Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

PSICOLOGÍA ESCOLAR

>> martes, 16 de diciembre de 2008

El alumno entró en la clase.
El profesor se sintió desarmado.
Había entrado su pupilo predilecto, aquel por el que él daba clase. Necesitaba saber qué pensaba, desde su pupitre, mientras él hablaba desde su estrado. Sólo él le podría decir si daba bien la lección, si ejercía como profesor ejemplar. Era un alumno brillante y él lo sabía. Su falsa humildad de estudiante de diecinueve años escondía una arrogancia vibrante. ¿Qué sentía el maestro? Envidia y, a la vez, admiración. Cuando la clase dio a su fin con el sonido de la campana en el pasillo, el profesor bajó a toda prisa sin importarle la imagen que podría dar al resto de sus alumnos. A él solo le importaba uno de ellos. Podríamos decir que lo “asedió”, antes de que este pudiera escapar. En los ojos del profesor ardían ascuas. Sudaba todo él debido a los nervios producidos por la incertidumbre. Avasallando, preguntó al jovencito sin dilación:

- ¿Qué te ha parecido la lección de Historia de hoy?

El alumno se sopló el flequillo que le cubría los ojos y dijo con total seguridad:

- Estuvo bien. He aprendido mucho hoy, de veras.

El profesor se sintió molesto. Esperaba otra respuesta.

- Nos conocemos desde hace dos años. Sé de sobra que todo lo que he dicho hoy tú ya lo sabías. No me engañes…

El alumno, por toda respuesta, comenzó a reírse a mandíbula batiente. Sus compañeros, que no podían salir porque tanto él como el profesor estaban obstruyendo la puerta de la clase, habían hecho pequeños grupos y les observaban. Entonces, solo entonces, el profesor sintió la sensación de ridículo.

- ¿Qué miráis, bestias pardas?

Estaba fuera de sí. Mientras dirigía estas agradables palabras a la concurrencia, su alumno había aprovechado para escapar. Sin pensarlo dos veces, el profesor salió tras él. Ahora eran sus compañeros profesores los que le estaban viendo recorrer los pasillos como vaca sin cencerro. ¡Le había dado esquinazo! Habría que esperar al día siguiente, aunque quizá no aparecería por clase. ¡Ese chico era capaz de todo! Cuando iba a darse la vuelta, escuchó una voz tras él:

- ¿Me buscaba?

Ahí estaba. El profesor entonces le miró con ojos de cordero degollado. Necesitaba una respuesta sincera. No podía aguantar una tomadura de pelo más por parte de él.

- Por favor, es importante. Necesito tu opinión.

El alumno estaba ahora serio. No había lugar para la risa en su boca perfecta.

- Así que es eso… ¿Quiere conocer mi opinión? Mi opinión es que lo ha hecho usted muy bien. Como alumno no puedo decir nada más… tampoco, por otra parte, se me ocurre nada más. Le estoy diciendo la verdad. Y ahora ¿me deja marcharme?

¿Por qué le trataba de usted? ¡Él hacía todo lo posible para tutearle y no había forma de hablar en igualdad de condiciones!

Al fin y al cabo, el alumno no le engañaba. No había nada detrás de tipo complejo en su forma de ser. Él era así y punto. La culpa era del profesor por subestimarle. Quizá fuera complejo de inferioridad.
Cuando el alumno había alcanzado el final del pasillo, el profesor gritó un punto final lamentable:

- ¡Que sepas que, aunque solo llevemos dos meses de curso, voy a ponerte matrícula de honor en el expediente!

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP