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El baúl de Cortázar

>> sábado, 14 de febrero de 2009

Corren momentos de inestabilidad social. Los valores también tiemblan por su propia debilidad y quizás los niños quieren hacerse fuertes con una independencia que todavía no les corresponde. La lejanía del cariño familiar (quizás también por la incomprensión o falta de comunicación) les hace valerse por sí solos antes y todo se entremezcla generando duros momentos de crisis, de incertidumbre moral, de libertad de luego se paga cara…
- Han decidido sacar ahora a la luz un baúl con contenido inédito del señor Cortázar…
- Debe de salir tarde o temprano aquello que se considera importante para la humanidad…
- Y para los errores que coexisten entre los humanos por error de los dioses hay que hallar una solución… No se puede esconder un minotauro, siempre quedará como una chapuza, por muy profundos y zigzagueantes que sean los muros del laberinto donde se le encierre…
- Todo acaballa cayendo por su propia gravedad… la belleza de las manzanas tampoco se puede esconder, por ejemplo… Lástima que fuera Newton, un científico, el punto de mira de estas…
- Las reinetas son las más peligrosas…
- Hablando de gravedad… Conchita ¿sabéis quien digo? La del culógrafo y las tetisféricas… Estaba el otro día apoyada sobre el muro del rectorado de la facultad… ese vacío existencialista diseñado por el arquitecto no le iba nada mal…
- ¿Por qué no la dijiste nada?
- Temo que me suelte una de sus peroratas sobre Foucault o Deleuze…
- Ah, comprendo… Cualquiera puede concentrarse en el amor, en la confianza, con un transfondo teórico tan denso…
- El feminismo es que desde luego trastoca… Las mujeres pierden el encanto, como cuando los hombres se afeminan y renuncian a sus valores de macho…
- Es inevitable que esto salga a la luz, tenemos esa naturaleza, se nos ha concebido para atraer de cierta forma, de que todo funcione según las reglas del juego… No podemos desestabilizar las cosas por un problema de ética…
- Cierto, no podemos…
- Por ejemplo, no podemos confundir a un lector con alardes intelectuales… me tocaba un poco la moral que el gato de Rayuela se llamase Adorno… ¡Para empezar!
- Sí… Bueno, Cortázar escribió aquella novela para liberarse de un peso existencial… Si no, habría acabado remando a favor del Sena sin bote ni ganas de flotar…
- Por ejemplo, Javier, háblanos de Cortázar, es decir, de cómo concibes la vida siguiendo las pautas Cortazianas…
- Bueno, para empezar, celebro que me llaméis por Javier… Mis mejores amigos así lo hacen, solo existe para ellos un Javier o un Javi… En el colegio me llamaban por el apellido, y a mí me sonaba despectivo… Los profesores más serios anteponían el distintivo de señor, cosa que me empujaba a madurar antes de tiempo y se lo agradecía. Los apellidos ganan con su presentación ¿no creéis? Segundo, yo no conocí a Cortázar pero sí le he leído y espero que no me haya engañado con sus opiniones personales para engrandecer su figura. Le veo demasiado modesto como para forjar su nombre en vida. Todo gran genio prefiere destruir parte de su obra ante su autoexigencia y no es benévolo con cada golpe de inspiración… Yo hace tiempo que lo conservo todo, por ello no debéis de respetarme tanto. Cortázar ha creado una corriente existencialista dentro de la literatura hispanoamericana, eso es cierto… Conozco gente que valora mi estabilidad dentro de unos límites. Deberían confiar más en mí, lo que demuestra que no me conocen del todo los que niegan mi voto. Yo trato de no decepcionar, pero ¿cómo tener contento a todo el mundo? ¡Imposible! Uno no lo hace ya por influencia de qué pensarán, sino porque sus velas funcionan todavía bien y debería cortarles ciertas cuerdas de los mástiles… Quizás sea ese mi encanto. Una estabilidad que no crea en mí un personaje con cayo, aunque sí con personalidad. La gente agradece ese don de palabra tan efusivo que no duda en equivocarse en directo y mostrar las flaquezas sin ningún tipo de vergüenza. Ahora miráis esa noticia de Cortázar en el periódico. Me parece estupendo. Tan democrático soy con la gente como con las lecturas: me amoldo mejor que la silicona. Yo escribo para desahogarme interiormente sin tratar de fastidiar a nadie, siempre de manera indirecta y colocando a mis ficciones en situaciones tan increíbles que nunca puedan trascender al lector de manera negativa sino productiva… Eso es todo…
- ¡Menuda perorata, muchacho! ¡Eh, camarero, échele más mosto en el vaso a este señor para que siga creando esta ficción! Recuerda que tú no estás sentado con nosotros, que ni siquiera sabes quiénes somos… Quizás un puzzle con lo mejor de cada una de tus experiencia sociales…
- Celebro poder pedir en la ficción cosas que me gusten. Ahora quiero que vosotros no bebáis nada alcohólico por el momento…
- ¡Hombre, no fastidies! Déjanos aunque sea Baileys, que es lo único que se te resiste…
- Adoro ese dulce cremoso que te va emborrachando sin saber que no es un postre cualquiera. Ahora, como puedo hacer realidad lo que me plazca, quiero llevar esta charla a París…
- ¿A París? ¡Yo me resisto, ya he estado y lo conozco!
- ¿Has visto hasta la última casa, hasta la última buhardilla? ¡Me resisto a creerlo!
- ¡Perdonen, ejem! Estamos desviando la conversación…
- ¡Ah, pero…! ¿Cómo? ¿Yo quiero que se me interrumpa? ¡A hablar cuando yo te lo diga, personaje de mi invención!
- Bueno, para ser personajes tenemos que tener nombres y tú todavía no nos has bautizado…
- Sí, pues perdón… A ver, tú por supuesto eres Sadurní…
- ¿Y yo?
- ¿Tú? ¿El que te aburre París? Pues… Segismundo Pareja, porteador de fardos en el África colonial que has hecho un alto en el camino para hablar un poco…
- Bien, pues, como Segismundo Pareja, digo que… opino… Que debe usted de terminar ya la carrera de Bellas Artes, que de tan despacito que va co el confort que le permite no coger tantas asignaturas de tacada, le va a coger a usted la Tercera Guerra Mundial con el pincel en la mano…
- Bueno, será pintándote de color negro Segismundo, que un africano con la palidez de Alicante no es posible…
- ¡Mirad, mirad! ¡Han entrado las chicas!
- Sí, es cierto, las chicas… ¿Qué querrán?
- Esperemos a que se acerquen y entonces las asaltamos…
- ¡Ahórrate la espera ya que puedes y tráelas ya, que son muchas líneas de texto de impaciencia!
- ¡Está bien! Bueno, Filomena es la primera, Jaima, que no es un descanso árabe sino el femenino de Jaime, la segunda, Ferdinanda la tercera y Obdulia la cuarta, que es la mayor de todas y tiene menos interés que las demás…
- ¿Y esos nombres que te has sacado de la manga? ¿Por qué cuatro? ¡Ya se queda una coja!
- Ya te he dicho Sadurní que la cuarta es la pastora del rebaño, que le gusta recordar cuando era jovencita…
- ¿Y por qué llevan todas carpetas y peinados sesenteros?
- Por la formalidad, al igual que nosotros estudiantes vamos repeinados con el pelo así, mojado en pleno invierno (le sale humo del contraste de temperatura), fumamos pitillos y vestimos chaquetas, corbatas y flor en la solapa…
- ¡Esto es absurdo! Me niego a participar en la representación…
- Tú te callas o te cambio lo de Segismundo por Macarrón y te hago esquimal… ¡Moscones, más que moscojones! De verdad… Aquí uno pone “ANCIÓ” en lugar de “NACIÓ” (error de imprenta) y ya le dicen que envejece antes de tiempo las cosas…
- ¡Claro, es que ya le estás envejeciendo sea quien sea antes de que se le arrugue la carne!
- ¡A callar he dicho! Bueno, señoritas, no huyan que esto son cosas que ustedes nunca comprenderían… Sí, ya sé que ustedes van por delante y que nosotros seguimos siendo niños de teta, pero así son las cosas… En el momento en que las cosas cambien dejarán de tener gracia… Ustedes dejarán de reírse de nosotros por lo bajini, de poner esa muletilla de “¡hombres!” mientras suspiran intolerantes en tono confidencial de género… Nosotros también tenemos de qué quejarnos aunque también caigamos en los tópicos… Y les digo que en cuanto las cosas cambian dejan de tener gracia… Es como si se dejaran de prohibir cosas y ya no hubiera nada que trasgredir. Pues eso. A ver Filomena, habla tú primera, vayamos por orden para no confundir al lector…
- Sé que me has puesto ese nombre por el afecto que le tienes a Concha Velasco.
- Sin duda mujer donde las haya, físico interesante de un cine español que va empezando a echar de menos las películas de Pedro Masó, etcétera. Concha, la de la personalidad incraquelabre… ¡Esa es mi Concha!
- Por cierto ¿para cuando la de San Sebastián?
- Para cuando haga mejor tiempo y baje la marea…
- Usted es de un barniz más resistente que el mío…
- Me halaga, pero no se lo tome a pechos que sé que lo dice porque quiero subirme la moral para afrontar de cara a las féminas…
- Sí, lo sé… Usted no tiene cara de Humphrey Bogart… Es demasiado transparente aunque lo suyo no deje de ser puro teatro.
- ¡Fume, fume!
- ¡Yo, a lo más, con papel enrollado y polvo de tiza para simular un pitillo…! Quizás lo más cerca que haya podido estar de la nicotina y sus derivados es al inhalar el humo de pipa, delicioso dulce que nos hace olvidar el siempre todavía más iconoclasta aroma del puro… Insufrible… Lo más pueril, el personaje más descamisado, el que más improperios pueda soltar y el que huela más a sudor, ese será al que sujete el puro.
- Me parece usted que exagera…
- De verdad así lo pienso que este capricho denigra a quien lo muerde y escupe para poder filtrar mejor su sabor y quemar antes su contenido… Filomena hija ¿qué guardas en tu carpeta?
- Si usted no fuera quien es le mandaría al cuerno, pero… tratándose de quien conoce hasta el lunar más recóndito de mi cuerpo por tanto que me ha dado a luz, le diré que apuntes y apuntes…
- No me engañe Filomenita… Usted esconde ahí derivados del aburrimiento, nudos de nervios por fin desanudados en escritura automática… Habrá escrito durante esa clase en la que tenía que haber tomado esos apuntes que dice, cosas como “otro día más en un horario insoportable sin huecos para poder salir a tomar el aire a ese campo que de noche veo al entrar aquí, a primera hora, sin ver en realidad más que masas negras que se antojan arbustos… ¡Que me los conozco desde la ventana de la clase, que solo me queda tocarlos con mi cuerpo en ellos apoyado!”
- ¡Muy bien don Javier, está usted en todo!
- ¡Pues claro hijita! Y ahora no las entretengo más…
- No, si no es entretenimiento… Bueno, que sí lo es, pero que como un buen cordero asado que nos quema al paladar, nos hace resistir el calor con delicia.
- Bien, bien, pues ustedes dirán entonces… Yo ya debo de dejar paso a las nuevas promociones. ¡Vamos chicos, hablad!
- Bueno, me gustaría decir…
- Un momento que te presento. Este es Segis y el otro Sadurní, como la botella esa de alcohol, de Noya…
- Mis respetos señoritas.
- ¡Vaya pánfilos! A ver ¿qué estudiáis?
- ¿Qué estudiamos don Javier?
- ¡Vaya, os lo tengo que hacer todo! ¿No pensáis acaso en el ejemplo de los polluelos que nada más dominar el manejo de sus alas levantan el vuelo de sus nidos?
- Bien… Yo estudio música. Quiero escribir una ópera pero de las de verdad, de las que pueda uno estar escuchándola olvidándose hasta de ir a hacer pipí, sin atreverse a levantarse de la butaca por no perderse una nota…
- Eso es del todo imposible don Sadurní… Para empezar, el límite de concentración de un ser humano avanzado se encuentra en dos horas…
- ¿Avanzado dice? ¡Creo que el ser humano no puede avanzar ya más! De hecho, nosotros tenemos más mérito que los animales, pues nos debatimos entre la razón y los instintos…
- Nosotros somos extraterrestres. Mi madre así opina. Darwin no funciona del todo y lo de Adán y Eva es un cuento chino (bueno, cristiano pero chino). Venimos de otro lugar. Sí, no me miren con esa cara que fue con la que iré a mi madre por primera vez. Tanteen las posibilidades y llegarán a mi conclusión.
- Pero ¿esto no es sacrilegio?
- ¡venga ya! ¿Todavía piensan en ese angelito que cuenta cada una de sus faltas para luego pasarles la factura al encontrarse frente a él? El Señor no puede condenarnos por darle vueltas a esta cabecita loca que nos ha dado y nos ha impuesto para pensar, ni por dar rienda suelta a esos instintos animales de los que él actuó conforme para diseñarnos….
- … Eeeeh siii… Bueno, como iba diciendo, ansío crear la obra máxima musical, la que haga renacer de su mortaja la actualidad dodecafónica…
- Pierde usted el tiempo como le decía. Ahora es el caso de que lo dodecafónico se rige por unas reglas que desagradan al oído puesto que son aleatorias en su funcionamiento. Las doce notas al azar por narices. No señor, vuelva usted de la “Noche Transfigurada” hacia atrás, es decir, de Bruckner a los románticos.
- Vaya, entonces no le muestro las entradas para ver la ópera de Schtockhaussen de una semana de duración ¿no?
- Vaya, vaya usted, que a mí me da la risa… ¡Sí, lo admito, no tengo los ovarios suficientes!
- No, la verdad es que no las tengo… Era para alardear un poquito ¿sabe?
- Hombres…
- ¿Lo ve? ¡Ya salió!
- ¿El qué?
- La expresión de “hombres”.
- ¡Es verdad Jaima, cállate!
- Vaya, las que estudian para ser democráticas…
- ¡Diablos!
- ¡Ferdinanda, esa lengua que todavía tenemos algo de señoritas!
- ¡No hombre por Dios, expláyense, expláyense!
- Bueno Segis ¿y tú a que le das?
- Yo al Baileys…
- ¿Baileys o estudias?
- ¡Eso es de mujeres!
- ¿Te estudio o te trabajo, muñeca?
- Estudio, trabajo y voy a perderme en la noche madrileña cuando tengo los deberes hechos… ¿A qué viene eso? Yo estudio sí, me dedico a diseccionar animales y a las niñas malas que se portan mal…
- ¡Uy con el Landrú!
- Sí, tuve que hacerlo para presumir de la primera pieza que me cobré en la expedición que ofició mister Tígreton…
- ¿Mister qué?
- Un explorador de mucha rimbombancia en asuntos de té a las siete pero que luego se lo hacía en los pantalones el pobrecito… Yo era el negro que cazaba por él…
- Ya, pero usted de negro no tiene nada…
- Precisamente de eso quería hablarle Jaima… Yo soy negro de deberes, no de piel. Por mí sería un poquito más de raza aria, de postal de los Cárpatos…
- Vaya, pues no está usted del todo mal ¿eh?
- Porque lo que no pueda la palabra…
- Se le ve muy encaminado por los derroteros del pensamiento humano… ¿Le gusta Freud?
- Bueno, para mí Freud siempre será un judío que enseñó a los protestantes cómo ser cristianos.
- ¿Lo dice en serio?
- Y con un poco de envidia hacia este señor… Seguramente envidie más a Bach, que no cometía errores en su escritura automática de partituras…
- Esta imagen que muestras de papeles arrugados refleja la frustración del artista. La frustración que le lleva a destrozar lo que lleva de su obra ante la insatisfacción que les confiere la misma ya sea por una mirada demasiado critica de ella o por la falta de inspiración que les bloquea y les impide continuar. El mismo Virgilio pidió en su testamento que se destruyese la Eneida y como él, la mayoría de artistas de todas las doctrinas presentan esta actitud iconoclasta que nos ha privado seguramente de millares de obras que hoy en día nos tendrían enamorados y serían una gran atracción turística para los japoneses que las fotografiarían en museos de todo el mundo, u obras literarias de esas que tienes que decir que te has leído para ligar, como ahora mismo. De hecho, me he sentido en la tentación de eludir este comentario sobre una imagen de papeles arrojados a un vater ante la imposibilidad de ser publicados...
- ¡Madre mía! Ahora esta imagen romántica se ha borrado de un plumazo con los ordenadores, que te impiden arrugar folios… Desde luego, tu visión de eliminar una obra por la vía del váter es bastante poco ecológico y agradezco a las nuevas tecnologías que gente como tú llegue a esos extremos…
- ¡Maldita sea! ¡Ya basta! Esto no tiene pies ni cabeza. Va siendo hora de despertarse y concluir este sueño delirante. Para empezar, el lector se debe encontrar asqueado conmigo pues no hay narratario que valga en todo esto, de modo que toda una acción se vuelve inútil ante la poca credibilidad que suscita ante las normas literarias. Segundo, yo no soy narcisista y, como presentación, cuatro tonterías para que se me conozca está bien, pero debo controlar la situación como ya digo, detener a mis personajes antes de que pasen por encima mío… ¡nada, nada, todo el mundo fuera!


Ya no podría ir a más exposiciones de amigos que podían permitirse canapés y no exponer verdaderamente. “La chica de los canapés volvía a pasar solo porque ellos habían doblado erróneamente por la esquina contraria al recorrido pictórico, de modo que si se apresuraban, a lo mejor volvían a probar aquel foie un poco más allá.”
- “¡Gutenmorguen!”
- ¿Qué has querido decir?
- He querido decir que muy buenos días señor Fausto a las tres de la tarde, todo eso en esa expresión tan germana…
- ¡Qué simpático es este zagal!
- Favor que usted me hace con sus piropos… Como decía “El Vito”: “No me haga usted cosquillas que me pongo colorá”
- ¡Ja-ja-ja! Estás hoy lúcido ¿eh?
- ¡Sí, y lucido!

Aquellas reuniones ya no volverían a darse dentro de mi cerebro.


Despacho de Editorial.

- ¡Últimamente no consigo terminar nada de lo que me propongo! Es… Es como si me arrepintiese de lo que hago siempre, la necesidad de empezar algo que sé que no puede acabar…
- Tus personajes quizás te recuerden a ti mismo y por eso huyes de algo irremediable. Te enfrentas cobardemente. Juegas con el blanco y el negro, colores fáciles para todo esto. Y te aseguro que a mi me resultan irritantes.
- Quizás sea por esta barba… La gente ya no me reconoce.
- ¡No quieren conocerte! Últimamente con disgustos no consigo llenar ya las arcas de esta empresa. Al principio resultaba divertido tu juego pero ahora solo me tienes a mí, porque te conozco desde el principio y resulta grosero que te diga esto: Me aburre publicar cosas por las que se paga más por la portada que por el contenido…
- Tu hija siempre fue una buena ilustradora…
- Creo que tú también eres un buen ilustrador. Lo malo es que necesitas una postal para dibujar unos montes nevados, no eres capaz ni de inventarte el blanco… Abajo, una fábrica de carbón. El negro. Pues ni eso, tú con los brillos, los matices, siempre sacando punta a las facilidades… ¿De qué te sirve tu inconformismo?
- No lo sé… Creo que tu hija siempre fue una buena ilustradora.

* * *
Por el Retiro escuché esto:

- Oye papá ¿dónde están las ardillas?
- En el agua durmiendo, hijo…

¿Luego cómo pretenden los padres que sus hijos confíen en ellos? ¡Hubiese sido más plausible que le hubiese dicho que unos gitanos se las habían comido!

* * *


Estaba viendo una película por el ordenador: “La Noche” de Antonioni. Con el cursor jugaba a quebrantar la impasibilidad de su personaje: le metía el dedo índice por la nariz, trataba de dejarle tuerto, sacarle cera de las orejas… Me aburría cierta solemnidad con la que los directores acostumbraban a rodearle, como un aura perfecta de desatención al mundo.

* * *

Salí del ascensor. Algo vi. arriba, en el tope de las puertas. Había unos cuantos pelos enganchados allí, eran aquellos que dejé cuando aún no calculaba las distancias de mi crecimiento y se me hacía una raya en medio del pelo cada vez que pasaba por ahí. Podía presumir de ser de los que todavía tenían en su casa uno de aquellos ascensores todos de madera y hierro.

* * *

Allí estaba yo, de pequeño, junto a mi padre, ante un puesto de frutas. Una calle céntrica de esas donde todo es posible. De pronto, de una de las aceras, se nos acercó un mendigo con la ropa hecha jirones, mostrando sus partes pudendas sin ningún recato, tratando de subirse unos pantalones en la acción inútil de lo que nada tapa. Entró muy decidido en la iglesia de enfrente. Comenzaron a oírse alaridos que se cerraron con el repicar de la campana, lo más ingenioso para espantar este tipo de herejías. De barro somos pero querríamos ser de escayola.

* * *

Estaba solo y solo quería encontrarme, desocupado para sufrir. Si bien era cierto que no quería ver a través del cristal del autobús cualquier mujer que tuviera un mínimo parecido con “ella”, por otro lado parecía que buscaba formar a esas mujeres, darles esa apariencia. Quería verla y todas acabaron siendo una.

* * *

Su desnudez era mi desnudez. No soportaba el verme desnudo o encontrar quizás algún rastro que me definiese como ser púbero. Ocultar mi vello con ropa larga fue lo que más me trastocó. Sin embargo, ella no se reprimía y yo sufría bestialmente. Ella mostraba en el calor del verano su cuerpo cada vez más definido bajo la ropa cada vez más ligera. Yo sudaba con aquel jersey blanco. El color se estaba estropeando pero no me importaba. ¡Quién hubiese sido corriente de aire! Un cuerpo para no ser tocado o ser tocado en la oscuridad. Yo no podía tocar el mío, me resistía a ello. Sin embargo, tocaba el suyo en mis sueños. Yo no quería tocarla, no quería tan siquiera verla porque advertía rápidamente en ella un gesto obsceno extraído de la naturalidad que daba la confianza. Cuando despertaba no podía admitir el sueño.
Todos los días la veía, a veces dependía de ella mi destino y esto me importunaba. No quería doblegarme a ella. Ella me quería ayudar a comprender ciertas cosas que yo no entendía por mí mismo. Quería darme lecciones. Yo me negaba en rotundo pero sabía que solo ella podía hacerme entrar en razón. Uno no podía creer haber detenido el tiempo o burlado una norma social. “Hay que pasar por el aro y yo te voy a ayudar”. ¿Por qué nos enamoramos de quien no debemos? ¿Quizás uno tendrá que decir que sí en lugar de poder hacer la pregunta? ¿Esto es amor? Ya no podía serlo, tendría que conformarme con lo físico. Qué triste pedir esto. No lo pediré nunca. Mientras tanto, aquellas fórmulas bombardeándome en la cabeza, aquello que no podía descifrar y que me separaba del resto de “listos” que ya formaban parte del club. ¿Qué club? ¿De verdad hay que pasar esta prueba? Hay mucha gente que no lo ha hecho y vive feliz… Pero yo tengo otras normas morales, una conciencia más severa que me obliga a examinarme para responder a lo que espero de mí mismo. Esta fórmula seguro que también la han inventado los que han geometrizado la sociedad con sus “tonteorías”. El mundo ahora está ordenado gracias a estas cosas. Los que no la aceptan no pueden formar parte de esto y no son considerados personas de ley, de corrección intachable ante cualquier jurado fantasmal que se presente cuando quiera. Ella es lista y yo no. Ella tiene más años ¿por qué si parecía de mi edad? ¡Qué bonito! Hay quien consigue ser joven espiritualmente siempre y, otros, no pueden disimular su austeridad ya con doce años.

* * *

- ¡Lo sabía! Hazte ya a la idea, no te han aceptado a ti porque no aceptan nada que huela aquí a cultura.
- Yo solo quiero escribir…
- ¡Oye, tú escribe! Nadie te impide emborronar unos folios. Lo que no puedes es pedir que tal número de lectores te lean para así resultar rentable a los ojos del estado. Tienes que salir de aquí ¿me oyes?
- ¿Tú lo harás?
- Yo ya tenía pensado irme a Londres para el doctorado en Bellas Artes. Allí se encuentra la cultura ahora ¿comprendes?
- ¿Y el idioma?
- ¿Tú cómo te manejas?
- Así-así.
- ¡Pues como yo! Allí aprenderás el resto por fuerza mayor. Esto es lo que funciona. Qué delicia poner un canal de televisión y no enterarte de lo que dicen… Hazme caso, tienes que marcharte. De todas formas, ha sido un record lo que aquí has conseguido. Lo malo es que tan joven ya te han eclipsado. Allí te aseguro que te entenderán, hazme caso.
- Sadurní, yo…
- Yo no me llamo Sadurní y lo sabes. El juego ha terminado. Ponme el nombre que sabes que me corresponde.
- ¿Sabes que tampoco me han publicado una maldita novela, que a lo sumo cuatro artículos?
- Aún así ¡ya quisieran muchos!
- Los errores de todos los textos eran verificables a la perfección. No sé qué falló pero lo cierto es que la gente que me ha podido leer de nada se ha enterado… Más bien se ha equivocado eligiéndome… ¿Sabes? En Internet hay una página que pretende captar a gente sí os sí… Tú solo tienes que escribir lo más disparatado que se te ocurra que tratarán de hacértelo realidad. Tú escribes ahí que “Javier Mateo Hidalgo es la nueva figura prometedora de las artes” y enseguida te informan de que si quieres saber más sobre esa noticia “solo tienes que entrar en nuestra página”. Una noticia inventada por mi y dicen que existe solo para que le des a un botón… ¿No te resulta triste?
- ¿Y no entraste para ver lo que pasaba? A lo mejor eres un genio y lo saben todos menos tú…
- ¡Menuda broma!
- ¡Chico, no sé…! ¿Qué quieres que te diga?
- Nada… Que el talento de alguien no lo saben medir ni las imprentas… ¿Por qué publican palabras que yo no he dicho?
- ¡Un momento, lo de la frase de Descartes que luego resultó ser de Sócrates ya venía puesto en el original…
- De acuerdo… “Solo sé que no sé nada”. ¡Hecho de menos a los censores!
- ¿Tú crees que los censores tenían un libro de frases bajo el brazo?
- No sé, no sé…
- ¿Ni siquiera sabes contestar frase tan sencilla?
- … No. No lo sé.

* * *

Así, con todos aquellos cristales de sutileza contundente esparcidos en torno suyo, aquellos relatos desechados aunque con la suficiente garra como para enviarlos solo a la papelera de reciclaje (¡bendito ordenador que elimina a medias!) pudo unirlos y crear algo con la suficiente identidad como para considerarse novela y no relato breve. Todo disuelto perfectamente en agua desnatada.

Iba de camino hacia Santander. Solo podía pensar, atrapado por la espera de un asiento trasero, en lo que iba a hacer una vez llegara allí. Era esa especie de orden que quedaba almacenado en mi mente y se iba fortaleciendo hasta que conseguía llevarlo a cabo gracias a este impulso. Yo miraba al cristal por el que el conductor sacaba mayor provecho y solo era capaz de ver a través de él a la mujer que iba a quererme con todas las consecuencias. Para entonces ya la había legado mi confianza ¿si no de qué me iba a conocer tanto como para saber que yo era ese a pesar de todo? Uno pretende pensar que no hay nada de ese todo que puede hacernos insoportables, pues el rito de purificación lo llevo tan religiosamente como esos deberes queme impongo a realizar cuando materialmente sean factibles. Como digo, la veo allá en el horizonte de la carretera, sobre esta, en el globo solar. Se me antoja al gato de Alicia, con su perpetua sonrisa en su rostro fantasmal. Si hubiese sido Proust habría escrito “En busca del tiempo para reducirlo”. El conductor era un chico de toda confianza que daba clases de guitarra en el colegio del Loreto. Recuerdo que me comentó que, por ejemplo, un alumno le había preguntado de forma despectiva por el polo que llevaba puesto. “Puedo parecer un niño bien, tienes razón, pero me la he comprado con el dinero que me gano con este sueldo. Mientras tanto, a ti te han comprado tus padres esa camiseta del Che”. Luego me hizo un recuento de las obras de Rodrigo, de la dificultad que convierte en pícaros a los ejecutores de sus obras. “Hay que hacer lo que se puede con los dedos. Rodrigo no tocó una guitarra en su vida. Un compositor a veces antepone la belleza a la complejidad de aquellos que nos la deben hacer llegar.”
Yo siempre he necesitado a la música para mi constante silencio en la vida, para mi soledad sonora que diría Cernuda. Allí estaba el segundo movimiento del “Concierto de Aranjuez”, la expresión del dolor por la muerte de un hijo para Rodrigo, la belleza Romántica para otros.

Cuando volví a respirar entre aquellas paredes “encaladas”, cuando sentí de nuevo el peso del sueño a media tarde, cuando la vegetación tachaba la civilización, entonces recordé los momentos anteriores de otros años en los que regresaba a la capital después de este periodo de descanso y decía “ya estoy aquí con una cicatriz nueva y deseando una cicatriz futura”.

Un compañero real y de nombre peculiar al principio de este relato (para despistar), me retó a escribir. Yo sabía que solo podría ser capaz de ello realizando injertos de otros intentos hasta llegar a lo “decente”. Pensaba de nuevo en mis experiencias sociales pretéritas: “Presentar el documento en sobre cerrado que no indique datos. En el interior del sobre escribir el seudónimo. Enviar conjuntamente con esta otra copia donde se pueda deducir el origen del pseudónimo…” etc. Me parecía horrible todo esto, como el juego del tesoro del pirata. Todo inútil, siempre he sido rechazado. Pensaba en ellas, en el otro rechazo, en mi juego sin barcos ni patas de palo. A algunos les parece imposible que escriba poesía de amor sin destinataria. A una parte de estos algunos les produce risa. Yo me imagino lo que estará haciendo ella en ese momento, en su lugar concreto. La veo en ese futuro. Es bonito escribir sin saber pero con ese empuje idealista de un futuro perfecto de conjugación. Cuando la tenga delante, prometo decirla “ahora mi poesía queda completa”. Esto, de nuevo, es un paso a la realidad, a las acciones que llevaría fuera de la escritura.

¿Acaso escribiendo una cosa nueva que supere la anterior sin que aquella haya visto la luz es cosa cauta? Quizá si en algún momento se valora esto yo ya estaré cansado de innovar sin haber visto un “La nueva obra de X trata de dar un giro de 360º a lo anterior, ese caballero de pluma… en sombrero, se reinventa con cada arranque de lucidez, empresa difícil y por ello doblemente recompensada por sus lectores”.

Volviendo a lo de Proust: ¡Qué breve es el tiempo que recordamos con aquellas personas que no han crecido y han quedado inmaculadas en nuestros ojos! Qué daño han creado todos estos portales de contactos tan falsamente nostálgicos donde puedes verlos sin querer reconocerlos… Prefiero ver a aquellos que bien recuerdo de la noche anterior y que pierden en estos detalles secundarios del escenario. La bella dama florentina (el cuadro) se estropea con su paisaje (el marco). Las fotos deben mantenerse para demostrar que algún día fuimos hermosos.

L´ARLESIENNE

Por una vez me sentí escritor escrito. Yo describía una estampa normal, a esto tan solo me limitaba. Había salido la primera tarde de aquella casa claustrofóbica en mi primer día de vacaciones. De la plaza del Casino se había adueñado la juventud de punta en blanco. Parecía querer decir: “queremos deshacernos de esta etiqueta de inconsciencia”. Para evitar cualquier tipo de amotinamiento, se colocaban fotográficamente en grupos, con sus puros mal cogidos y su gomina informal. Ya que aquellos habían rehusado de sus chiquillerías, la antorcha pasó a los cuerpos a los que corresponde correctamente este término: los de diez a quince años ya rodeaban aquel edificio embargado por aquel tumulto que llegó a corresponder a sus años de apuestas y ruletas. Emocionados, arrojaron algunos petardos para desear de esta forma tan original buenos augurios a los novios. ¿Dónde estaban, por cierto? Habían desaparecido del ambiente. No pudieron ver cómo uno de los invitados caía de un balcón bajo del susto de las primeras explosiones. No sentí ninguna compasión por aquel que seguro había tratado de enganchar a la cola del traje de la protagonista una cuerda de latas. En el paseo, enfrente de todo esto, pude adivinar a los dos tránsfugas a quienes debería interesar este espectáculo. Los organizadores habían desertado sin que, curiosamente, nadie cayera en la cuenta de su ausencia. Corrían con disimulo y yo los seguí estrepitoso. Estaban decididos a pisar la arena. La verdad es que su pretensión de luna de miel anticipada-pública podría salirles cara… pero por otra parte no parecía esto preocuparles mucho.
No pienso ser generoso con las descripciones. Aunque aquel paisaje resultaba interesante hasta para un pintor claustrofóbico (encerrado en su claustro) creo que resulta más correcto opinar sobre los bodegones.
En los jardines del acantilado, la banda de música interpretaba el movimiento “Pastoral” de “L´Arlesienne” de Bizet. He de confesar que me resultaba hasta apropiada.- Realmente era música apropiada hasta para los títulos de crédito en blanco y negro de una película española cuya primera imagen fuese la iglesia del Sagrado Corazón.
Creo que alguien descolgó todos los santos del almanaque en su furia. Sus gritos podían escucharse desde la calle. Quería impedirlo. Yo para entonces había salido de allí. No quería ver estropeada aquella imagen al sopesarla con esta nueva.



Nada más cerrar de nuevo la puerta de mi reclusión supe que no tenía nada para escribir, que todo lo que había ido preparando meticulosamente en mi cabeza había sucedido en la realidad y nada tenía de creativo. ¿Qué había sucedido con aquella época en la que escribía sin miedo a equivocarme, sin sentir ridículo por el destino por el que conseguía crear aquel cauce hoy seco? Era un niño al que no importaba inventar nuevos héroes, aventureros a los que la muerte no les asustaba. Todos aquellos personajes deudores de las historias de acción, iban avanzando sin darme tiempo a dejar las huellas de sus pisadas. Ahora me creía alguien que tenía algo que contar y aquello había quedado en “literatura menor”. ¡Cuánta hipocresía! Quizás solo me encontraba abocado a una narración infantil (eso sí, totalmente gráfica y emocionante) y aquello a lo que consideraba “grave” había quedado sin evolucionar en aquella etapa en la que accedía una máquina de escribir (por la misma época en la que comencé a escribir sobre robinsones sin isla que recorren harapientos una geografía ingenuamente inhóspita.

