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LA ESTATUA Y LA FUENTE

>> sábado, 24 de enero de 2009

Sucedió una noche. El claustro, protegido del calor del verano por la robustez de sus piedras y la elevación de la montaña en la que se asentaba, se encontraba en total quietud. Tan solo la inquietud de algunas almas, todavía resignadas a salir algún día de allí, parecía removerlo para los aquellos que, por su sensibilidad, podían detectarlo. Una de estos espíritus en pena se asomaba a una de las verjas que daban de los dormitorios al patio, todo él de aspecto jugoso, hidratado por el agua que, a saltos, se despedía desde su centro, en la fuente de granito. Este pequeño detalle de ornamentación recordaba casi, por sus dimensiones, a una alberca rodeada de huertos en sus flancos. Custodiando este pozo de vida, una estatua se erigía en forma casi redonda, guareciendo con su sombra de capa aquella parte ya totalmente oscura. Representaba esta cabeza escondida bajo abultada vestimenta a un personaje profano que había dado con sus huesos en este lugar religioso. Se decía que fueron los mismos frailes los que le auxiliaron, ya agónico, hasta el día de su muerte, siendo ellos quienes también le enterraron. Una figura anónima exaltada no se sabía muy bien por qué. En ella posaba sus ojos esta mujer en aquella noche, desde su aposento, esperando encontrar el sueño en la contemplación desinteresada de un lugar sin simbología. Al poco notó que aquella capa maciza mostraba unas piernas y que estas a su vez descubrían una cintura hasta entonces desconocida. Unos brazos, salidos no se sabe bien de dónde, realizaba aquella maniobra llevada a cabo por un hombre que, aunque de piedra, tenía derecho también a sentir calor en aquella noche de bochorno disimulada por un chorro de agua. Cuando la capa cayó, sonó toda ella como de tela y así el resto de prendas que también fueron cayendo en derredor. ¡Qué hermoso era, en verdad, aquel doncel! Completamente desnudo, mostrando sus propios cueros, se introdujo lentamente en la fuente hasta que quedó cubierto casi en totalidad. La cabeza, los brazos y las piernas, al no caber, quedaban fuera, asomadas a los balcones improvisados de los bordes del contenedor. Todo esto lo vio la novicia y todo esto calló al día siguiente. Aquel hombre había sido, en vida, de enorme belleza. La belleza de la creación. Un cuerpo marmóreo en verdad. Nada tenía de lo que arrepentirse de cuanto vio. Un cuerpo, al fin y al cabo, exento de toda impureza. Una piedra tan lisa, tan suave, que parecía reflejar la trasparencia de las demás capas. Una verdadera obra de arte a un hombre sin nombre. Casi hecho del mismo agua. Un refresco para aquella noche interminable. ¿Se habría quedado ya dormida?

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