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>> martes, 16 de septiembre de 2008

Tengo miedo del hombre, y cuando digo del hombre me incluyo a mí mismo. Hace tiempo pensaba: “Odio al sexo masculino, porque me arrebata las mujeres por las que lidio y por las que me excito con dolor, cuando el corazón parece querer desprenderse de las arterias que lo sujetan a sus ventrículos”. Ese hombre soy yo, porque me he obligado a comportarme así, a adoptar esa posición que tanto me importunaba tiempo ha. Me molestaba ver ese talante en otros, que les convertía en lo que no eran, en lobos hambrientos. Podría hablar aquí del vampiro de Dusseldorf por la ambigua personalidad, o de El lobo Estepario por ese canibalismo atroz que hace morder también cuellos. Cuellos bellos de mujer, de cisne. ¡Qué miedo cuando el ser humano es tan inconstante! Una relación puede parecer perfecta, y al poco tiempo irse al traste por cambio repentino de hormonas, que no se venden embotelladas como fragancia, pero que igualmente son efectivas por sugerentes. Un ser humano, cuando se lo despoja de lo sexual, también puede resultar atroz, romper una amistad de la noche a la mañana por un malentendido. El dolor de la conjetura, es tan inútil como echar agua al mar (además de desalinizar el proceso, quebrantar la ley natural). Por eso, temo quedarme sin todo aquello de lo que nos podemos asir en esta vida, lo que egoístamente te da tranquilidad y seguridad en ti mismo. Siento ser hombre y humano, pero adoro pensar en otras cosas que han hecho otros hombres igual de atormentados, pero que saben extraer para los demás experiencia en distracción y sabiduría. Yo espero poner también ese grano de arena. Pienso que a veces es mejor guardarse las cosas, no expresar lo que nos quema, porque bastante tenemos ya nosotros como para buscar quien nos compadezca (este también puede acabar mendigando, pues estamos hechos de sentimiento puro). Una compañera hace poco me decía que sentía inútil su trabajo como poeta de la vida, porque veía la repetición de su vestuario como un problema. No quiero ver en ella sus bonitas prendas, sino ese cuerpo magullado que ocultan, la verdad sin disfraz, el cuerpo sin armadura, sin ese cuerpo diez del que en la Alemania de los treinta se sentía necesario prodigar por mentes enfermas. No digo “enfermo” en tono despectivo sino tan solo anormal, alejado de lo que se considera como regular. Esa mente perturbada estropea todo cuerpo alienado, y por lo tanto, acabamos hablando de lo mismo. ¡Muestra tu cuerpo y tu mente, porque tu mente es tu cuerpo! Supongo que esto habrá sido plagiado tantas veces por su universalidad que no debo sentirme responsable de mi falta de originalidad. Miedo a lo inestable, a eso vamos a estar siempre condenados; pero luchar con la madurez será nuestro escudo, y lo aprendido, aunque no sirva para bregar la individualidad de cada cuerpo tembloroso que habita este lugar, si te llenará de apariencia. He tardado en aprenderlo, pero el mostrar valentía sin ser un héroe, tan solo con quietud en tus apariencias, es lo que nos salvará de lo terrenal. Luego, que cada uno piense en cielos, reencarnaciones o harenes. Somos libres de pensar, y cada cosa será correcta, nada será cuestionado. Todo desembocará en lo mismo, en la abstracción pura, señal de perfección, final en el camino, meta alcanzada.
15 – 9 - 2008

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