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El Museo Imaginario

>> jueves, 19 de marzo de 2009

No sé de qué fechas data la primera vez que vi esta fotografía que me dejó obnubilado: Se trataba de André Malraux y su propósito por condensar la historia del Arte en una habitación de su casa. Hasta ahora, el propósito resultaba desmesurado, nadie podía creer que esto podría ser llevado hasta este extremo, casi una realidad para aquel que desee en un mismo día y en un mismo lugar dar un repaso tan exacto a todas las culturas a lo largo de toda nuestra historia. Miento, recuerdo una intentona anterior: un diseño de mesa de mármol redonda sobre la cual había acumulados los símbolos que nos definían a la hora de tomar el té. Los dibujos se encontraban tan comprimidos que habían sido dispuestos aleatoriamente, en todos los sentidos como el niño que trata de configurar en una página de álbum los cromos que va consiguiendo de chocolatinas. Así, por mucho que se girase la rueda, esta nunca se pondría en su sitio ¡nadie sabría cuál sería su correcta posición! Bueno, pues como decía, la introducción de la instantánea tras la aparición del grabado hizo que la cultura pudiese difundirse de manera más sencilla y eficaz por cualquier lugar: uno podía llevarse en un bolsillo La Victoria de Samotracia o los Borrachos de Velázquez. Eso sí, debían de ser algunas obras pues no todas se permitían fotografiar. Quizás Malraux lo que trataba era un anhelo de ambición, un propósito casi inconmensurable que parecía que le iba a llevar una cuidada selección junto a un tiempo de reflexión importante.

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