Desde que la literatura le abandonó a él (y no al revés) su mujer comenzó a plantearse sui había hecho bien en casarse con él. Puesto que no quería defraudarla, para levantar los números rojos de la hacienda se ofreció como reponedor de botellas.
- ¿no estás un poco mayor ya para eso? ¿Cascado para cambiar cascos?
- ¡Descuida! ¡Ah, y gracias por no ofrecerte voluntariamente a abrir la puerta!
- No, gracias a ti por tener ese pésimo sentido del humor.
Ella se enfrascaba horas en su cuarto tejiendo al modo de Penélope, lo que resultaba sospechoso. Nunca conseguía finalizar sus proyectos en un plazo estipulado. El niño se adelantó, podría decirse educadamente, antes de que sus patucos quedasen acabados.


El bar reportaba un cierto bienestar, confort… Confianza en suma, para el que tras los cristales del escaparate observaba y dejaba observarse. Las letras pintadas, como antes se pintaban con leche, daban un aspecto menos español por su croma elegante, delicado, permanencia que no anunciaba plato del día. Era todo un pub inglés. Ni siquiera los futbolines entorpecían un recorrido redondo. Alejandro Campos Ramírez, inventor de este ingenioso divertimento (del que podemos presumir junto al chupa-chups y la fregona) seguro que habría dicho: ¡Este es el marco ideal con el que había soñado para mi juguete! Hoy se reunían varios amigos escritores que rendían homenaje al grupo “Cántico”, por lo que no fue extraño encontrarse con ángeles pintados por Ginés Liébana por todos los rincones. Hoy, precisamente siendo festividad de todos los santos.
- Escuchad… Aquí venimos a cantar, a armar follón, a divertirnos con la seriedad…
- Sin embargo…
- ¡Sin embargo, querido Pablo, hoy nos falta alguien muy especial!
- … desde hace catorce años…
- Esto es… catorce… (el rictus tornó para dar paso a la expresión producida por aguafiestas) ¡cómo pasa el tiempo, joder! El maestro habrá olvidado el concepto espacio-tiempo, allá donde esté, teniendo papel de sobra para escribir. El profesor, escritor y amigo Medardo Medaros nos dejó huérfanos. Ahora somos los que tomamos las decisiones… parece que hablo para adolescentes… Sí, en el fondo somos peores que eso… Unos niños que no queremos dejar de soñar con la irrealidad
Una voz gritó como chascarrillo si lo tenía estudiado o era un discurso de improvisación.
- ¡Ay Motín, que tú me hagas esas preguntas a estas alturas! Veinte años llevo conociéndote, tú, el benjamín más tardíamente adoptado… Pues bien: es para mí un honor poder dirigir la voz unificadora en estos momentos hacia todos vosotros. Sois las manos que tañen mis cuerdas vocales, por vosotros bebo aquí y a los cuatro vientos. Muchachos: sois excepcionales, y sin vosotros la vida no tendría el color de estos ángeles tan distintos y a su vez tan forzosamente iguales… ¡Brindo por el Grupo Cántico!
Una voz general gritó lo mismo pero en plural. Levantaron las copas y bebieron.
De nuevo regresó el murmullo que embotaba la cabeza de Alarico pensando en el lugar en el que trabajaba y que la voz de Periñán había abstraído. Ahora volvía a autistarse.
- ¿Y bueno, Alarico qué es de tu mujer?
- ¡Ahí va, Pablo, ahí va…!
- Has sido un hombre siempre de pocas palabras… Nunca comprendí cómo llegaste a decidir ser escritor.
- Ni yo… creo que fue el maestro quien se adelantó.
- ¡Eso no te lo crees ni tú, a pesar de que escribas tan malos sonetos! ¡Ven aquí, Periñán! ¿Verdad que este buen mozo tiene todavía muchas cosas que decir?
- Y muchas juergas que deberías pagar, que ya son muchos años de deudas sin tus amigos…
- Por favor, muchachos, que hay niños delante.
- ¿Niño tú? ¡Uy, me parece que llevas mis palabras demasiado lejos! No debes de creerme. He llegado a un punto que ya no sé si lo que dijo lo imagino o imagino lo que pienso…O pienso lo que digo.
- ¡Que sí Periñán, que este sigue sin crecer! ¿Tú te puedes creer que puedas servir copas mientras recita romances anónimos para que no le cobren derechos de autor?
- Quien sabe si a quien canto no está delante y le molesta mi mala entonación para sus buenos versos…
- ¡Por favor! Hay uno en La Gran Vía que te gana terreno. Dice su cartel que compone poemas por la voluntad… Y a las muchachas les espeta picardías. A la última le dijo: “Voy a penetrarte con la lanza de mi indiferencia”- El tono grave que había adoptado estalló en carcajadas al serle imposible sostenerlo más por lo esperpéntico del asunto.
- Oye Periñán… ¿Se te ha caído el bigote?- señalaba Pablo al suelo, donde podíase ver una pluma negra de la fiesta del día pasado.
- ¡Ah, Halloween! ¿Quién fue la que se vistió de cabaretera?
- Sí, parece más lógico que lo del bigote… Una pluma…- Pablo reía con cada una de sus sílabas fonéticamente expresadas.
- Adiós Pabliño…
Así se despedía Marta Lendes de su adorado poeta y amigo (por este orden)
- ¡Te ha despedido a ti a mí no! Esto demuestra que tú eres el guapo…
- No, esto demuestra que debes aprender de mis encabalgamientos…
- ¡Oh, terrible palabra para este uso!

