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EL ORGANISTA ATEO

>> viernes, 16 de enero de 2009

(MÚSICA EN LA OSCURIDAD. INGMAR BERGMAN. 1948)

Después de haber visto El Séptimo Sello y El Manantial de la doncella, uno pensaba que los finales del señor Bergman eran de una belleza un tanto sospechosa, tanto a que se hacían felices a un público que no terminaba de sentirse complacido ante una resolución de historia de “milagro negativo”. La muerte danzando en silueta con aquellos que deberían de sentirse humillados ante tal acción y, que sin embargo, se nos muestran de esta guisa en las estampas medievales (para temor del pueblo, ya que los paganos debían de sentirse felices en tal compañía) o aquel manantial que brota de la huella de un cadáver de alta cuna y virginidad demostrada, una virginidad que no pudo escapar de su terrible destino, eran al fin y al cabo dos momentos estremecedores para el final exigente de toda película que se precie. Ahora, observando una película limpia en toda su historia aunque con una verdad existencial como fondo sueco, uno vuelve a tener fe en la fe de los hombres que filosofan y quieren abrir ojos. El protagonista los mantiene así durante todo el metraje pero sin poder darles uso. Bergman construye una película donde se ensalza la dignidad de una persona inválida, se le iguala ante otros, parece que la barrera que le separa de los que ven se estrecha hasta donde es posible en la realidad. Es, una persona, al fin y al cabo, que se vale por sí misma y se enfrenta a personas indignas a todo ser humano. Para él no existen dificultades, todas las esquiva. Es, como digo, admirable. Y la música como manera de contacto… teclas para un órgano, un piano, una máquina de escribir… La chica que de él se enamora y que un carajo le importan los estatus sociales (siendo ella la que trabaja en la casa de él como sirvienta), consigue escribir en braille sin saber ni ella cómo llegó a hacerlo, un sentimiento de gratitud hacia él (y él siente que ella ha conseguido adaptarse a su situación). Él no cree en Dios (resulta típico en aquellos que no comprenden cómo pueden sucederles ciertas fatalidades habiendo un ser superior que vela por nosotros) ya que por una buena acción ha sido condenado a lo que ni siquiera es oscuridad… Pero como bien se dice en la cinta, tanto luz como oscuridad son palabras sin sentido. Maravillosa cinta de un primer Bergman que apuesta por un cine personal que consiga conmover al público a quien se dirige.

Sésil Démil 16 – 1 - 09

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