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LÓPEZ COBOS Y EL POLLO DE GOMA

>> miércoles, 11 de marzo de 2009

A Wagner no le comprenden los directores de orquesta casi nunca (para respiro de los espectadores: Llevan su música lo más velozmente posible y queda desacorde para con sus densos libretos: Ya pueden pasar diez minutos que la situación apenas ha evolucionado… Además, los escenógrafos creen que pueden superar su Obra de Arte Total transgrediendo su época acorde con los tiempos que ahora corren y hacen cada patochada que para qué. Por ejemplo: Hoy Esteban, amigo muy querido con el que tengo pendiente una película a realizar conjuntamente, me ha llevado al ensayo general de Tanjoiser (esto es, Tannhausser) en el Real. Nos hemos encontrado con una perfecta ejecución que nada entorpecía la corriente circulación de la obra. Salvo la indumentaria de los del foso, algunos de los cuales parecían ir en bermudas (está claro que para algunos músicos la sensibilidad no es lo total que quisieran) parecía el día del estreno. Claro que, de haberlo sido, los Wagnerianos acérrimos le habrían abucheado por cagaprisas. Hemos de agradecer que el director de escena no se pasease por su tablao como Peter por su casa (como me dijo Esteban, en un ensayo de Tosca, uno de los cabecillas de aquella mafia tan decorosa se puso delante en la ejecución del protagonista ¡en pleno fusilamiento, que poco respeto al futuro fenecido! Total, que entre pitos y flautas y con esto de las moderneces, nos plantan un Monte de Venus donde el que no sale en bolingas está haciendo un trío indecoroso sin importarle sexo, raza ni condición animal ¡deleznable, me distraían aquellas suculentas escenas de la Overtura que daba comienzo a la ópera! No me pareció bien, en suma y ya hablando seriamente (raro en mí) esta agresividad tan poco calculada con los compases y teñida de un rojo arquetípico de lo malo malísimo (y lo blanco para lo virginal de la doncella).

MOMENTOS ESTELARES
Ni ella, la protagonista, era tan nórdica, ni el protagonista tan hombre (tenía más tetas que ella, con perdón).
La aparición de un angelito al final como representación suprema de que “el bien ha entrado en su hogar” (parecía un anuncio barato).
La sinfonía paralela de toses, sonados de nariz y arranques que competían con los solistas (¡a ver quién era mas chulo! parecían decirse) amén de los ictus nerviosos con los que algunos parecían cantar el “tico tico”. ¡Vaya sesión de jubiletas! (con todo mi respeto hacia las personas mayores que se merecen tal distintivo).
Luego, los aplausos, los vítores y los saludos triomphales. Siempre he tenido una bonita sensación cuando he ido a saludar a los directores a los camerinos al pensar en que hace unos diez minutos eran los protagonistas de la escena…
Esteban quiso llevarme a ver a López Cobos pero a última hora se arrepintió. “Tiene pinta de que le gusten las fotos con pollos de goma y otras variantes”.

FIN

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