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LA ESTATUA INCONFORMISTA

>> martes, 30 de diciembre de 2008

“Hace un par de semanas papá trajo a casa una escultura que imitaba a un sátiro pompeyano bastante conseguido. Parecía lustrado con excrementos para conseguir un efecto todavía más añejo que el que le permitía el material, y parecía pedir a gritos estar en el jardín, junto a aquellos enanos siniestros que parecía que un día de estos nos desvalijarían la casa con sus picos y sus palas. A mí me hacía mucha gracia aquel personaje que parecía guarecerse del sol entre aquellos arbolitos todavía adolescentes que llegaron conmigo a la vida. Yo me llamo Leonor y uno, de hecho, llevaba el nombre de Leo y el otro de Nor. Sin embargo, el gesto que llevaba esculpido parecía haber sido hecho por el artesano un día lluvioso en el que no pudo salir a ver cómo presumían las calles de lustre, pues parecía así como renegado a tocar su flauta de pan. Mamá decía que era un fauno, uno de esos cochinos que nada más levantarse de la siesta se ponen a espiar a muchachas bañándose sin ropa en algún lago. “Una historia mitológica hablaba de una joven diosa que condenó a un hombre por descubrirla desnuda de manera fortuita… Lástima que tu padre no la conociese, así se hubiese evitado el ir a buscarme a los probadores sin contar con que yo no era la que estaba en esa habitación cuando él abrió la puerta”.
Por las noches, en el porche, nunca me cansaba de observar aquella figura que, vuelta de espaldas y en la soledad del jardín, parecía tramar algo, esperar un momento en que dejásemos de verle de espaldas o de cara. Mis presagios no eran infundados. A la semana siguiente, el jardín había perdido su gracia habitual: Con la llegada del otoño las hojas se habían arrugado sobre sí mismas como papel quemado y los habitantes que la poblaban desaparecieron, desde los pájaros hasta el fauno. Los enanos, al llevar más de veinte años en tierra de nadie, se habían acostumbrado a las excentricidades del tiempo que somete a los humanos que caprichosamente compran enanos.
¿Dónde estaría el fauno? Subiendo una de las escaleras que daban al segundo piso, me lo encontré sonriendo en el descansillo, al término de las mismas. Me asustó lo inesperado de su sonrisa, tan blanca, al igual que los ojos, que parecían brotar de repente de la figura. Bajé a preguntar a mi madre y nada sabía. Lo mismo hice con mi padre, por separado los dos. Claro, atribuyeron la idea el uno al otro. A las tres semanas fue mi madre la que me preguntó a mí el porqué del nuevo cambio a la cocina. ¡El lugar menos indicado! Cansado ya de juegos absurdos, traté de levantarlo y un gruñido salió de la habitación. Resultaba curioso que pareciese por un momento que sus pelos se habían movido, esos cabellos ensortijados tan toscamente. No podía levantarlo, su peso parecía exceder al de la escayola y al de la piedra. Pensé entonces que lo mejor sería ir a por algo que pudiese desplazarlo. Al darme la vuelta y pasar la puerta de la cocina, noté un sonido nuevo. Era como si alguien ya la estuviese arrastrando. Me giré y nadie había pero la figura se encontraba pegada a mí. Por unos momentos quedé paralizada pero después pensé que, si quería llevarla hasta el jardín, debía de seguirla el juego. Y así fue. Cuando me disponía a mirar si me seguía ya en el jardín, noté un portazo. La figura se había quedado dentro, en el hall, y yo fuera como una estúpida. Mi madre se asomó por la ventana de su habitación en el piso de arriba. “¿Qué haces ahí abajo, con el tiempo que hace?”. “No puedo subir, la estatua no me deja”. “Pero ¿qué estás diciendo inconsciente? ¡Hice bien en quitarte los cuentos de Poe de tu habitación cuando tenías la altura suficiente como para llegar a su estante!” cerró la ventana y, por un momento sentí que mi madre creía más al sátiro, o fauno, o lo que fuera, antes que a mí. Llena de indignación y sola, completamente sola, rompí el cristal de la puerta de un cabezazo. Comencé a sangrar pero, sin detenerme en mis heridas, cogí la pala del jardín que había junto al paragüero y destrocé aquella pieza con toda mi saña. Mi padre bajó enseguida de la biblioteca y, al ver tamaño destrocé y sin preguntarme qué me había llevado hasta ello, me castigó sin paga hasta que pudo tener suficiente dinero para comprar otra estatua. Era un soldado francés que apuntaba con un trabuco. Ahora sí que temía por mi vida.”

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