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A NEREA MENDINUETA BERNARDOS

>> lunes, 22 de septiembre de 2008


Nerea Mendinueta Bernardos en "Sketch costumbrista" (2000)


Todavía recuerdo aquel inmenso muñecote que nos recibía a la entrada de la “Casa Vasca" aquí en Madrid. En la barandilla de la escalera del piso superior, él, el "Olentzero", apoltronado, con manos de guantes amarillos para fregar, de bufanda liada como su cigarrillo, de boina inclinada y cara acartonada. Viva estampa de un personaje caricaturizado de Zuloaga.  De aquellas navidades recuerdo a otro gigante, el “egoísta”, del cuento de Óscar Wilde que debíamos representar en el teatro de aquel edificio sito en el número tres de la Calle Jovellanos… Todavía conservo de aquel año 1995 tantos recuerdos como ensayos tuvimos.
Hacía ya tres años que nos conocíamos, Nerea. Habíamos entrado en el colegio juntos... Y ahora, se nos daba la oportunidad de participar conjuntamente en la que sería nuestra primera colaboración teatral. Fue una tarde de viernes, cuando nuestros padres nos recogieron del patio del colegio. Los tuyos eran socios del Hogar Vasco y nos ofrecieron participar en las fiestas de Navidad. Luego vendrían otros momentos a lo largo de nuestros años de amistad... (¿Recuerdas cuando fuimos elegidos para hacer de San José y de María en la función navideña del colegio? Hasta para eso el destino nos había unido...)

Una Vírgen María y un San José estupendos

La tarea se repartía en dos secciones: Por un lado, la dedicada a practicar con el tambor para la tamborrada que haríamos una mañana en la calle, frente al Teatro de la Zarzuela. Un maestro de ceremonias nos marcaba los golpes con su bastón mientras un txistu (tocado por tu padre, Iñaki Mendinueta) se encargaba de la parte melódica de cada una de las canciones. Por otro lado, teníamos la sección dedicada a lo que serían las funciones teatrales en el "Euskal Etxea" los días 16 y 17 de diciembre. En la primera parte de la función, interpretábamos cantos populares vascos. De ellos tan solo puedo rememorar algunos fragmentos. Ya en la segunda parte, tras este prólogo musical, llegaba la representación en la que, hasta los que solo teníamos que bailar un simplón corro de la patata nos sentíamos importantes. El gigante wildiano no lo era tanto, tan solo unos años mayor que nosotros y de estatura de baloncestista. Recuerdo la banda sonora que se puso a la representación: La "Sinfonía Clásica" de Prokofiev también fragmentada, pero no ya en el recuerdo sino en el radiocasette, aplicada a la perfección nuevamente por Iñaki, haciéndola variar dependiendo del momento de la función, como Buñuel hizo con la música de "Un perro andaluz" cuando lo presentó en París.
A la obra no pudieron asistir todos los que yo hubiera querido. Mi abuelo materno falleció una de aquellas noches de festejos. Yo era ajeno a todo ello y parecía estar en el mismo cuento que representaba, allí entre bambalinas. Por entonces ya estaba al tanto de que un señor importante había cantando antes que nosotros, y yo me reía de lo que decía: matar a la araña con la suela del zapato, o algo así, recuerdo que recitaba insistiendo con voz socarrona y a la vez grave. Nerea me pegaba codazos, me daba a entender que no estaba bien reírse de algo así, de un señor mayor que hace su trabajo. ¡Pero es que era divertido! Era Esteban Astarloa, de la compañía de Sorozábal... Eso me había dicho mi abuelo paterno. Él, que estuvo en todas las representaciones de los años cincuenta y sesenta, aquellas maravillosas con Kraus, Lorengar y Cesari. Él, que me enseñó todo lo que sé de Zarzuela.

Ensayo musical de piano y canto. Haciendo de padre e hija en "Un sueño realidad" (playback del número musical de "La eterna canción" de Sorozábal) 

El padre de Nerea le había regalado por aquella época un disco de “La Tabernera del puerto”, grabación histórica de Argenta ¡y con libreto! ¡Chico, qué importante se podía sentir uno adelantándose a lo que las voces podían decir, colocándonos en situación! Yo disfrutaba de aquella música pero no comprendía porqué se cantaba cada número, qué historia se narraba en cada canción. A través de los años fui adquiriendo estos conocimientos que me faltaban y descubrí que había inventado parte de las cosas, que algunas palabras habían sido malinterpretadas en su sonido y que eran otras (por ejemplo, en “Adiós a la bohemia, el poeta dice “por la parvedad de materia de mi obra” y yo decía “por la parvedad de madre mía de mi obra”. Aquello me encajaba, e incluso llegué a reinventar la historia de una obra, la misma antes citada de la tabernera ¡sin tabernera! Delante de una cámara, hilando una serie de números con una historia descabellada. Una peliculita sobre "La tabernera del puerto" (o, mejor dicho, sobre lo que me inspiraban las canciones de la obra). La falta de medios me impidió terminar de destrozarla, pero en ella entraron canciones como “Aquellas noches de borrachera” o el dueto cómico de “Mi viejo está borracho”…

En una escena de "Walth & Lemmon" (2001), homenaje a los filmes de Bogart y Bacall

