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LAS DOS MARÍAS

>> jueves, 18 de septiembre de 2008

Recuerdo gallego.

Eran siempre las dos en punto cuando los curiosos se acercaban por el parque Alameda, en Santiago de Compostela. Rápidamente se las identificaba por los caminos que trazaban como ciudad lineal aquel solar limpio de casas, respetado por el hombre para que este no cayese en la angustia de la ciudad. Lucían ropas tan coloridas como las carnes que ellas mismas se pintarrajeaban. Iban cogidas de la mano, ambas replicantes en gustos. Cuando los jovencitos estudiantes se arrimaban a su paso, estas flirteaban de la manera más clara y sincera, tentando las blandas carnes con sus guiños y lances verbales. Corelia y Maruxa eran hermanas. Parecían sobrevivir al paso del tiempo desde aquel día en que la niñez se les sesgó con la muerte de sus padres en la guerra. Siempre jóvenes, desenvueltas, sonrientes y picaronas. Con la muerte de Corelia, su fiel acompañante no se dignó a volver a pisar la calle, muriendo meses después. El ayuntamiento regaló a los visitantes su presencia perpetua con dos figuras, que desconozco si se trataban de fiel representación en medidas dada su mediana estatura o simplemente el homenaje sentido, el símbolo, y no la apariencia realista. El colorete y el pintalabios sobrepasaron los límites con las rúbricas malintencionadas de algunos antisociales que se encararon con los fantasmas corpóreos de estos dos personajes de la historia gallega. Seguramente cierta demencia les acorraló tras aquel pasado trágico, envolviéndose como destino en disfraces, que seguro algunos turistas creerían tradicionales, para evadirse en un mundo risueño donde ellas eran las protagonistas allá por donde pasaban. Se ganaron la ternura de la gente (seguramente los que se burlaban en un principio pronto se dieron cuenta de su torpeza) y eran respetadas en su actitud. A los niños se les decía que no las mirasen muy fijamente, tarea harto difícil, para no acabar por faltarlas al respeto. Solteronas y de profesión costureras, eran tres en número las hermanas, como las gracias, aunque está claro que cambiando el sentido connotativo. Algunos cuentan que acogieron en su casa a los represaliados durante los años difíciles, aumentando con esto su leyenda más allá de lo que los jovencitos que volvían del estudio a sus casas comentaban de ellas. Seguíanlas el juego devolviéndoles piropos, consiguiendo de esta manera su constancia día tras día a primeras horas de la tarde.
Nos encontrábamos unos amigos, tras visitar la catedral, en los verdes recoletos disfrutando de unas empanadas (una de ellas de pulpo a la Feira, para no desentonar, sorprendiéndome gratamente el sabor de un plato que siempre terminaba por abandonar tras valiente intento), sentados haciendo corro, compartiendo -como jóvenes que éramos- la recompensa de larga caminata (desde el tren, no desde el comienzo de la Vía Láctea, si no habríamos comido lo menos treinta veces entre punto y punto). Entonces, se me ocurrió girar la cabeza y divisé dos figuras que, borrosas en detalles se me hacían reales debido a la utilización de color generoso en detalles, y no pude despegar la mirada desde entonces, cada cierto tiempo, por si habían abandonado el lugar donde las había encontrado, así como los griegos encadenaban sus estatuas por las noches por miedo a que se escapasen. Luego, me acerqué como debía ser como buen curioso, aprovechando el viaje que hasta su conocimiento me había llevado, y me retraté como aquellos engabardinados de apuntes bajo el brazo, devolviendo el gesto implorante de la figura de la derecha (luego me enrabieté pensando que, debido al ángulo desde donde se tomó la instantánea, resultaba imposible apreciar el ojo guiñado de la viejecita).
Como buenas costureras supieron poner el azafrán en aquellos años grises donde, desde luego, la creatividad no se encontraba en la lista de la compra.
Dar que pensar a las gentes. He aquí un ejemplo de inspiración: Bernardino Graña les dedica un poema en 1994, año en el que se erige la estatua:
Oda ás sempre mozas Marias que hai tanto tempo pasean por Santiago. Graña cantó para siempre a aquellas "rosas de trapo e sedas enxoval gardado / (...) oh Marias/ señoras do corazón / decote namorado".

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