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EL FANTASMA DE LA LIBERTAD

>> viernes, 6 de febrero de 2009

Penúltima delicia del director hispano-mexicano-francés don Luis Buñuel. Película sin un principio ni fin ciertos donde las situaciones se hilan disparatadamente, a pesar de lo cual, lo vemos con toda normalidad. Perteneciente a la trilogía “El discreto encanto de la burguesía” y “ese oscuro objeto del deseo”. La historia comienza con una leyenda de Bécquer: “El beso”, previamente de la cuál se fusilan a Bergamín y al propio Buñuel junto a otros compañeros con motivo de los acontecimientos del dos de mayo (situación en la que se desarrolla por otra parte el relato del poeta romántico español). Encontraremos otra situación romántica casi al final, recuerdo real de Buñuel, en el que en una cripta observamos el pelo de una dama sobresalir del féretro intacto a pesar de los años de sepultura, algo así como la dama que defiende tan pétreamente la estatua que arremete al soldado francés. Lo cómico está presente en varias situaciones (véase la búsqueda de una niña aparecida, la privacidad del baño en el comedor y lo social del alimento en la privacidad del baño) ya que así debía de considerarse el surrealismo, como un acto de humor a pesar de los reproches e Breton al respecto. Pero para mí, la escena más deliciosa, la que debería de servir de portada, de estandarte, de presentación social del filme, es la de la hermana Margarita al piano en su desnudez ante el calor sofocante del verano. Buñuel escribía junto con Carrière en el retiro del El Paular, claustro español de belleza singular, y, a pesar de la estrecha confianza en la colaboración, quien decía en última instancia lo que se llevaba a la película era el director de Calanda. Surgían las ideas en los paseos, en la rutina de ocio, trabajando en el silencio y el relax. Luis Buñuel no tendría que haber sido un genio tan tardío, debía de haber recuperado su labor cinematográfica más tempranamente y no ya casi con cincuenta años. Su primera película realizada siendo veinteañero, ya decía mucho de él (o de Dalí si también se le hubiese permitido continuar su labor cinematográfica que él, por otra parte, entorpecía con sus descomunales proyectos dignos de un idealista o de un bromista quizás). Paradójicamente nunca sabremos si, como él se postulaba, ateo, lo decía verdaderamente en serio o todavía la llama de la fe no se había apagado. Su cuerpo yace en la catedral de México y hay un documento visual donde, en una charla entre amigos, habla de una broma pesada donde se hace el moribundo reuniendo a la gente querida y se postra ante Dios. Desdeña las creencias nefastas de sus amigos comunistas... “Luego voy al infierno porque todo era una broma”.
Sí, Buñuel no tiene problema en juntar a cuatro frailes ante una escena sadomasoquista de cuero y culos al aire y, por otra parte, transmite al espectador cierta sabiduría encubierta sobre la historia de la religión (la Vía Láctea es un compendio de creyentes, ateos, masones, etc.)
Espero haber abierto boca para los curiosos cinéfilos.

Sésil Démil 6 -2 – 09

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