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LOS SPAGUETTIS DE MAMÁ

>> sábado, 21 de marzo de 2009

Victoria planchaba aquella tarde en la inmensa cocina de su piso compartido. James todavía no había llegado. “Mi pequeño Jimmy, dedicas demasiado tiempo a nuestro bienestar. Bien sabes que ni tú ni yo podemos disfrutar de él estando tú fuera. ¿Qué sentido tiene entonces trabajar?” le preguntó la última vez que le vio, es decir, momentos antes de quedar dormida cerca de él, notando su respiración, la noche anterior. James no contestó, o lo hizo pero ella quedó dormida por entonces.
“¡Una camisa verdaderamente bonita!” dijo nada más ver la siguiente prenda que sacó del cesto y que le tocaba arreglar. “Tiene un encanto tan especial que siempre parecerá nueva, desconocida”. Se fijó un poco en los dibujos: había un verdadero cuidado en cada uno de los detalles que ornamentaban el resultado en su conjunto. Las aparentes salpicaduras eran en realidad flores que estallaban ante los ojos del curioso. Pizcas de color por aquí y por allá, un remolino festivo que celebraba el triunfo de la naturaleza, siempre a imitar. El color del fondo era un amarillo tan agudo que parecía pinchar cada una de los pétalos para disponerlos en una suerte de firmamento dictatorial. Un mantel para los días de fiesta. “Puede ser un detalle de Jimmy. La compraría y, por el camino, debió caérsele quedando ensuciada. Eso ha debido ser. Si no ¿cómo se explica que esto esté aquí?” Ella no había puesto aquel vestido ahí. Lo recordaría. Tampoco tenía en mente que la hubiese recogido de la cuerda de tender. Encontró una nota en uno de los bolsillos. Se encontraba prácticamente ilegible tras el lavado. Si no fuese por la familiaridad de la letra, hubiese dado lo mismo aquel pedazo de papel que una espina de pescado igualmente encontrada. Así decía aquella caligrafía femenina: “Hermanita, si lees esto es que Jimmy verdaderamente no plancha la ropa. ¡Menudo presumido! Tú mismo podrás decírmelo el próximo fin de semana.” ¡Claro! ¡Su hermana Cloe! Entonces, sus ojos se tornaron hasta casi explotar en sus órbitas y recordó la comida del domingo por la tarde pasado. Ella en casa de sus padres con Jimmy. Su hermana, estaba allí sonriente, como nunca entonces la había visto. Se había puesto enfrente de él y le pasaba diligente cada una de las cosas de las que iba precisando para comer. Antes de tener que pedirlas, ya estaban frente a él. Ella apenas notaba estos detalles, la bastaba con ver a su hermana de nuevo abierta al mundo tras tantos años de extraña depresión.
La telefoneó al instante. Fue la vez que menos comunicó de tantas que llamó a ese número en cuatro años, desde que se independizó de la casa familiar. Al otro lado, la voz de Cloe:
- ¿Sí?
- ¡Quiero saberlo todo! No escatimes en detalles, lo estás deseando…
- Todos lo sabían menos tú, estúpida. Hace falta tener ojos ¿sabes? A veces, pueden evitar algo que va volviéndose más y más irreversible.
- ¿Papá y mamá lo saben?
- ¡Están encantados! Siempre dijeron que ese chico no era para ti…
- Y para ti sí ¿no?
- Compréndelo… Tú necesitas un hombre que sepa atender todo ese caudal que tienes de vitalidad… ese chico era demasiado aburrido. ¡Idóneo para mí! Apuesto a que no eras feliz.
- ¿Te estás riendo de mí, Cloe? ¡Ten un poco de respeto a tu hermana mayor!
- Deberías estarme agradecida. Vuestra relación estaba acabada ¿entiendes? Seguíais juntos casi por inercia, y no hay nada peor que la costumbre y la cotidianidad.
- ¡Bueno, basta! ¡Hasta luego, Cloe! ¡Cuelgo!

Ni siquiera pudo llorar porque no lo tenía asumido. Siempre, las noticias malas, tenía que averiguarlas ella. Muchos habrían dado su vida por estar en su situación, de tener que enterarse de las noticias malas, de no tener por qué conocerlas. Su curiosidad se despertaba en los momentos menos adecuados. Todo podría haber seguido ocurriendo sin necesidad de conocer estos pequeños errores, de desentramarlos. La vida son pequeñas mentiras que a veces no conviene desmentir.
Recordó entonces, un momento de su infancia. Cuando ella tenía doce años:

