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POR LAS MAÑANAS

>> jueves, 5 de marzo de 2009

La savia fresca que recorre los brotes de mis buenos días saludaban siempre al portero de la finca con un “Hasta luego, Jesús”. Hay gente que no comprende que los saludos pueden ser también despedidas…
Para que mamá no sospeche nada, nunca llevaré a mano una fotografía de mi novio sino de alguien que a él se parezca. Esto lo deduje fácilmente de la novela “Nada” de Laforet. Hay que ser discretos y amar a un San Jorge dejando al dragón a un lado. Nunca me podrán decir “Alicia, deja de pensar en San Jorge”. Realmente yo estaría enamorada del San Jorge y Jorge sería alguien que me lo recordara. Este chico, más que San Jorge, era un Cary Grant. “La pintura e cosa mentale” decía Leonardo. Zeuxis murió de risa mientras pintaba a una vieja.
Apeles hace callar a Zeuxis. “Has tratado de apartar una cortina para poder ver un cuadro. Lo que no sabías es que la cortina formaba parte del cuadro, que estaba pintada, que era un trampantojo.” El zapatero de Apeles trató de criticar las piernas pintadas que llevaban sus sandalias en un cuadro. “El zapatero no debe de juzgar más arriba de las sandalias”. En resumidas cuentas: “Zapatero a tus zapatos”.
Sin duda los mejores críticos estaban hechos unos animales. Zeuxis se sintió satisfecho de la veracidad de las uvas de su bodegón porque unos pájaros fueron a picotearlas. El niño que las sostenía no sería tan logrado cuando los pájaros no temieron su “supuesta presencia”.

Cuando conocí a Alicia, me encontraba leyendo “”Nada” de Carmen Laforet en un banco a la salida de una clase. Esperaba entrar en ella pero para esto tenía que terminar la clase que se estaba impartiendo. Una vez sonara el timbre me levantaría y esperaría con el libro bajo el brazo que esta quedase vacía. Aquí resultaba como en los autobuses: dejen salir para después entrar”. ¡Echo de menos aquellos carteles que prohibían las injurias sin motivo en los lugares públicos! Las normas ya no son lo que eran, ahora se conforman con que no se formen atascos. Ese día había llegado media hora antes como todos los días. Me apremió la necesidad de echar un trago para poder seguir leyendo sin carraspear en la dicción y, al volver, el banco se encontraba ocupado en una esquina por una chica que me había estado observando antes tímida, desde el fondo del pasillo. Me recordaba a Ingrid Bergman.Yo ya no podía leer con tranquilidad teniendo a una admiradora que se aburría cazando moscas sentada. Le sonaban las tripas y esto me animó a llenar los vacíos con un sonido que distrajera a los ratones:
- Este libro sí que me encoge las tripas. ¿Lo has leído?
- No, ví la película de Edgar Neville. Estoy en cine ¿sabes?
- ¿Ah sí? ¡Lástima que no hayas nacido diez años más tarde… ¡Estudiarías mis películas!
- ¿Haces cine?
- Bueno, más o menos. Soy autodidacta ¿sabes?
- Vamos, que tú escribes historias asombrosas para que gente como yo acabe llevándotelas a la pantalla ¿no? ¡Vaya morro!
- Deberían besar por donde piso, pagar por mis lecciones magistrales.
- Entonces serías profesor…
- Yo no pienso ser director frustrado… Llegaré lejos y no me alimentaré de clases sino que seré yo quien de pan a otros…
- Muy subidito te veo… ¡Deja de hablar de pan!
- Vaya, lo siento…
- No te preocupes… Espero a alguien para poder ir a comer, pero agradecería una distracción sin alimentos de por medio… Hasta la palabra alimento da hambre…

Salió el supuesto novio de la clase que acababa de terminar. Yo ni había escuchado el timbre. La dio un beso. Entonces me asaltó una terrible rabia. “¿Cómo podía tener a la novia desnutrida mientras él estudiaba los precios de la carne en los mercados españoles?”
El siguiente día que la volvía a ver me la llevé a comer por mi cuenta y, al salir aquel personaje que tenía por novio, le dije que se llevase al Vips a otra, que ella merecía algo más que una ensalada César. Adopté la ley del mínimo esfuerzo de Clint Eastwood: Decirlo todo con un gesto. A ratos parecía Bogart, aunque en realidad era el aparentemente inocente Anthony Perkins. Yo siempre fui muy obediente con mi madre.
A veces incluso todavía me reprochan que sea tan duro conmigo mismo como si realmente con quien me encarase fuese con quien me reprende: “¡Basta ya, deja de pegarte, me molesta, ya me tienes harto, no te lo tolero!”

“Y la moraleja de Psicosis era: Niños., haced caso a vuestras madres por el bien vuestro…”

Por la noche, fuimos a ver “Encadenados”.

Sésil Démil

3 comentarios:

Anónimo 5 de marzo de 2009, 17:23  

Quizás haya más cercanía entre Clint y Apeles, que entre los desvencijados alumnos de nuestra facultad y el genial pintor.El vaquero que interpretaba Clint Eastwood era el observador impasible cuyos movimientos se limitaban a una acción precisa, exacta,perfecta: Primero, miraba a lo lejos,luego escupía, momento en el cuál, clavaba su mirada sobre el rival a batir. Entonces es cuando disparaba sus secas frases,tan parcas en palabras como concisas y poderosas.

putativus 6 de marzo de 2009, 14:23  

De todas formas, la sensibilidad de Carmen Laforet poco tendría que ver con Clint... Fué una tormenta de ideas que rápidamente coagulé.

Anónimo 8 de marzo de 2009, 5:28  

Si es que la gente comenta lo que sale de los cojones.

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