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OTRO SONIDO

>> domingo, 19 de abril de 2009

(Relato inspirado en una idea original de Ricardo Tourón)

Desde mi posición escuchaba aquel canto como el mejor, como el aventajado del público. Aquellos caballeros (que se escondían tras su uniforme monacal) parecían sentirse seguros en su conjunto sin saber lo que estaban cantando. El latín se había reservado para los eruditos hasta en su más ínfima construcción. ¡Hablaban por hablar! Miento: Detrás estaba la música pero parecía haberse vuelto también esquiva para el oyente.
Escuchaba aquello y me decía a mí mismo: “¡Escucha los tambores, las trompetas que parecen anunciar al Rey David! Sin embargo, aquello no era para mí bello, por mucho que tratara de convencerme. Tantas veces repetida la misma idea, acabé por no creérmela. Aquellas voces me hablaban de simetría. La simetría parece ser el cauce que da significado a aquello que nos gusta porque nos recuerda a otra cosa. ¿La simetría es afín a todos, es a lo máximo a lo que podemos aspirar? Creo que, en este caso, este supuesto equilibrio formal me aburría porque no me decía nada. Parecía querer hablarme, dirigirse a mí, pero en realidad quería que tú le escucharas. Ese sonido me fatigaba ¿acaso no estaba yo a la altura de la conversación? Comencé a comprender un poco toda aquella maraña con aquel cansancio, cuando ya no era consciente de la situación. Cuando la situación me había superado, solo cuando había dejado de escuchar mi propia voz y abandonado cualquier pesquisa, entonces aquello penetró en mí como la más límpida de las luces por el cristal exento de suciedad. Esa música convenció a la lógica. Aquel bosque difuso de raíces de espino comenzó a reprimir su incomunicación: entonces acaricié la vida vegetal, que latía en mis manos sin problemas. Ese ruido aparentemente incoherente comenzó a ordenarse. Las palabras se volvían claras, transparentes, a este pagano que les abría la puerta de su humilde casa. Después de las palabras, vinieron los nexos que separaban los términos. Entonces sonó el discurso contemporáneo, llegó a mí con claridad. Y fue entonces cuando noté mis manos mojadas en sangre por las espinas de aquel vergel tan bello.
La voz general, una sola, me canturreaba al oído hasta notar el vapor humedecer mi oreja: “Sal de aquí, no deberías de estar en este lugar… Retrocede… No deberías… Sal… ¿Qué has hecho para tener que guarecerte aquí?... ¿Qué has hecho?... Sal… Dilo… Vuelve… enfréntate afuera a lo que has hecho… Sal… No deberías estar aquí…
Comencé a anhelar lo incomprensible. ¡No quiero entender, venga a mi este “placer”! me había sentido invitado para sentarme en un banco… pero había descubierto que estaba manchado.
Manos ensangrentadas… Manos teñidas con flores de rosa…
La gente me miraba mirar sus miradas. Luego, las manos. Las escondí pero solo conseguí manchar el banco de atrás. Salí con aquel coro con sus voces llamando a mi expulsión, pidiendo cordura. En verdad, fue el Dies Irae más bello que escuché nunca.

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