Aquella noche, la pequeña Victoria llegó a casa con los libros bajo el brazo como todas las noches (así los otros días escolares de la semana: lunes, miércoles, jueves y viernes). Es curioso lo que solemos entender por rutina: aquello que se forja en nuestras cabezas aún cuando fallen las fórmulas pre-configuradas. Vicky esperaba como todos los lunes de semana unos spaguettis recién sacados de la olla, humeantes, desprendiendo ese olor a bacon y nata que tanto le gustaba. Mas, esa noche de aquel día, Vicky no se encontró ni los espaguetis, y, en consecuencia, al delantal con la madre atada a él.
“¿Dónde están mis spaguettis?” Fue lo primero que se escapó de los labios de la pequeña Victoria. Un reclamo de su posesión. Todo parecía ser dispuesto para ella, esta es la verdad de al infancia en los pequeños príncipes y princesas. Después, al no obtener respuesta, generalizó todavía más: “¿Dónde estás, mamá?” Ninguna de las dos preguntas obtuvo, como era de suponer, respuesta. ¿Qué había pasado con Jane (Juana)? Se escuchaban ruidos al fondo del pasillo que llegaban desde su principio, donde terminaba la cocina. Ruidos como de prisas, si así podían definirse.
Al cabo de un momento apareció un tipo con bigotes engominados hacia arriba que se apresuró a preparar los espaguetis prometidos por el calendario.
- Tu eres Vicky ¿no es así?
- Sí señor…
- Bien. ¿me dejas que sea yo el que te prepare la cena?
- No sé… La comida cambia cuando otras manos se ocupan de ella.
- Sí hijo, cada uno tenemos nuestra concepción de la gastronomía… ¡Uy, este queso! Será mejor echarlo con los espaguetis antes de que la madre naturaleza se lo acabe comiendo…

Aquel individuo le resultaba simpático. Extrañamente, había concebido dentro de sí una imagen casi familiar de aquel completo desconocido. Parecía relacionar aquella voz entre aquellas que, en la cuna, le cantaban a coro esas nanas tan monótonas- dignas del peor de los oídos- que conseguían dormirle por aburrimiento. Infinitas voces de desconocidos le habían educado durante toda su vida, sin poder este retener sus rostros nunca.
- ¿Quién es usted y qué hace en mi casa?
- Soy un amigo de tu madre. Ella no puede atenderte, se encuentra enferma, metida en cama.

Esto debía de ser cierto, pues días atrás la pequeña Victoria había notado a su madre excesivamente cansada, aunque en ningún momento dejó que la vida funcionase sin ella.
- Y dime, Vicky: ¿Tienes a tu madre contenta? ¿Eres buena estudiante?
- ¡Todo el mundo que no me conoce me pregunta por lo mismo! ¿No podría preguntarme por mis lunares? ¡Parezco una galaxia naranja!
- Eres un chico pelirrojo y eso que tú llamas lunares- pero que yo llamo pecas- es bastante común…
- Ya, pero aunque sea obvio, me gusta que me pregunten por ellas…

La mamá de la pequeña Victoria se encontraba mal, pero no era excusa suficiente para obligarse a permanecer en la cama. El señor de los bigotes tiesos no era exactamente un amigo y, tras este primer encontronazo con la realidad, la chica no pudo más que sospechar, que tratar de buscar coherencia A LAS COSAS.
“Mamá Siempre fue muy independiente. Desde que se separó de papá, se había desentendido del mundo.”
Nunca sabremos si algunos trabajos se ejercen por necesidad o por placer, pero está claro que aquella mujer no soportaba la soledad…
Ahora, mediante una transición que tan solo comprendía a ratos, pudo Victoria llegar a la comprensión total de la situación. Solo le quedaba terminar los estudios obligatorios para poder ponerse a trabajar y desestancar aquella situación. Lo que nunca pudo llegar a sospechar fue que su madre era realmente feliz en ese trabajo.
Diez años después, su madre se casó con un tipo por quien sentía en verdad estima: el señor de los bigotes. Desde aquel día había seguido yendo a verla casi semanalmente, como un verdadero novio. Y, por supuesto, se aprendió a la perfección la receta de los carbonara. Juntos, concibieron a Cloe.

Desconectó, eso sí, el cable de la plancha para darse un respiro. Cuando hubo descansado, volvió a meter lo planchado hasta el momento de nuevo en el cesto y después lo arrojó por la ventana del patio. El enorme estruendo hizo abrir, por parte de sus vecinos, algunas ventanas del inmueble por encima y por debajo de su piso. Ella ya había cerrado la ventana y nada de esto oía. Le daba igual. Sin apagar la luz de la cocina, salió de la casa y, ya en la calle, arrojó las llaves en el primer contenedor que vio. Llegó a la casa donde vivía su amigo Joaquín y llamó, por el portero automático, a su piso. La puerta se abrió sin ninguna voz que preguntara quién llamaba. Se saludaron con los dos besos de cortesía y tomaron una pizza recalentada en el microondas. Al día siguiente, Victoria y Joaquín comenzaron a trabajar juntos vendiendo aspiradoras a domicilio.


3 – 2 – 09

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