Recordó entonces Alarico, algo terrible, la concusión de algo que hubiese preferido conservar en la ignorancia. En la facultad de letras, alguien le dijo: “¿Por qué te empeñas en saludar a toda la gente? Sé que piensas que es buena mientras no se demuestre lo contrario, pero no tienes la confianza suficiente como para rendirle este respeto. ¿No te has parado a pensar que si no lo hicieras, pasarían de largo, obviándote? ¡Ah, Alarico, si eso no lo sabes, es que eres más bueno de lo que creía!”
Su problema estaba en que se encontraba rodeado de prejuicios (si ya tenemos la limitación de la cárcel del cuerpo, unamos esta) pero hacia él mismo. No conseguía deshacerse de lo que “él creía que no era correcto en una persona con respecto a él” y se pasaba el día auto-corrigiéndose, perdiendo naturalidad, convirtiéndose en un malabarista que automáticamente acababa denominándose como “payaso”. ¡Bonito declive en la profesión! Serían las dos profesiones igual de dignas si la segunda no se utilizase con intención despectiva. ¡Ay Alarico, qué ingenuo eres!
Recordaba como bueno de la facultad que ya no hubiese tantas distracciones, la necesidad de un tutor que velara por sus travesuras o desaciertos como persona (no ya como alumno). Recuerda la desconcentración que le producía la salida tan temprana de los alumnos de otras clases, el sonido de algarabía que traspasaba la puerta y distraía de las palabras del profesor, este más responsable, cumplidor con el horario a rajatabla, sin excepciones para el cansancio.
- ¿Y cómo dice que se llama, señorita?
- Libertad…
- ¡Ah, cuántos crímenes se han cometido en su nombre, señorita!
El profesor era demasiado certero en sus flechazos. No se daba cuenta de la todavía inmadurez de los alumnos, la impresión que causaba cada una de sus salidas de tono.
Libertad fue la primera mujer de la que se enamoró. Su nombre era tan cautivador como “Abril” u “Olvido”. Fue el primer amor sexual, exento de la castidad infantil que se conformaba con una unión de manos paseando por el parque o una herida que brotaba como savia en el propio árbol, una declaración de amor que pareciese eterna, tallada en corteza, en toda regla. Los amores morían pero el árbol esperaba sesenta generaciones más de enamorados.

