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SU NOMBRE ERA LEAN

>> martes, 9 de diciembre de 2008

Su nombre era Lean Martin y trabajaba de toca cerebros.
Fue uno de los mejores ayudantes en esa oficina “toca-cerebrista” por lo que el jefe le ascendió en cargo y lo más importante, le aumentó el sueldo.
El día tenía que llegar y acabó casándose con su mujer, doña Margarita Nepomucena. A ella le gustaba llevar abrigos calentitos en verano: antes, lucía uno de castor que tuvo que quitarse porque se clavaba los dientes del animal en el cuello. Ahora, lleva uno de zorra.
Tuvieron un hijo que salió rarito: comenzó vendiendo revistas rancias a mujeres no menos rancias y ahora es congresista de papel cuché. Cuando llega por la noche después de haber cumplido con la tarea, levanta siempre la mirada ya en el salón, contempla a sus padres, y solo puede volver a bajarla.
El perro siente vergüenza de sí mismo (cosa rara y nueva en el mundo de los canes) y baja con las llaves en la boca para poder hacer sus necesidades a gusto y con tiempo. La zorra que llevaba la madre mudó en destornillador y gracias a eso pudieron rehabilitar la casa que se caía en pedazos. En unos segundos se puso a girar y pasó lista a los tornillos, en fila, como a la antigua usanza se recreaban estos metales.
El padre trajo al despacho un cerebro cien por cien intelectual que, una vez depositado en un cuerpo sin inteligencia, se hizo con el poder de la empresa y despidió hasta a su propio creador. Ahora, si quieres ver a Lean, lo encontrarás dentro de alguno de los armarios recién arreglados de su casa.
Pronto el hijo encontró nuevos cartones bajo los que guarecerse de la fría calle y un día, sin avisar ni nada, desapareció de casa. Todavía podemos oler, si vamos y llamamos al timbre con educación, las ricas fragancias de cada uno de sus cabellos recién perfumados. Él ya no está, claro, pero es como si no se hubiese ido.
Ayer me caí de la cama confuso, a media noche, con las ventanas abiertas a dieciocho de diciembre. Me levanté del suelo de madera bruñida y volví a recostar mi cabeza en uno de esos odiosos almohadones. Cuando volví a quedar dormido, entró Pájaro Lindo por la ventana y, elegantemente, se posó sobre el escritorio mirando por el orificio que daba a la calle, comúnmente denominado “ventana”. Empezó a escupir sus plumas viejas y, cuando quedó desnudo color rosáceo, metió en su pico todas mis posesiones y marchó a Galicia. Yo ya desperté con una luz inconmensurable, y al ver mi estudio vacío solo pude reír y echarme a llorar. “No será la primera vez”- ya me había advertido el brujo ese, y yo, cabezota de mí, hice como que no oía. “Quítate la cera de tus orejas imaginarias y escúchame, niño desvestido”- insistió, pero yo ya me había puesto los pantalones. Supe que yo ya no existía, que la desmemoria había acabado conmigo antes de que me despertara por segunda vez. Yo era Lean, pero, al parecer, había olvidado revisar mi propio cerebro (cosa normal, pues un dentista nunca se cambia a él mismo los dientes) y ahora ni siquiera era consciente de que estaba viviendo en mi casa. Traté de salir de ella porque tenía miedo en ese entorno tan hostil. Evidentemente, había olvidado lo que eran unas llaves y que los pomos se giraban. Por tanto, solo sabía darme contra las paredes. Cuando, tres horas después, llegó una persona a casa que dijo ser mi mujer, yo me lloré y luego me eché a reír. No me reconocía en mi aspecto actual, debía de estar muy cambiado. “Los pelos se te han puesto blancos”. Esto debía deberse a los cabezazos que me había dado contra las paredes para tratar de escapar de aquella realidad virtual. Solo recordaba dos palabras: “Pluma” y “escanciar”. Traté de unirlas: “Pluma escanciada”. Aquella persona negó con la cabeza y no pude acertar con lo que ella quería oír porque no se me ocurrían más combinaciones. “Lean, eres impredecible”. Yo volví a sonreír y luego lloré. ¿Es que solo sabía también hacer dos cosas?
Luego, la empujé para tratar de salir de allí. ¡Me interrumpía el paso! Quería saber una cosa más antes de dejarme volar libre: “¿Dónde están todas las cosas?” Yo esto si que lo sabía: “Se las llevó Pájaro Lindo”. ¡Bravo, ya tenía dos palabras más en mi memoria! “¡Tú si que eres un pájaro, y de cuidado! ¡Esos son cuentos de vieja!” Recordé, entonces, un cuento que me leía mi abuela materna al calor de los hielos… (¡Quemaban de tenerlos tan pegados!) Así se llamaba: “Pájaro Lindo o La Urraca Ladrona”. Acordándome de la abuela, me vino a la cabeza que yo tenía un hijo. Sin embargo, no recordaba nada de una mujer. ¿Podría haber tenido yo un hijo sin necesidad de una mujer? Podría ser… “¡Quiero salir, completa desconocida para mi!” le dije a aquella persona que decía ser mi mujer. “No, antes quiero mis cosas”. Parecía un niño pequeño caprichoso. “Esto es imposible, escapó por ahí” pensaba mientras le señalaba aquel orificio que los que poseen todavía memoria llaman “ventana”. Como esto no le convencía, me subí a la ventana y traté de buscar al pájaro volando. Olvidé que los hombres no saben volar y tuve un aterrizaje forzoso.

Javier Mateo - de la Escritura automática y los sueños - publicado por editorial inexistente 13 de Diciembre del 2006 – Madrid. El texto original, sin retocar, corresponde al año 2000. No se conserva.

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