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De mi novela "EL PECADOR IMPECABLE"

>> lunes, 15 de septiembre de 2008

...Al día siguiente, fue la mujer la que se empeñó en llevar la carta hasta el buzón junto a aquel jardín que un día prendió como el alcohol. Por el camino, Sabino, el coleccionista de sentimientos, consiguió hipnotizarla para acabar dejándola en la estacada con un billete que ponía precio a su alma, como un trueque a la conversión. Llegó a casa Sabino y abrió el sobre para pinchar su contenido en un coche, sobre el cual, otros relicarios se disponían al orden de su capricho de estudio: sentarse ante la mesa situada contra la pared e ir leyendo los secretos que se apuntalaban en la pared (cuando se cansaba de una historia pasaba a otra que podía encontrarse a derecha, arriba, dos más a la izquierda, cuatro secretos por debajo, etc.)
El marido, tiempo después, decidió acudir de cuerpo presente al lugar que había por destino (de no ser porque su mujer hubo de entrometerse) para reproducir de viva voz lo que en su discurso epistolar había preparado. Entonces Sabino, que ya había salido de nuevo a la calle, al verlo, le tomó como historia personificada, y se lo llevó de la mano a su guarida. Con una charla distendida, no podía imaginar que estaba atrapando entre sus redes al pecador impecable.
Permaneció en el sótano varias semanas. De vez en cuando bajaba una jovencita a adecentar el lugar de reclusión, tomando al sujeto por amigo del que la había contratado. Era normal encontrar a una persona dispuesta a no matar las horas en su casa. El suceso que les unía los separaba en el tiempo, de modo que solo él, debido al privilegio de una edad más avanzada, era el único con capacidad de retención para ciertas cosas. A decir verdad, él quería engañarse para no recordar tampoco nada, pues una mujer de planta tan despampanante a la que no pudo rozar con sus dedo la perfección (las huellas del incendio dejaron mella en su cuerpo cálido), no podía ser, ni por asomo, la que tantas veces su padre trató de retratar cuando esta era una niña.
Había empezado a estudiar derecho y había acabado torcido el intento, y ahora se ganaba la estancia en la casa familiar en un trabajo cuyo fin era el de descolocar cosas. La decisión de aquel trabajo alegró profundamente a su padre: “Me ha salido metomentodo” decía mientras la veía hurgar en lo ajeno.

Un día se encontró sobre la mesa con dos libros: uno lo conocía de sobra, pues entre descanso y descanso atajaba las horas de esta manera tan inteligente. El otro lo había estado leyendo el cautivo, y ni siquiera pudo esto quedarse, pues la chiquita dejó el que tenía entre manos para dedicarse a este otro: una goma de borrar hacía de marca páginas y las hojas de mitad a izquierda se encontraban subrayadas en parte por párrafos. A pesar de lo que él consideraba “un sacrilegio literario”, no pudo evitar que asomaran a sus ojos unas lágrimas, pues comprendía lo que implicaba aquel uso indebido de los libros. Cogió entonces el otro libro dejando en este caso de lado el suyo. Cuando ella llegó, se lo encontró sumergido en ávida lectura:
- ¿Qué hace, señor?
- Interesarme por tu libro, el que habías abandonado por el mío… Creo que no lo desmerece. Vuelve a reencontrarte con tus páginas. Tu interés por un ejemplo sacrosanto de la teología moral, escrito por uno de los ateos más maravillosos, creo que se adelanta a tu edad e intereses. Hasta que yo me desilusioné por la vida era el ser más maravilloso del mundo (al menos feliz). No cometas el mismo error…
- … He intuido que usted no está aquí de paso, que sus visitas no son casuales… Usted no viene aquí todos los días ¿verdad?
- Aquí viene l día a visitarnos, y, sin despedirlo, se marcha… He esperado todo este tiempo de cautiverio porque sabía que te encontraría y tendríamos esta conversación. Tengo una deuda con el pasado,
Desenclavó la carta que nunca llegó a su destino, la suya, y se la entregó con pincho incluido.
- Llévale esto a tu padre. Es una deuda que tenía con el adquirida y necesito cumplirla a través de ti… Sácala de aquí escondida en tu abrigo.
Cuando Sabino llegó al sótano de lo primero que se percató fue del hueco en el corcho.
- ¿Qué has hecho? ¡Has descompuesto mi composición de intimidades!
- La carta que falta no te interesa… Soy yo el que clama tu atención, pues te la puedo contar incluso con más detalle.
Por supuesto, la historia que le relató fue otra...

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