Se encontraba Julio Romero de Torres pintando el retrato de Cristóbal de Castro, con la tranquilidad que le otorgaba ser un pintor de renombre suficientemente libre de ataduras como para no considerarse de corte, de cámara. El modelo se giró un momento haciéndole interrumpir su tarea para podr hablar unos instantes con él. Parecía que quería desahogarse:
- Oye, Julio… Sabes que este encargo que te pido no es sino un favor que te hago…
- ¿Y eso?
- … Porque es bien sabido que, cuando yo muera, este pasará a pertenecerte, pero tú no serás su propietario, sino el pueblo de Córdoba, parte de su legado pictórico.
- Oye, puedes contarme si quieres alguna crónica de esas tan bonitas que te gusta de especular sobre Córdoba…
- Vaya, te veo igual de huraño como en las fotografías…
- En alguna sonrío…
- ¡Porque eres andaluz, Julio! No lo puedes evitar, estás hecho de la misma pasta que yo, solo que a ti te gusta crear un halo de misterio en torno a ti, no te conformas con el que utilizas para impregnar a tus gitanas… ¡Estará buena tu mujer! Ya me la imagino aguantando carros y carretas, comentarios hirientes por la calle del tipo “oye ¿sabes que el otro día ví a tu marido llevando de las caderas a dos modelos suyas?” ¡Jajaja!
- Ríete, así, con ese espanto de gesto, esa será mi venganza para tu recuerdo en la posteridad. La gente recurrirá a mí para recordarte y te verá más lascivo que yo….
¿Y esto es lo que últimamente escribes, Alarico?
Su editor dejó de acompañarle en el sentimiento, al igual que aquellos con los que publicaba en la revista. ¡Se sentía como Ernesto Jiménez Caballero, de lado!
Entonces, una música le despertó. Era la de un magnetófono que tras un estuche de violín se escondía. El violinista se encontraba en aquellos momentos bebiendo de otra botella no mejor escondida. Escena curiosa.
- Pues el otro día quedé con un simpático joven que me ofrecía un libro de medicina a mitad de precio. Bueno, en realidad se lo ofrecía al primero que llamase al número de teléfono que aparecía en la sección de “Anuncios” del periódico. Rápidamente comencé a sospechar. Me citaba en una barra americana de un bar de las afueras, concretando su indumentaria de la siguiente manera: “Llevaré peluca rubia…”
Más risas. ¿Dónde estaba ahora? Se movía sin criterio alguno, como siempre, esta vez por la cinta del metro a través de un largo pasillo. Iba con sus amigos poetas, pero por lo que se veía estos podían prescindir fácilmente de él; eso o que rehusaron de seguir intentando entablar algo más que un saludo con él al verle tan abstraído. Prefería no darle más vueltas y seguir como estaba: vacío de cuerpo, completo de pensamiento.
- ¡Y tú, Alarico, baja de las nubes! ¡Ah, ya comprendo, te has quedado obnubilado escuchando ese violín indirectamente ¿eh? ¿Por qué no retomaste tu oficio?
Sabía que esa situación no le podía durar mucho. Demasiado artificioso para el español medio… ¡Y alto, y bajo! ¡Y para los habitantes en general de este cochino mundo donde se aboga por lo práctico y se coartan las libertades individuales!
- Digamos que mi profesor era, dicho de bote y pronto, insoportable… ¡Imagínate que cada vez que me equivocaba me daba un pellizco! ¿Un momento? No sé si ese era yo o Andrés Segovia…
- ¡Tú y tu memoria de pez! ¡Deberías retomar esas cosas que te dieron una felicidad tan efímera (porque tú lo quisiste) y no seguir insistiendo e escribir…!
- ¡Sí, Alarico! Yo reconozco que siempre leo cosas tuyas cortas… ¡Y eso que a mí me gustan los volúmenes extensos, los best-sellers de los siglos diecinueve y veinte! Pero contigo chico, no sé, es como si quisiese terminar la lectura rápido, que no sintiese lástima al llegar al último capítulo…
- ¡Malditos seáis! Vosotros no sois precisamente el ejemplo que debería seguir… ¿Qué fue de nuestros inseparables lazos, de nuestra fidelidad pasara lo que pasara?
- A veces tendemos a velar por nuestros intereses vitales…
- ¿Qué queréis? ¿Dinero? ¡Yo os lo doy, maldita sea! Yo no sé disfrutar de él…
- … Pobre Alarico…
- ¡Dejad de compadecerme, dita sea!
Todos estos años… Recordaba aquel cuadro frente a la Última Cena de Leonardo… Aquel Cristo Crucificado a veinte metros de la tierra, y, abajo, las figuras que siempre le han rodeado en un orden o en otro; María Magdalena, la Virgen, San Juan, etc. Pero, en realidad, la auténtica protagonista era María Magdalena, la única visible realmente en el cuadro, que se aferraba al madero como la única manera de llegar al hombre al que tanto amaba… Así se sentía él, a veinte metros de distancia de los seres queridos. En este caso, la mujer era la crucificada y él, su marido al menos oficialmente, se encontraba solo, con su propia cruz.
Ese fondo oscuro que solo Málevich podría retratar con tanta verda, alejado de las engañosas pinceladas de Sorolla…
Fondo neutro, él ante el destino…


“Tenemos atriles”
“Tranquilo, Triles, que ahora te vamos a rescatar…”
Al viejo Pericles ya no se le respetaba. ¡Claro, cuando se pierden las formas, hasta el más educado de los chicos del barrio le utilizaba como blanco de sus sagacidades. Este cartel figuraba en su escaparate debajo del primero que anunciaba una novedad inédita en los tiempos que corrían: un pedestal para el libro, un lugar de culto para el recogimiento del lector dedicando a sus páginas lo que se merecían. Y es que, en la librería del viejo Pericles, todo era posible. Una vez puso un letrero, él mismo, donde trataba de explicarse:
“Cerramos del 31 de Diciembre al 1 de Enero, ambos inclusive”
Era el primer librero que miraba mal (cuando se podía permitir mirar mal) al cliente por comprar uno de sus libros. Ramiro lo hizo aquella semana. Claro, era un chavalín, y algunos libros eran todavía tempranos para su edad. Nadie conocía hasta dónde podía llegar aquella madurez inculcada por su madre. Fue a comprar un libro de Yogananda, el famoso maestro hindú de sabiduría yogui. Anteriormente ya había sido inspeccionado con rayos-x al comprar un libro sobre sexualidad, un ejemplar a imitación de un antiguo manuscrito donde, se explicaba muy toscamente, cosas tan secretas por entonces como la concepción de un hijo (representando a la mujer como una fábrica interna). Su padre le había encargado comprarlo y no le pareció a Pericles correcto para un cliente con esa apariencia todavía sin concretar.
- ¿Estás seguro de lo que vas a leer? ¡Muy jovencito te veo yo para estas cosas!
- ¿Se va a negar a venderme un libro?
- ¡En este tipo de casos la moral y la ética de la persona está por encima de la del comerciante!
- ¡Muy bien, pues usted sabrá! ¡Buenos días!
Salió de la calle Libreros con presteza. Era la primera vez que se enfrentaba a un adulto con aquella seguridad. Llegó a casa de Jota Jota, en la plaza de la Luna. Cada vez que pasaba por ahí a esas horas un escalofrío le recorría por el cuerpo.
- ¿Eres tú?
- Sí, ábreme que los yanquis están hasta dentro del portal…
La casa, aunque antigua, parecía un comedor social sin permiso del Ayuntamiento ni de los que daban de comer.
Pasaron a la habitación del fondo, la de Jota Jota.
- ¿Qué quieres, Ramiro?
- Escucha… Tendría que pedirte un favor que conlleva cierta confidencalidad…
- Tú dirás…
- … No sé si debo contártelo…
- Tú sabrás con quién te juegas los cuartos…
- Está bien… Necesito que me consigas un libro de tapadillo.
- …Ajá…
- Es para Víctor… Tú ya sabes… Es su cumpleaños.
- ¿Sobre qué?
- Sobre Yogananda…
- ¿Quién es ese fulano?
- ¿Cómo que quién es…? ¡Cuida tus palabras antes de hablar, Jota Jota! Hay ciertas personas que merecen un respeto por parte de nosotros, están muy por encima de nuestras capacidades como individuos… Además, tengo un grave respeto por los muertos. La gente tiene por norma criticar a los que ya no pueden defenderse, pero cuando estaban, les harían hasta lavativas si se lo pidiesen…
- ¡Vale vale! Solo era una expresión coloquial…
- Bueno… El caso es que debes buscarlo en la librería de Pericles.
- ¿Yo?
- Sí, tú ya tienes una barba fuerte que indica tu edad… La pelusa o barba en proceso delata a las personas para ciertas cosas…
- Bueno bien… Oye ¿cómo va vuestra relación?
- Bien ¡pero no se te escape nada del libro cuando con él hables!
- ¡Descuida! ¿Cómo se llamaba el autor decías?
- ¿Quién eres? ¡Fuera de mi casa! ¡Jajajaja!
Ramiro salía con Víctor haría un mes. Nada quiso decir a su padre, sin embargo, con su madre, la psicóloga de la familia, tenía una cercanía que ni siquiera compartía con ninguno de sus amigos, cómplices de sus fechorías nocturnas.

