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EL BAILE DE LA GALLINA

>> viernes, 12 de diciembre de 2008

Tomamos una serie de elementos que pueda haber en cualquier caso y en cualquier casa:

- Una manivela para subir (o bajar, depende del caso) persianas.
- Un tubo de cartón de papel higiénico
- Una caja (de cartón o de contrachapado de madera)
- Un trípode (de caballete de pintura, por ejemplo)

Con todo esto fabricamos una cámara de cine casera:

En la caja se realizarán tres agujeros circulares. Dos de ellos la atravesarán de lado a lado. Por uno, quien use la cámara mirará a través de él para llegar hasta el otro lado, donde se habrá hecho el segundo agujero que nos conducirá al exterior. En este, se colocará el tubo de cartón que nos servirá de objetivo (pero no será nada objetivo a la hora de presentarnos la realidad. Aquí, siento disentir con Bazin). El tercer agujero será lateral y de menor tamaño para colocar la manivela, la cual haremos girar para que la cámara comience a filmar.
Sobre el trípode se colocará la caja-cámara para que esta no se mueva a la hora de captar los planos.
Si hace falta, podemos pintar la caja-cámara en negro para que quede más lucida (que no lúcida). Para unir los elementos nos puede servir una cola de pegamento cualquiera e incluso cinta de embalar

El artista-artesano que obre el milagro debe convertirse ipso facto en cameraman. Si el experimento sale correctamente, lo que debe de ver a través de su ojo mecánico es una estación de tren. De ella, saldrá un jovencito vestido con sombrero y gabardina portando una maleta. Lo único que nos interesa conocer de su historia es que viene de estudiar en el extranjero. La cámara le seguirá dirigiéndose a tomar un tranvía. Nos encontramos a principios del siglo XX. El tranvía le deja en un barrio de clase acomodada. El hombrecito baja y camina unas manzanas hasta llegar a una especie de palacete pintoresco con jardín. Atravesará la cancela, cruzará un pasillo empedrado y subirá los tres escalones que conducen a la puerta. Llamará al timbre. La puerta se abrirá y, tras ella, aparecerá la madre con rostro abatido. Exagerará su estado de ánimo volviéndose melodramática y preocupando al hijo, que le preguntará qué le ocurre. Ella le dirá entre sollozos y ocultándose el rostro que se trata de su padre. El hijo, asustado, subirá las escaleras que conducen al segundo piso, donde se encuentra el despacho paterno. Llamará pero no obtendrá respuesta. Se escuchan ruidos al otro lado. El hijo decidirá entonces entrar para averiguar qué sucede en la habitación. En ella, se encuentra su padre comportándose de manera extraña. El hijo no tarda en comprender que su padre se cree gallina. Camina medio agachado, con los brazos pegados a los costados moviendo su cabeza de atrás a adelante mientras emite sonidos aviares. La situación resulta cómica y el hijo se siente extraño al sentir a la vez ganas de llorar y de reír. Hay alpiste desperdigado por todas partes en el suelo. El padre luce la misma barba negra, los mismos anteojos y la misma chaqueta, corbata, chaleco y pantalones rojos que la última vez que su hijo le vio hace un año, cuando este partió rumbo a Alemania para estudiar.
El hijo no entiende por qué hay una persona dentro del despacho, sentado en la mesa, grabando la escena en una cámara que en realidad es una caja de cartón de color negro.



"El baile de la gallina" de Conrado del Campo

3 comentarios:

Pelagia 29 de noviembre de 2011, 11:49  

Estupendo! Me ha encantado. Me parece increíble tu forma de arrancarle lo mágico a lo cotidiano. Eso que, al menos a mí, siempre se me olvida...

Gracias! Me has alegrado la noche!

nosoydali 29 de noviembre de 2011, 11:50  

¡Gracias a ti por tus comentarios siempre maravillosos!

Javramser 29 de noviembre de 2011, 16:10  

Coincido con H. ¡¡Es estupendo!!

Pero para no quedarme sólo en esto...
revisa los tiempos verbales (futuros-presentes) hay alguna cosa que me ha sonado rara...

¡Es magnífico!

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