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TRAICIÓN DE TRADICIONES

>> jueves, 18 de septiembre de 2008

El otro día encaminaba yo mis pasos hacia casa tras un día ya agotado (que no agotador, aunque, lo confiese, ninguno de los dos podíamos ya dar más de sí) cuando, tuve que detenerme ante un escaparate. Lo que me interesaba era un anuncio plastificado de la cosa en sí, no directamente esta: en él aparecía “plácido” Domingo en una pose elegante de sordera. Con su mano en la oreja y su mirada perdida anunciaba que por culpa de “este defecto” uno podía perderse la maravilla de la música (su música, comprendo). El carismático tenor, a mi juicio (y si esto no es así, que me lleven a juicio) da infinidad de palos, pero con una vara del todo sin pulir. En su papel de director, por ejemplo, se casa con la partitura y engaña a los músicos. Si por lo menos la imagen hubiera sido de Buñuel “se le habría traicionado” pero él a sí mismo no. Domingo no tiene tiempo para estudiar a fondo partituras, pero sí para hacer anuncios y giras con los que se llamaban “tres tenores” (mas Levine o Mehta, dependiendo del día de la batuta). Es un bonito comienzo para hablar de inocentes traiciones. Seguiré con el ya tocado Buñuel: el “don Lope” de Tristona reniega del clero, más, viendo su vida concluir, se muestra encantado de rodearse de ellos (más que nunca cuando son ellos los que le hacen la cama para después poder él acostarse con su cojo amor).
Ahora hablaremos de la ofensa de la gramática: no sé a quién escuché la molestia que le producía, siendo ella mujer, oír la palabra “señorita” refiriéndose a “no casada, libre para solteros”. Pues bien, en su galantería (o cursilería feminista de la época, supongo entonces que demasiado avanzada) encontré la placa donde originariamente se encontraba la “Casa de Señoritas” fundada por María Zambrano para acoger a mujeres dispuestas a cambiar el mundo haciendo evolucionar su género.
Más cosas: un amigo terminó convenciéndome para no ir a ver “La conjura de El Escorial”, una película histórica española sobre el sabroso trío Felipedos- princesa de Éboli-Antonio Pérez. Durante el rodaje de las escenas en el claustro, yo me encontraba con unos amigos en lo que podíamos considerar “pinacoteca” y nos vimos secuestrados en un tiempo que resultó asfixiante en su situación (no digo en su duración que pudo eternizarse mentalmente ante la espera). Les faltó rodearnos en un círculo de tiza para que de él no saliésemos y molestáramos con nuestras pisadas. Pues bien, este amigo mío tuvo el acierto de emplear el siguiente comentario de modo definitivo: “Me acerqué, como las moscas a la miel, al estreno de esta película, pero luego me di cuenta de que lo que me atraía no era miel sino mierda”. Tenía toda la razón: ¡Conocemos nuestra Historia mejor que ninguno y tenemos los escenarios necesarios, y, sin embargo, inventamos un folletín, y, si podemos, criticamos nuestro propio pasado tachándolo de retrógrado por ser “pasado” (incurrimos en este grave error llevándolo al presente incluso).
En un museo, puede darse perfectamente la siguiente escena (que podría utilizar para una obra de teatro, ya veremos…): un visitante se acerca a un aparador que contiene una cantidad de cuadros en miniatura para poderlos ver con mayor precisión. El vigilante se le acerca y le dice que no puede hacer eso, que aquello es un museo. “Pero si no, no puedo ver lo que hay ahí”. Entonces le contesta que quién le pide que tenga que verlo…
Pues bien, creo que personas fieles a sí mismas hay pocas demostrables: una de ellas es el compositor argentino Horacio Salgán, quien no ha dejado en su repertorio compositivo ninguna pieza por interpretar, ya que considera de “mala educación dejarle el problema a otro”. De esto se dio cuenta Stravinsky, y tuvo tiempo de rectificar su “Consagración de la primavera” al verla compleja para su propia dirección cuando en su mano tenía la obligación de la batuta. Yo, particularmente, hablando de museos, he estado en el de Sorolla, y he recordado con sus pinceladas el estilo que quise reflejar cuando me encontraba de prácticas un día en una alberca de Guadalajara. La compañera de clase que ahora ejercía de profesora, me reprendía por aplicar esa técnica en un lienzo blanco, sin meter un fondo de color ni dar formas generales. Aún sigo siendo así de cabezota un año más tarde, y nunca pintaré un cuadro abocetándolo desde el principio. El horror al blanco es ya un reto, y con mi pincel trato de erradicarlo aunque siempre quedan fragmentos por los que, con el miedo a estropear parte de lo hecho cruzando ese umbral, no los finalizo eliminando lo que, podríamos llamar en lugar de blanco, color tela perfectamente. En el margen literario, últimamente me propongo escribir grandes piezas en extensión, y finalizo en mi afán de esquematización, por concluir un trabajo que casi nunca llega a las veinte. Prefiero dejarlo así que adornarlo con volutas barrocas. No señores, en esto no me cogerán porque siempre seré el mismo.

19 – 9 – 2008

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