Cuando llegó Alarico a casa, eran más de las diez de la noche. Alma le esperaba en la puerta:
- ¿Tú no terminabas el turno a las ocho y media?
- ¡Alma, por favor!
- ¡Ni alma ni nada!
- ¿No lo recuerdas? Hoy era el día de la celebración de lo del grupo Cántico…
- Y por lo que veo tú tampoco te acordabas porque si no no estaría yo aquí de brazos cruzados…
- Podrías ponerte en jarras que es más estético…
- ¡Bueno, no me cambies de tema!
- He venido andando además… Por la calle Serrano. Todo el rato mirando al suelo, por si acaso…
- ¡Para una vez que encuentras oro, y además era pintado!
- Bueno, pero había que intentarlo…
- Nunca te comprenderé, Alarico…
- ¡Nadie me comprende! Hoy me han dicho que soy muy maniqueo en mis novelas, y que seguramente por eso he perdido la salsa…
- ¿Qué salsa? ¿Cuándo has tenido tú de eso?
- Bueno, yo era muy de teatro francés y…
- Tú lo que pasa es que…
- ¡Déjame explicarme, por favor! ¿No eras tú la que siempre querías aire, que todos te agobiábamos poniéndonos en medio? ¡Pues aprende a escuchar!
- A lo mejor tienes un concepto tan básico de tus personajes en las novelas porque en la realidad no conoces al hombre de calle… ¡Ni siquiera el señor Medaros consiguió llegar a ti!
- ¡Eso no lo digas ni en broma! Él me tenía por su alumno modelo…
- Porque te veía desprotegido. Reconócelo, tú no has tenido vida social nunca. Yo he sido la única que ha accedido a ti y…
Entonces Alarico comprendió que si quería sentirse respetado en su casa ante su hijo por su mujer, debía de cruzar la línea que nunca se atrevía a sobrepasar. Su aptitud desde luego era sobresaliente en este caso, pues ya apuntaba maneras pero la fiera no estaba del todo fuera de su jaula. Le gustaba comer calentito entre barrotes.
- ¡Basta! No voy a consentir que me hables de esa forma delante de Ramiro… estoy harto de que siempre confíe en ti porque tú le hayas enseñado a perderme el respeto, a no ser de fiar para su edad…
- Recuerdo que me dijiste cuando salimos de ver la representación de “La Casa de Bernarda Alba del Teatro Español - ¿recuerdas? Aquella magnífica interpretación de Amparo Baró- recuerdo que me dijiste que eso no eran mujeres sino ancianas, que era lo mismo… Tú me miraste con ojos impenetrables, para confesarme- ¡qué gracia!- un secreto: que yo era la primera hembra como tal que se te había aparecido…
- No creo que debas hablar en esos términos delante de…
- ¿Lo ves? ¡Eres ridículo, tú mismo te descalificas!
Viendo que iba a resultar imposible todo intento de comunicación, optó por abandonar la estancia sin dar ningún tipo de explicación. Ella continuó con su retórica:
- ¿Y así piensas solucionar las cosas? ¡Corre, topo, a tu madriguera!
Él sabía que, si su hijo era lo suficientemente consecuente, si algo bueno había aprendido de su madre, reconocería que aquella batalla la había perdido ella. Confió en la suposición y se encerró con llave en su estudio para revisar toda su obra y restaurar, en la medida de lo posible, los fallos visibles de los que había sido acusado por los que verdaderamente sabían: los escritores. A partir de entonces, iría en autobús.

