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LO QUE ME DIJO DON DIEGO

>> domingo, 21 de septiembre de 2008

Qué hermosura… Una visión positiva realista de las cosas… Sí. Positiva y realista también existe, por mucho que nos empeñemos los catastrofistas con aires de supervivencia. Algo lindo, bello. ¡La utopía existe, y se encuentra soterrada! Bajo las calzadas, crece la madre naturaleza, y es cuestión del descuido permitir que haga su aparición sobre un bolardo sin reponer o entre los huecos en las losas de la calzada. El equilibrio personal nos lo es dado, pero necesitamos llegar a equilibrar la balanza poniendo poco a poco pesitos sobre ella. Una relación, una complicidad generada por y entre dos personas, debe de ser duradera… Si una de ellas no está convencida, si la vida le parece una catástrofe, debe de actuar la segunda, mostrándole SU realidad, utópica pero con los pies siempre en el suelo. La verdad llena de romanticismo, empalagando con sus palabras a la segunda de manera que no recuerde porqué había empezado a hablar ni si dijo esto o lo otro abominable. Lograr convencer a la otra persona con su punto de vista, y que esa burbuja de lo que debería ser en el mundo pudiera expandirse cada vez más hasta rodearlo en su curva perfecta. Debe contagiarse la pareja de aquello que por parecer Shakespeare no significa cursi, si no romanticismo en estado puro. No debe uno dejarse llevar por los desvelos sino decir las cosas en su justa medida, sin resultar empalagosa. En esto se necesita un tira y afloja, pero el hombre debe ser más cauto en este sentido. Él se excita más rápidamente con las palabras, cree a ciegas en el candor de unas promesas que las mismas hormonas pueden desbaratar, volviéndole a él inestable tras el desengaño. Todo esto lo hablábamos bajo un farol apagado, que sin embargo, sentimos que se encendía, y fue al mirar arriba cuando nos percatamos de que no había bombilla. La luz de un farol apagado, esto existe. Podía haber existido de no ser por otra bombilla de un Night Club más cercana que desbarató nuestras ilusiones. La poesía, la imaginación desbordada puede estar en un chiste, lo más ramplón que uno pueda echarse encima: “El señor bajito que se subió a una peseta y le sobraban todavía cincuenta céntimos”. La gente no se percata del todo de este sentido maravilloso que puede aplicarse a otros poemas, como el del hombre que se sienta en una gota, y demás.
Pero ¿cómo hacer llegar toda esta verdad a los demás? Los prejuicios de no hablar con cualquiera, de no decidirse a entablar conversación con el que tenemos sentado al lado en el metro, demasiado arriesgado… La vida… ¿A un señor que entra en un bar de cocinero a las seis de la mañana y sale a las cuatro de la madrugada puede interesarle la poesía? Es difícil… Deberíamos apelar a la educación o a los medios posibles para llevarla a cabo por l gobierno y por las propias familias, que a veces no tienen ni con qué enseñar a sus hijos. ¿Podemos conseguir con nuestros actos la conjura de la humanidad? ¡Desear es poder! Yo creo en lo que creo… Es decir, creo en mi creatividad y el impulso que me lleva a tomarla. Ya no trabajo por trabajar, sino que las inquietudes son cada vez mayores y ello influye hasta en el estilo propio, en el modus operando de trabajo.

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