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GALVANES Y MALDONADOS (CÓMICOS, NO TITIRITEROS)

>> domingo, 11 de enero de 2009

Hay sin duda en la película de Fernán Gómez dos protagonistas esenciales, más que el propio director y actor: José Sacristán y Juan Diego, a pesar de que el primero sea un nefasto actor (para mi gusto) que no supo encajar el nuevo rol asignado después de las películas de Alfredo Landa. Galván sueña con un futuro mejor y, cuando solo la primera parte de este ha llegado (es decir, el futuro y no el mejor) sueña entonces con un pasado que no pudo ser debido a una carrera incomprendida debido a su anonimato. De pueblo a pueblo y tiro porque no me han pagado por la función… ¡Señores, dejen de jugar a las cartas, dejen los corrillos entre “chatos” que hemos llegado! Su vida dejará de ser tan monótona por espacio de una hora y podrán conocer autores como Lope de Vega, los Quintero o Víctor Ruiz Iriarte… Porque la Cultura, al fin y al cabo, es un derecho de todos… Porque García Lorca tuvo una gran idea con “La Carreta”. En fín, que el cine nos destroza, nos aniquila, nos hace moderar nuestros gestos y nuestra voz, que debe verse y oírse hasta en el gallinero ¡que también han pagado por la función! Aquí, en la taberna, no tendrán problema de columnas que se antojan delante de butacas… Siempre podrán correr la banqueta… Cómicos, generaciones de apellidos ilustres corren por cada uno de los profesionales que recorren la península en busca de aplausos por reconocimiento. Cómicos y no titiriteros que, a sueldo de la política, viven más calientes que por los derechos de autor de cada uno de sus trabajos. Derechos de autor directos, eso sí, y no por inscripción en sede alguna donde cada vez que en una boda se cante por borrachera el himno de Asturias haya que soltar un fajo. La película de Fernán Gómez nos acerca una dimensión desconocida en su persona: la de la dramaturgia. Pero, ya que la gente no se molesta a leer libretos tan espléndidos como “Las bicicletas son para el verano”, hay que echar mano de Jaime Chavarri para que la gente se encuentre, entre Rocky nosecuantos y tetas y culos alguna cinta que no les incomode para hacer la digestión (algo así como cuando e pone a Schönberg entre Mozart y Wagner para que la gente no salga de la sala horrorizada). Aún así, me resultó un poco pobre en cuanto a estética, a despliegue de medios, a esplendor cinematográfico. Tampoco creo que hiciera faltar para narrar una historia tan sencilla y austera como la que les tocó vivir a las compañías teatrales en aquellos años de posguerra. Pero ¿se han dado cuenta ustedes, ahora que hablo de Fernán Gómez, que la gente se afinca tan solo en una faceta de un artista, la que se supone que mejor se le da? Veamos: los artículos de Wagner, las óperas de Hoffmann, la música de Boris Vian, la obra pictórica de Goethe y Victor Hugo… En fin, curiosa paradoja. E incluso, hay quien tropieza en el campo en el que el público le da confianza (véase el intento de Ópera, “Luna”, de José María Cano, quien por cierto ahora gana más y vive mejor sacando a subasta en Londres los cuadros que pinta). ¡Dura la vida del artista! Dura y dura…

Sésil Démil

3 comentarios:

Anónimo 11 de enero de 2009, 17:43  

Hola, Javier, qué tal.
Pues a mí la historia de los cómicos narrada por Fernan Gómez me parece una de sus películas más sentidas y queridas seguramente, con unos actores que lo bordan. También es una reflexión sobre la memoria, el recordar. 'Hay que recordar' decía José Sacristán al principio de la peli, siendo ya viejo, cuando todas esas vivencias, gentes y fechas bailaban en su cabeza. Yo de esta peli, que ví cuando se estrenó, con 22 años, recuerdo varias cosas que quizá me marcaron: una el propio título (El viaje a ninguna parte), que me parece una metáfora muy lúcida sobre lo que es el vivir. Otra, el término zangolotino, que se ajustaba perfectamente a Gabino Diego, que lo que quería era ser administrativo, con acento gallego (yo también estuve muy perdido). Luego la escena antológica en la que Jose Mª Cafarell, director de cine, se acababa cagando en el padre de los Hermanos Lumière, porque el Galvan de los Galvanes, Fernan Gómez, no sabía actuar con contención, y aullaba las frases en vez de decirlas al ojo de la cámara y al oído del micrófono. También el ultimo momento en el que Sacristan, en su delirio amnésico, se ve dirigiéndose con pose de galan a una Marilyn esplendorosa en la película 'Niagara'. Quién no hubiese deseado estar allí.
Pocos homenajes como esta película a la profesión de actor, y su devenir del teatro al cine.
Muy interesante verla ahora, cuando se ha producido el camino de vuelta en la profesión, y todos los actores se embarcan en la representación de piezas teatrales de muy diversa condición, mientras las salas de cine entresemana están vacías (lo sé por experiencia y asiduidad), y muchas películas no duran más allá de dos semanas. (Patético a este respecto, el caso de la última película que estrenó hace dos meses Ventura Pons, de título 'Forasteros' estuvo en Madrid 1 semana en 1 cine, el Renoir de Pza Esp). Ni más ni menos.

putativus 12 de enero de 2009, 2:31  

Es curioso porque ahora se retorna al teatro y las salas de cine desaparecen. leyendo las memorias de Alfredo Landa, él habla de la compra por parte de los productores de "entradas" en los pases, para que parezca que ha ido más gente de la que va a las películas. Un compañero reconoce la misma situación ya que en breve estrenará una y también debe de hacer "determinadas cosas" para que su proyecto salga adelante. En resumidas cuentas: yo no sé si el teatro ahora renacerá (lo dudo, recuerdo lo del Albéniz) pero lo que sí sé es que cada vez la cultura interesa menos (hay un puesto en la Cuesta de Moyano donde los libros se venden al peso, tal como se compran, y es solo un ejemplo). La gente quiere facilidades, entre las que incluyo entretenimiento fácil. Ya no es lo mismo.

Anónimo 19 de agosto de 2010, 16:27  

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