“Atención, estación en curva. Al salir, tengan cuidado de no meter el pie entre coche y andén”
- ¿Por qué siempre me dices lo mismo? ¿Por qué me haces sufrir de este modo? ¿Quién te crees, la bien pagá?
Esto se preguntaba en voz baja todos los días en que se ocultaba de la luz del sol en aquellos vagones tan contaminados de gente, aquellos que tan bien describía Serrat en “La Bella y el Metro”.

- ¿Y tú, cuántos libros te has leído de Medaros?
- Uno o ninguno…
- ¿Cómo que uno o ninguno?
- Pues que he leído fragmentos, nunca uno entero.
- ¡Pero si tú te lees todo lo que cae en tus manos!
- ¡Ah, no! Generalizaciones no…
- Si tu madre me decía que cada semana cogías un libro de la estantería del pasillo… ¡Está plagada de libros de Medardo, casi todos rubricados!
- Tengo la costumbre de no leer lo que se me mete por los ojos… Esa es mi regla. Padre, lo que yo lea tiene que salir de mi interior, no puedo vivir de tormentos.
- ¡Vaya, vaya! Yo te leía por las noches esos libros y bien que te dormías.
- ¡Me hacía el dormido para que te fueras y entonces leer lo que quería!
- ¿Y la luz? ¡Nunca vi luz por debajo de la puerta!
Eso puede deberse a que yo tapaba la rendija con toallas… Parece que iba adelantado a ti… Vaya, vaya…


- ¿Qué quiso usted expresar en su poema con este título: “Flor verdusca”?
- No lo sé, hace tanto tiempo que lo escribí hasta que ha sido publicado, que no recuerdo ni el contenido del mismo.
La entrevista en televisión no tuvo, como era de esperar, ninguna acogida. Horario de madrugada, la cultura se desplazó para somnolientos o trabajadores nocturnos.
- De todas formas, pablo de Freitas lo leyó y le dijo que era bueno ¿no?
- Sí, yo también lo creía. Y el siguiente que escribí, y el otro… Luego todos me resultaron la misma mierda.
- ¿Está usted poniendo en duda la capacidad de juicio del señor de Freitas?
- ¡Oh, dios mío! ¿Cómo ha podido usted deducir eso? ¡Solo quería referirme a que un autor es demasiado exigente consigo mismo y no ve nunca las cosas a una cierta distancia! ¿Comprende? No, ya veo que no… No sé qué hacen sentados en esas butacas todos ustedes… hablando del tiempo serían más útiles, con una pantallita inexistente al fondo donde soles, nubes y truenos van saturando a la silueta de España…
Se estaba volviendo tan reacio como su mentor y maestro, pero él sabía que ni siquiera podía ponerse a su altura, que él no era Medardo Medaros. “¡Pues me da igual!” llegó a decir una vez ofuscado.



