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LA ENREDADERA

>> martes, 30 de diciembre de 2008

CUENTO Nº 2
“Mi vecino del quinto, el señor Goddfried, vino un domingo de su expedición por el monte con su vieja camioneta, haciendo ruido como siempre a primera hora de la mañana. Se levantaba muy temprano para aprovechar las primeras horas de sol. El tubo de escape había ido a peor desde que otro vecino, hasta el gorro, quiso acabar con ese viejo trasto taponando aquella válvula de escape con una piedra. Pero solo consiguió que hiciera más ruido sin que el motor reventase. Algo llevaba pesado, pues el peso lo acusaba el trasto con un ruido todavía más desagradable. En pijama, me asomé a la ventana y lo vi.: Era algo inmenso, como un promontorio cubierto por la lona que hacía las veces de techo al transporte. Bajé en cuanto pude ponerme más decente y pregunté al señor Goddfried sobre su adquisición: “Siempre quise tener un monte en casa, la naturaleza al lado del sillón.” ¡Se había adueñado de un trozo de montaña! Trabajo le costó subirla, pero, al final, llegó a su puerta. Tuvo que realizar un butrón para agrandar el marco de esta, pero ni por esas entró. Finalmente lo dejó en el final de las escaleras, frente a su piso, ya que hasta allí solo subía él. Todas las semanas utilizaba parte de mi tiempo para subir y quedarme sentado en el último peldaño para observar cómo aquel microcosmos evolucionaba. Pasó cosa de un año, y la casa comenzó a convertirse en Naturaleza. Las paredes del edificio se cubrieron de enredaderas. Sí, enredaderas. La cosa fue a mayores cuando aquellas plantas comenzaron a entrar por los vanos y apoderarse de las respectivas habitaciones que conformaban la estructura. Sin embargo, no había huella de insectos ni lombrices o gusanos. Tan solo un pequeño detalle: un señor que decía ser un gnomo y que esta mi casa le pertenecía porque allí había aparecido. “No, usted no puede hacer eso, yo estoy pagando esta casa”. Era un maldito gnomo, con la misma cara ridícula que como se los ilustra en los cuentos, bajito, rechoncho, con un traje de colores chillones y barba de años de cultivo. Pero, a diferencia de la idea que los narradores tienen de ellos, este tenía el ego subidito y con él la mala leche. Decidí hablar con el señor Goddfried y él, asustado porque acabara fumigando su monte una noche de descuido e insomnio, decidió colaborar conmigo. Entre los dos le amordazamos y vendamos los ojos. En su camioneta lo condujimos a un lugar apartado, en las afueras, donde no supiese volver y tuviera que resignarse a aquel nuevo hogar. A la vuelta estaba la señora gnoma a la entrada, vestida como de portera, y no nos dejaba pasar. Decía que quería a su marido, de modo que hicimos la misma operación con ella y volvimos a casa ya más tranquilos, sin ningún familiar impertinente. “De todas formas, debemos ver si nos encontramos exentos de nuevas sorpresas. Examinemos el monte”. Allí estábamos, intentando desalojar una urbanización cueva por cueva. Demasiado tarde. Las raíces se habían apoderado de la estructura y apenas ya se veía atisbo de mano de obra humana. Las puertas se condenaron y cubrieron de un verde pistacho acorde al color Titán y el tejado era ya un invernadero de setas y hongos. Sin poder salir de este hábitat lo hicimos nuestro y aprendimos a vivir vegetarianamente. No sé si la humanidad será ahora perfecta o habrá sido exterminada, pero a mí que no me falte mi humedad y mi poquita luz de diario.”

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