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Cuento Nº 5: La venganza

>> miércoles, 21 de enero de 2009

El señor Timothy se encontraba con los ojos totalmente abiertos, a punto de salir de sus órbitas, debido al excesivo esfuerzo al que se veía comprimido sus cuerpo en ataduras de torso con brazos y piernas. El cordel rodeaba toda una silla en la que se mantenía en una postura eterna de hombre sentado sin mesa delante.
El goteo incesante de las tuberías que cubrían grotescamente las paredes y techo de la habitación era lo único que podía separarle de su socio Mackauly, al que se encontraba enfrentado como nunca hasta ahora había estado. Una situación desagradable, desde luego. ¿Por qué la mordaza?
- Querido Timothy… Al fin alguien ha escuchado mis súplicas y he conseguido tenerte aquí, ante mí, sin posibilidad para otra cosa, dedicado a mi monólogo, a mi confesión… No tenía otra manera y tuve que emplear la fuerza. Reconozco que no he tenido mucha paciencia en nuestro negocio, que tú has sufrido lo indecible y que has tenido que cobrarte tu paciencia por otros medios. Ahora, me parece muy mal que mi mujer fuese el plato fuerte… ¿Qué hacías con ella, infeliz? ¿Acaso no te conté infinidad de veces la cantidad de torturas a las que me veía sometido por ella diariamente? No, traté de alejarte de su influencia, como buen amigo, tan solo unas palabras cordiales de manera profesional cuando subíamos al despacho de mi casa a cuadrar unos números… Pero hasta en eso ha fallado en la vida. Aún así, y como puedes comprobar, nunca es tarde para conseguir un tanto, una pequeña gran victoria.
El cuerpo permanecía obedientemente inmóvil. La chaqueta almidonada le daba más sensación de muñeco todavía.
- Timothy, Timothy… Te las veías todas contigo, creías que callando las cosas podían morir por su propio olvido que a veces pesa como losa sepulcral… ¡venga, es tu oportunidad, di algo! Ah sí, lo olvidaba, una mordaza que ahora más que nunca resulta inútil, no cumple con su cometido, no debería habértela puesto. ¿Crees que podrás hablar? Vamos a ver…
Se acercó y con las manos en su nuca consiguió deshacer el nudo. Entonces pudo verse una mueca desencajada.
- ¿Así mejor? ¡Vaya gesto bobalicón! Antes cuidabas más las formas… ¿Verdad que ya no hay nada que ocultar, que ahora te muestras como lo que siempre has sido? ¡Adelante!
Silencio. Un reguero de sangre caía manchando el cordel de las manos.
- No debía apretar tanto los nudos. Todo ahora parece tan absurdo, tan inútil… Te lo dije, creí que éramos amigos, que podías decirme todo cuanto quisieras, reprenderme por mi conducta. ¿Y ahora qué?
Ahora nada. Timothy había sido asesinado.

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