Aquella tarde se decidió todo. El camino hacia un destino incierto para Ramiro comenzó hacia las seis de la tarde. Abandonó el barrio y los lugares que él recordaba como conocidos y atravesó junto con su padre que recordara dos puentes hasta alcanzar el anonimato social en unos treinta minutos. “Hoy voy a demostrarte que soy capaz de sorprenderte, de cambiar tu vida, de formar parte de un eslabón que te defina como persona…” le había dicho Alarico entre alientos mal recobrados a un paso que amenazaba en su aceleración. Reventados llegaron a un edificio que, desde fuera, podía comprobarse que su función era la de espacio de realización de acciones sociales. Todo se venía abajo. El cemento recubría los muros desnudos y ya nada quedaba tras la quinta remodelación por salubridad de lo que fue en otro tiempo. Era un complejo residencial donde habitaba el silencio haciendo el aire denso para la habitabilidad de las personas. La entrada la antecedían las puertas abiertas en un muro que recorría la finca, este de ladrillos que jugaban a las grecas. Árboles plantados con frutos prácticos para la consumición tranquilizaban la ya de por sí calmada tarde. Entraron y el bullicio comenzó a bullir, como las primeras burbujas en una olla. La gente comenzó a adueñarse de las voces haciendo su aparición con pasos decididos hacia lugares concretos. Eran atravesados los invitados por todas partes, sintiéndose centro de una rotonda. Subieron escaleras hasta llegar al segundo piso conformado de un pasillo cuyas habitaciones herían sus paredes en puertas de un marrón madera pintado. Le hizo llamar el padre al hijo, con los nudillos, noblemente, los toques necesarios. Después fue el propio progenitor quien entornó la puerta girando el picaporte sin esperar respuesta al otro lado. Un hombre de greñas atractivas, albornoz decolorado, pies desnudos y cutis cuidado por enfermera los esperaba sentado en una mesa con una pila de folios amontonado a un lado. Tenía esta un bolígrafo abierto de capuchón en su mano izquierda, como quien redacta lo que ocurre de voz en un juicio.
- Te presento a Knose. Knose, este es mi hijo Ramiro. Sé que tenías ganas de conocerle pues solo de oídas ya pataleabas en el suelo…
- ¿Quién es papá?
- Perdona la indiscreción de mi hijo, pero he preferido mantenerle en tu anonimato hasta que se encontrase frente a ti.
- ¿Quién eres?
- No trates de conseguir algo imposible. Knose nunca ha hablado desde que yo le conozco. Sabemos que en un momento de su vida lo hizo y rehusó del lenguaje de manera voluntaria. Ahora tan solo se comunica vía gráficamente. Escribe dibujando, y todos le entendemos. Un solo símbolo por el concebido equivale a toda la sabiduría de un solo párrafo del mejor de los filósofos. Es un gran chamán, adivina en otros lo que debería hacer si se comportaran como él. No precisa mas que de la información de la presencia, es así su radiografía tan precisa. Acércate hijo.
Ramiro se acercó decidido y puso sus manos sobre la mesa. Knose alzó su mano libre de utensilio y le palpó de cara, pecho y brazos. Miró el brillo de sus ojos, olisqueó respetuosamente el ambiente que los separaba y por fin decidió dibujar algo.
- ¡Vaya, por primera vez ha decidido realizar dos dibujos juntos!
En efecto. Eran dos elementos que recordaban la condición masculina del ser humano. Dos, no uno. ¿Por qué recalcar el mismo hecho doblemente? Ramiro en seguida se percató del asunto. Era como si hubiese entrado en el aura de la persona que acababa de conocer. ¡Homosexualidad! Pensó para adentro, y dejó su cuerpo caer sobre la silla que le enfrentaba a Knose cerrando los ojos. Parecía haber entrado en trance. Alarico acudió a auxiliarle mientras Knose parecía intercambiar energías con Ramiro al encontrarse en la misma situación, es decir, como en una ensoñación necesaria. Rápidamente esto fue confirmado, pues al despertar Ramiro con los zarandeos de su padre este abrió también de pronto los ojos y, por primera vez, dijo unas palabras:
- ¡No haga eso, es peligroso!
La reacción de Ramiro al tomar posesión de conciencia fue levantarse agitado y salir como despavorido de la habitación. Los clamores de La ouverture de ferie de Ravel sonaron en su cabeza con todo su estruendo, dejando a la ansiedad el terreno más libre. Corría por los pasillos como si tuviese grabado el mapa del lugar en la mente, y de veras que no era cosa fácil de retener en la primera visita. Mujeres blancas que quedaban detenidas en su labor al percatarse de que alguien interrumpía la tranquila monotonía que allí se respiraba.
Supo llegar a casa, lo recordaba todo. Buscó entre libros y halló uno de Medardo Medaros. Sin anunciar su llegada ni su consiguiente salida a la madre, metió el volumen en uno de los bolsillos del abrigo y bajo raudo las escaleras sin esperar tan siquiera el ascensor. Del noveno piso a la plaza, de la plaza al puente, y, bajo él, el descanso en la lectura. Había sido cosa de un cortocircuito, sin duda, el que recordara el autor que su padre le había sugerido haría una semana. Ya que don Medardo Medaros se encontraba escalafones ha de su figura tutelar, decidió buscar por ello un punto de vista sabio que aclarara algo esta cuestión, o que tan solo, la nublara un poco, la apartara de su malestar. El título decía así: “La venganza de Eva”. Examinaba los pormenores de la culpabilidad recaída en la mujer, de su responsabilidad frente al pecado. ¿Él como se sentía? Mujer sin serlo, culpable de algo que no cometió, etcétera. Fue una lectura terapéutica. Cuando se cansó de indagar en el ensayo, cerró el libro, no sin antes pillarlo con un dedo, y dejó reposar mente reposando su cabeza sobre la curvatura de uno de lo refuerzos de aquel paso bajo el río.

¿Qué sucede con los griegos? ¡Sucede que razonan y razonan y apenas dejan traslucir sentimientos…! Son como máquinas y sus textos son relamidos (no digamos ya los diálogos de a diario). Uno debe entender desde el principio estos documentos que se conservan como templo de estudio y nunca de complicidad para con el lector, tan solo en el gesto de afirmación para decir “es correcto, estoy de acuerdo” no llegando nunca a pasar del trato

- ¡Padre, no sirvo para nada! El otro día, sin ir más lejos, tuve que pedirle a mi asistenta, que en ese momento recogía el polvo en el despacho en el que yo escribía, que me ayudase a encontrar una palabra: “impecable” ¿se puede usted creer que no era capaz de adivinarla? ¡Pues la tía me lo dijo a los dos segundos exactamente! Yo le ayudaba con pistas: “buen aspecto, ropa limpia…” ya sabe. En fin. Ahora sin Ramiro lo único que se me ocurre es recurrir a la casa del Señor.
- Y has hecho bien, hijo mío, has hecho bien… Ya era hora de que alguien decente se pasase por aquí… Ahora la gente va a avernos a los museos ¿sabe? Todas las tallas que teníamos acabaron en ese terrible lugar donde la gente tiene iluminaciones profanas ante nuestro señor Jesucristo. Se pueden estar horas y horas pensando cómo el artista supo aprovechar tan bien el bloque de madera… ¿Qué quiere que le diga?
- ¿Y si retornaran a su lugar de origen?
- ¿Las piezas o los creyentes?
- Ambas.
- No, no sería ese nuestro propósito. La gente que se acercase aquí con ese propósito no sería digna de fe. ¡Pero esto no es importante! Lo que ahora prima es encontrar a su hijo, que digo yo que ya será mayorcito para saber dónde se mete. Hoy en día hay demasiada información sobre el mundo…
- Por ello me recojo aquí, porque es el único lugar que me queda donde encontrar
- Algo de tranquilidad…
- Si es que la fe es un buen comodín. Algunos tardan más que otros en usarlo e incluso hay quien la retoma habiéndola ya experimentado. No sé, tampoco quiero dármelas de filósofo, que para eso están San Agustín y Santo Tomás. Por cierto ¿le interesan sus obras? En la sacristía tengo unos ejemplares a muy buen precio, hay que sustentarse más allá del cepillo….
- ¡No, gracias! Resulta esto casi una película de Berlanga…
Aún así Le clerygman le proporcionó una serie de textos sobre los que reflexionar.
- Por cierto, siendo sinceros, le diré que Eva no pecó con una manzana sino con un higo.
- Gracias, padre.



“Y después de escuchar este cuarteto “ratonero” de Antón Webern nos despedimos hasta el fin de semana. Buenas tardes noches y adiós…”
Era sincero el locutor. Aquella música de la escuela vienesa fue constituida por parte de sus artífices esperando críticas unánimes que hoy todavía no cesan. Había cogido el coche debido a una cierta comodidad de la que su cuerpo no quería desprenderse. Necesitaba estar caliente, protegido, seguro al fin y al cabo. Una modorra de las personas febriles le acongojaba hasta el placer. El GPS le indicaba un tramo que no podía coger pues no contaba con las obras que cortaban el paso.
“Retroceda por favor… Dirección errónea… bip… bip… no se lo digo más… ¡Váyase a hacer puñetas, no sé para qué me ha comprado!”
Esto parecía oír que del aparato salía. La voz desde luego era la misma, e incluso teniendo que decir las cosas como de verdad eran. Le faltaba el calor de una conversación no formateada y la vista de la que carecen los brujos (o brujas, pues la voz era femenina, y conste lo digo sin ninguna connotación). Poco le importaban los GPS.
Llegó a casa y, como era de esperar, se encontró al chico de nuevo de retorno en el hogar. Él se sentía mal por haber tenido un pronto de vanidad al querer que su hijo tomase interés por su persona. Quiso deslumbrarle y lo hizo, pero cegándole del todo. Ahora tenía un libro entre manos de Medaros, sentado en el sillón, pendiente de su mirada. Él no pudo menos que correr a sus brazos y suplicar ese perdón.
- ¡Lo siento, lo siento! Quise hacer “pas” como los puñetazos del capitán Trueno y me salió un “bang” de la pistola…