Con Nerea conocí el cine y lo inventamos. Después, al finalizar mis estudios de secundaria, conocí al que después sería su novio, Ricardo. Él fue el último amigo que hice antes de marcharme del colegio (siendo Nerea la primera amiga que hice al entrar, paradójicamente). Ricardo y yo realizamos una película de amor surrealista mutuo donde tratamos de homenajear a Dalí y a Buñuel (también sin conocerlo lo suficiente). Casualidades de la vida, ni el ni ella se conocían, pero ahora forman parte de mi historia en el colegio Calasancio. Así son las cosas.
Todas las tardes, al concluir las clases, Nerea y yo jugábamos a escondernos y a buscarnos tras los muestrarios de cenefas y baldosines de la tienda de material de obra de mi abuelo (que se encontraba frente al colegio). Hacíamos tiempo antes de ir con él a la academia de música, donde estudiábamos solfeo conjuntamente, y después yo mi violín, y ella su piano. Ella de espectadora y yo amenizando nuestras tardes con tonterías improvisadas (un teatrillo de lo más divertido).
Juntos grabamos cintas y cintas de audio en un magnetófono que había soportado carros y carretas con nuestros experimentos. Harold Lloyd y Chaplin fueron los artistas más vistos en tantas tardes compartidas… La merienda siempre era la misma: íbamos a la tienda de Emilio, que estaba al doblar la manzana, y mi abuelo nos compraba un Donuts  y un batido. Todo de chocolate. Emilio nos contaba que había sido extra, uno de tantos, en la filmación de "La Caída del Imperio Romano” de Samuel Bronston, y nos insistía en ir por allí porque de seguro todavía quedarían ruinas de aquel decorado. Otros días nos metíamos en el despacho de cuentas de la tienda, y hacíamos, sin saberlo, cadáveres exquisitos, una colaboración mutua de destrozo de dibujos donde ninguno llegaba a ser personal.

Escena inicial de "El tiempo pasa, pasa..." Haciendo los papeles de criada y anciano

¡Ay, Nerea, cómo habremos cambiado y ni lo sabemos! Vivimos como uña y carne durante once años, desde los cuatro hasta los casi quince. A partir de entonces, nuestra única separación era la de la pared que dividía las dos clases, cuando cada uno había ya tomado un camino, tú ciencias y yo letras. Después llegaron las carreras y, con ellas, una despedida forzosa y dolorosa.
Tú y tu familia: Iñaki con su txistu, Íker con su falsa timidez pues le encantaba estar con nosotros… Tu madre Marta, a la que nunca olvidaré desde que me regaló aquel tebeo del Capitán Trueno “porque sí”… ¡Yo no entendía que la gente diera cosas porque sí, y aquel tebeo ocupó siempre un estante privilegiado en la librería de mi habitación… No sé de verdad cómo darte las gracias por tantos años… Cuando falleció mi abuelo paterno, te vi, permaneciendo humildemente en los últimos bancos, con lágrimas en los ojos, en la parroquia de Santa Mónica, donde habíamos grabado en sus puertas muchos años antes una escena de una película, en la que yo, párroco se suponía de ella, te libraba de las manos de un maltratador, y mientras tanto, un señor inesperado con un carrito pasando por delante de la cámara… Cuando te vi demostrar silenciosamente ese afecto por mi abuelo, con quien tanto estuvimos, supe que nada había cambiado, que seguíamos igual de unidos aún en la distancia. Esta parte de mi vida va dedicada a ti, musa tantas veces, persona con la que experimenté la transición a mi vida adulta, fiel siempre, presente cada vez que había algún problema para hablarlo. Tu nombre, con todas las letras de tus dos apellidos, figurará siempre en mi memoria, y temporalmente, en este espacio, porque solo nuestro recuerdo es imborrable.

22 – 9 - 2008

2 comentarios:

DoRiTo (Tex-Mex) 22 de septiembre de 2008, 13:34  

Nunca dejarás de sorprenderme.
Tantos detalles almacenados en tu memoria, resulta increíble. Es como si me estuvieses contando lo que hicimos ayer mismo.
Y es aún más fascinante cuando lo clavas de esta manera, dejando claro que los dos hemos vivido esos momentos con la misma perspectiva e intensidad. Porque precisamente todo lo que has narrado y cómo lo has hecho coincide con lo que yo sentía en esa etapa de mi vida.
Todos los días eran tan iguales y a la vez tan distintos unos de otros.
Y he aprendido taaaaantas cosas de ti, sin olvidar los chorros de creatividad que desprendías por cada poro de tu piel (y lo sigues haciendo, no me cabe la menor duda). En definitiva, me sentía parte de tu familia, una más...y no es raro, con todo el cariño que me han dado...
Gracias por guardar tan fielmente esa ilimitada cantidad de anécdotas y detalles. No llegas a darte cuenta de lo que ha significado para mí.

nosoydali 8 de junio de 2013, 6:02  


¡Oh, sí! ¿Recuerdas que me llamabas por teléfono para preguntarme por la lista de la compra, y yo desde el despacho te conducía a una conversación absurda? Era una historieta sobre una familia ¡donde rambién salía Íker y todo! Y luego ibas a la frutería y le echabas la bronca al tendero por un pimiento que precía que tenía la lepra...El ama de casa española de los años 60, el colacao y esas cosas...

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