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CUENTO Nº 3: EL TRAPERO

>> viernes, 2 de enero de 2009

En el matrimonio uno no debe de pasarse con las peleas. Hay que dejar tiempo de reconstrucción para comprar nuevas vajillas y no acabar comiendo spaguettis en vasos. El lanzamiento de disco importuna hasta en las familias segovianas finas que no necesitan un cochinillo para continuar la tradición de destrucción. ¿Y quién recogía los platos rotos? Peculio, el trapero, se ofrecía con ánimo de lucro posterior, a llevarse lo que aparentemente resultaba inútil. Todos esos añicos los pegaba de mil maneras diferentes y formaba bellos objetos que nunca más podrían recoger líquido alguno, puesto que encajaban tan rudimentariamente unas piezas con otras que siempre quedaban orificios o grandes grietas entre ellas. Viendo que las vitrinas de las gentes con ánimo artístico se encontraban ya ocupadas con elementos inútiles aunque muy bellos, tuvo una visión que pensó le salvaría de la miseria del paro laboral. Claro que, para esto, debía de ser un poco menos educado y no pedir permiso para su aparición en los lugares en cuestión. Pensó en las agujas de los tocadiscos, hechas de diamante. Pensó entonces que, si las recolectaba, se haría inmensamente rico. Por ello, se dedicó a entrar en las casas ofreciendo un conversor de pelusas y, mientras los clientes se afanaban por buscar aquí o allá bolitas de polvo para observar esa metamorfosis tan colosal, él cogía las agujas de los aparatos que, generalmente se encontraban en la salita y desaparecía dejando un pelapatatas como supuesto mercanchifle sobre una butaca, un sillón, una silla o un aparador, según. Diéronse cuenta los vecinos que, si la plaga continuaba, podría extinguirse tan bonita práctica, y decidieron atrapar al sujeto con las manos en la masa en la casa particular para recuperar el alijo. Así sucedió, tal como aquí lo narro. Finalmente, le impusieron un castigo muy particular: cantar en salas de fiestas, cabarets, pubs y hostelerías solo canciones que se hubiesen publicado en discos de vinilo, como escarmiento, teniendo que hacer hasta los ruidos que los surcos provocaban en el defecto de tan rudimentario invento.

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