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Amor sincero

>> lunes, 16 de marzo de 2009

Venía de trabajar. Subía los escalones con resignación, como al que le cuesta realizar la última tarea del día. Casi apoyaba todo su cuerpo en la baranda, a excepción de los pies, que los mantenía fieles a su escalada. La puerta se presentaba lejos aunque ya podía uno recibir algunos adelantos de la meta. Voces se escuchaban que parecían muchas, aunque solo era una pero muy escandalosa. El sonido llegó a humillar a quien se encontraba deseoso de escucharlo, pues no le parecía decente para la comunidad de vecinos tanto alboroto. Eran ya horas en las que no estaba permitido cualquier cosa. Antes de rozar el pomo un escalofrío le hizo retirar la mano decidida. Sonidos de placer al otro lado. Era su mujer la que los profería y los recordaba bien de otros días, a su lado. Esta pequeña diferencia estribaba dos universos totalmente diferentes. Ya no quería escucharlos, ya no iban a él dirigidos, parecía que había una insatisfacción por su parte. Debía de estar experimentando hasta encontrar los que le satisficieran y si era necesario cambiar de ayuda era respetable pero él no quería ser partícipe de ello. Prefería no enterarse de que el amor, como algunos decían, se mantenía con la independencia a veces malentendida de cada uno por separado… ¿Momentos de crisis? Seguramente sentaría la cabeza tras su indecisión y sabría, mediante lecciones externas, que lo bueno lo tenía en casa (aunque parecía tenerlo ya dentro en ese momento aún estando la pieza clave fuera). Muchas veces había tenido que soportar comentarios de compañeros de trabajo, que entendía como de envidia envenenada, sobre lo que se rumoreaba de su actual compañera. La conoció entre las mesas de ordenadores cuando ella levaba el café de un lado para otro y él calcaba palabras manuscritas en otra tipografía más seria. No tenía pinta de tratarse de una becaria debido a su edad. Se hizo íntimo de él porque no le venía con suspicacias sobre cómo quería el café. Ya era bastante humillante que se lo trajeran y, para ella, tener que traerlo, así que hacían como si nada sucediese en realidad, solo que a alguien le cambiaba el sabor de boca. Punto. Se bajó al bar de abajo a jugar con un “Pinball” que había en una de las esquinas al fondo. Nadie comprendía cómo podía ahogar así sus penas. Ella todavía tenía su foto entre las piernas.
18 – 3 – 09

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