EPÍLOGO DESDE LO MÁS ALTO A LO QUE PUEDE ASPIRAR UN HOMBRE

Es terrible la noche y terrible es la vida por los sueños. ¡Cuán felices seríamos si dejáramos de soñar con vanas ilusiones! Nada tendríamos que esperar y viviríamos transportando nuestro cuerpo mecánicamente. ¡Dejemos que las personas lleguen para conocerlas, no las inventemos! ¿Quién recuerda su vida antes de conocer a cierta persona significativa? Borrón y cuenta nueva, y sin embargo, no se sabía de él nada hasta que hizo acto de presencia habiendo ya existido tiempo ha. La silla se movía ahora con motor, y Medardo, desde su postura siempre privilegiada, observaba el acontecer de las vidas que había dejado a la deriva arrojándose él al agua para buscar a Caronte. ¡Su jubilación era irrisoria y el alquiler del piso excedía una buena propina para el gondolero con voz de ultratumba italiana. Él podía presumir de haber llevado una vida tranquila, sin aspavientos, pensando en su infinitud al tratarla tan cortésmente. Y sin embargo, ahí estaban las coplas de Manrique para despertarle de su sueño prefabricado de vida. Él no sufrió nunca por amor sino que fue el amor quien sufrió por él, pues bien le costó llegar a su interior.
¡Ay Alarico! Sólo me arrepiento de haberme ido por ti… ¡Cuán desprotegido te encuentras, qué mal te sabes sacar las castañas del fuego en este invierno de navidades sin luces ni felicitaciones! Ahora te dejo mi casa para que dispongas de ella a tu voluntad. Contaba con ese homenaje que en vida nunca se me ha concedido. Lleva de vez en cuando a alguien para renovar el polvo, abre esas ventanas de azul andaluz que hagan funcionar las pituitarias… Porque por la ventana miras y hueles, y las cortinas son la personificación de o segundo en su movimiento.
¡Fíjate que toda ella es un museo gratuito, donde poder fisgonear! Confío en que dejes todo en su sitio después de manosearlo y dejar en ello tu impronta o huella. Si se tratase de la sábana santa la dejarías hecha un Cristo con ese afán de investigación… Por suerte, ni yo soy el Mesías ni tengo los suficientes años como para considerarme de interés histórico tanto a orígenes del hombre en la Tierra. Da lo mismo. Me conformo con la expedición arqueológica que he continuado y dejado en tierra con los hombres a los que lego mi casco y herramientas. He vivido siempre tranquilamente y nunca he pretendido escribir mi novena sinfonía, pues después de esto estaría acabado. A mí me mataron antes de idear la primera y, desde entonces, en el contexto actual en el que vivimos, no me han dejado levantar cabeza. Sin embargo, he continuado mi periplo hasta llegara la octava sinfonía y aquí me he detenido. Que los demás terminen esta obra con lo que les he dejado, y que no teman, pues será mi muerte y no la suya, es decir, será un Renacimiento o descubrimiento de lo oculto. ¿Quién me sacará del fango? ¿Quién demostrará que en esas arenas movedizas se contonea un hombre? Prefiero deleitarme con el sabor afrutado del vino del Mar Rojo y dejar que me salpique una y otra vez tiñendo el verdadero color de mi piel. ¡Por fin puedo descansar, y nadie me quiere decir que me he ganado a fuerza el descanso! Mas, no me importa, pues la muerte ya no tiene oídos.


NOTA DEL AUTOR: Los personajes que figuran en esta novela han sido realizados con una casualidad premeditada. Cualquier parecido con la realidad es perfectamente discutible.

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ENUNCIACIÓN ª EXPOSICIÓN DE PINTURA EN "LA CASA DE LOS JACINTOS" DE LA CALLE ARGANZUELA

¿Quién se va a Lavapiés a hacer Pilates?
Mientras los pies se mojan con el rocío en su camino.
Nadie se lava las manos haciendo ejercicio.
¿Para qué quiere un señor tres liencitos del tamaño de n dedo cada uno? ¿Para dibujar en ellos leoncitos hacerlos menos fieros? ¿Para hacer no más grande uniendo los otros tres uno sobre otro creando una pintura tridimensional? ¡Ah, habría que cerrarla para que no pincharan los picos de los bordes con cristal de “bohemio”!
¡Mira como el río baja por la cuesta!
Ahora se rompe una botella de Mahou sobre el suelo y retiene con lo pegajoso las pisadas de los visitantes. ¡Podía quedarse esto así y obligar a ver la exposición completa a todos los maniáticos o nerviosos! Y si no, que dejen sus zapatos ahí al no poderse desplazar y así todos crear una retrospectiva monotemática sobre deportivas y náuticos! No se necesitarían peanas ni carteles, tan solo cuidado para no acabar formando parte de la exposición, pisando bien durante el itinerario. Huella selectiva, que se dice.
¿Alguien sería capaz de separar la clara de la yema sin romper la cáscara? ¡Oh, sí, los que se dedican a construir barcos dentro de botellas! ¿Cuál es su secreto? Alguien dijo que la receta de la coca-cola tenía antes cocaína. ¡Y si se reutilizan los cascos de las botellas, ahora pueden entenderse los botellones tan divertidos que se organizan!
Los policías te detienen por armar ruido y dejarlo todo como un circo cuando abandona su débil plataforma. También dicen que te multan por no consumir bebidas dentro de establecimientos y comprarlas en las tiendas de los chinos a hora prudente y con previa muestra de D.N.I. Seguramente al jovencito al que se le rompió la botella en la exposición le debió dar el dueño de uno de esos establecimientos una bolsa frágil para lo que valía su peso en oro líquido.
Las chicas de la Cruz Roja se pasean por todos los lugares típicos de búhos universitarios. Deben reconocerlo aquellos borrachines a los que solo les falta arrojarse al estanque donde tantas celebraciones festejan los señores deportistas enharinados. ¡Será para quitarse el blanco que les mancha, no creo que vayan borrachos!
La Casa de los Jacintos… las chicas de la Cruz Roja llevan la Primavera en la solapa.

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"Platero y Juan Ramón" (2005)

>> sábado, 27 de septiembre de 2008

(Boceto)


(Dibujo final)

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Concha Velasco en dos momentos cinematográficos

Fragmento de "Las chicas de la cruz roja"




Con Tony Leblanc cantando "La chica yeyé" (Historias de la Televisión)

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Copia del Inocencio X de Velázquez

Proceso
(Pintando con un pincel de tres pelos)



Obra acabada


Óleo sobre tabla (2008)

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"Crucifixión" (2004-2007)

2004

"Clavándole a la cruz" (2006)

"Cristo" (2006)
"Cristo en el mar con futuro donante de la obra"
"Piedad" (2007)




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