* * *

Me encontraba en La Provenza por un viaje de estudios que haré este curso próximo.
El escenario era el de un restaurante ponía a prueba un roos-biff. Al levantarme para dirigirme al excusado, pasé por la mesa de un matrimonio que, en silencio, trabajaban también el estómago en esa actitud solitaria mía de estudiante en el extranjero. Como se precisaba de animación buscada, un golpe de mi codo en el brazo de la señora provocó un escándalo con continuidad en el baño. Yo no me había percatado de todo ello, pues es esto lo que tienen los sueños: distintos ángulos de visión privilegiada para no sé qué cámara, a excepción del de los ojos del que lo cuenta.
El tipo que acudió a por mí en defensa de su querida hablaba español pero yo, por tocar las narices, le hablaba en francés. Tuvo que venir ella para despejar los humos que calentaban aquella irracional furia del señor. Volvimos todos a la mesa. Tres encargados, entonces, comenzaron a cepillar violentamente a la mujer para limpiarla del altercado. Su marido se reía a voz en grito porque ahora la estaban tocando por todos sitios de forma salvaje. Mi broma había sido superada. Pero había algo raro: una música inadecuada flotaba en el ambiente. Entonces desperté. La misma música sonaba ahora a través del patio de vecinos. Mi vecino del tercer piso había conseguido entrar en mi sueño con total impunidad utilizando aquella música permitida a las once de la mañana. Pensé: “Así mejor, es de fiar. Los vecinos silenciosos, aquellos que pasan por la portería sin dejar la fragancia de su colonia son de los que más tenemos que sospechar.”
Me incorporé y encontré el libro de Florian Rey sobre la mesilla. El encargo no era menor, desde luego. Debajo del libro, ocultándose vergonzoso, mi cuaderno de apuntes veraniego. Madrid me devolvía la ilusión por poder hacer cine, pero los preparativos me disgustaban a medida que iba tomando conciencia de “la gran obra”. Nos íbamos acercando y el resultado iba a ser seguro bien distinto al planeado en las maravillosas imágenes de mi cabeza. Me había tomado en serio el encargo. Un compañero mío conocía mi parte de retrógrado ideal y pensaba sacar partido de ello. Volver a realizar cine mudo, todo un reto de la expresión humana. Conocía mi admiración por ciertos autores de los que nada sabemos, a excepción de cómo los engrandecen las enciclopedias de orgullo nacional y algunas fotogramas de sus películas hoy perdidas. ¿Por qué esa intención por reconstruir? “Es mejor que las cosas se pierdan ¿para qué lo queremos todo? ¡Tenemos un exceso de información, todos quieren saber, nos hemos vuelto cotillas peligrosos!” Esta era otra visión de otro amigo muy cercano. Pues bien, el otro amigo-demonio trataba de distraerme de ese otro amigo-ángel. Me propuso, ya que él trabajaba allí, conocer la Filmoteca Nacional habitación por habitación. Ya entre latas oxidadas de etiquetas ilegibles (al menos para mí), me propuso realizar este falso documento donde todos saldríamos ganando. “Fructuoso Gelabert construía sus propias cámaras para rodar. Es posible llegar a aquella estética. Necesitamos un estudio y un buen maquillaje para que nada escape al azar”.
Carlos III por el bien de la moral ordenó destruir las esculturas obscenas que se iban encontrando en las excavaciones italianas. Franco, con ese mismo propósito, hizo desaparecer la colección de películas pornográficas hechas por encargo para Alfonso XIII por los hermanos Baños. “Todo parece condenado a desaparecer. Hasta algo tan mágico como la captación de la realidad podría destruirse gracias a unos simpáticos bichitos que se alimentan de la gelatina, componente de la materia co la que se construían los primeros rollos cinematográficos.” El aire rústico de las producciones españolas tenían un salvador, un Meliès: Segundo de Chomón. Por suerte, en Italia encontró un testamentario digno llamado Pastrone. De ahí salió Cabiria. ¿Para qué queremos perpetuarnos en la Historia? ¿Acaso alguien va a respetarnos por nuestro legado diario? La gente nos conocerá por un lirismo o por un razonamiento. Seremos títulos, se conocerá al instrumento y no a aquel que lo hace sonar. Por eso hay que engañar a esta sociedad que nos admira, no ser creativo y pasar como tal. Un plan vengativo de alguien que todavía desconoce lo que es tener treinta años. Si no fuese por la tos, escribiría todo esto mucho más rápido.

Todo esto, sin ningún tipo de transición, nos lleva al sueño de la realidad. Es un sueño que pude haber tenido de la otra realidad bien distinta en la que verdaderamente me encontraba. Me encontraba en el sótano de la Facultad realizando un ejercicio de examen para aprobar la asignatura de grabado. La ventana daba al suelo del exterior, un césped para el descanso. En él confluían todas aquellas chicas de las que me enamoré durante mi vida. Entre ellas estaba aquella chica argentina que admiraba a Cortázar, y aquella otra de Benedetti. Aquellas voces encerradas en texto parecían darles más seguridad que un idiota que estaría dispuesto a olvidarse de sí mismo por ellas. Estaban, claro está, con sus novios (o no), a los que yo también había conocido, para mi desilusión. Arriba parecían conocerse entre ellos, era como si mi vínculo hubiese sido especial para sus vidas. Me veían entre los barrotes de la sala de resinado, ahí entre el olor de los barnices, del aguarrás, del amoniaco… Debía de tener una cara triste, porque uno de ellos me dijo: “Cuando termines lo que estás haciendo, puedes subir aquí”. El caso es que las horas se añadían a mi horario con la facilidad con la que un imbécil hace horas extras. No me veía capaz de salir de allí nunca, era el sitio que me correspondía. Trabajar y resultar simpático. Que los demás estén ahí para decirme lo que ya sé: que cuando termine esto saldré de ahí. ¿Pero cuándo? Llegué a desear con todas mis fuerzas un abrazo.

FIN

4 – 9 - 09

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