Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

COMIENZO Y FINAL DE UNA PÁGINA

>> lunes, 27 de abril de 2009

Aves negras caminan por los campos
siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas.


Dejé de leer un momento y la observé por encima del libro. Allí estaba, sentada frente a mí, sin imaginar lo que estaba leyendo. Aunque le hubiese dicho que se llamaba “Autorretrato” y que lo había escrito Adam Zagajewski, le habría dado lo mismo. Leerle el poema entero habría resultado la misma pérdida tiempo. Era una poesía que ella no podría entender. Al segundo verso, habría dejado de escuchar. Soy consciente de que hay personas que con setenta años ponen más de su parte. ¡No hay vanguardia cultural que les asuste, por muy rompedora que sea! Este tipo de personas se modernizan en cada momento. Son incombustibles. Pero ella no. A ella todo lo que no se ajustara a los cánones le parecía absurdo. Los libros escolares de los padres escolapios. ¿Acaso nunca había leído un cuento? “El gato con botas”, por ejemplo. ¿Qué hay de normal en un gato que anda sobre dos patas que calzan botas? Nada. Al parecer, los niños están más predispuestos al absurdo que los adultos. Allí estaba, como una viuda del poema de Zagajewski. ¡No nos engañemos, también cuando ella era joven había poetas que rompían con lo establecido! Pero esos no los había leído nunca o, si los había leído, los malinterpretaba. Pablo Neruda era un revolucionario de la poética y, sin embargo, aquí se leía todavía a Campoamor. Era otra forma de ver el mundo.
Desde que su marido falleció, ella había quedado descolgada del mundo. Nada le interesaba ya, aunque es cierto que nunca hizo mucho por aprovechar las posibilidades que la vida le deparaba. Vivió humildemente, con las cuatro cositas necesarias del día a día y algún periódico por medio para distraerse. El fútbol, las cartas… quizá alguna copla de Piquer y algún recitado de la Membrives (¿dónde estaba Margarita Xirgu?).
Solo le quedaba la muerte y la esperanza de reencontrarse con él, como en “Un marido de ida y vuelta” de Enrique Jardiel Poncela. Suspirar por lo dura que era la vida para ella. Todo tristeza. Esa necesidad de mortificarse minuto a minuto, hora a hora, día a día, mes a mes, hora a hora… Y yo, leyendo a Zagajewski. Me sentía mal porque parecía criticarla asumiendo lo que decía el poeta. Delante de ella, la diseccionaba leyendo (¿era una auténtica “viuda española”? ¿Qué imaginaba Zagakewski que podía ser una “viuda española”?). Volví a bajar la cabeza. Ella, confusa por haberme visto mirándola durante dos minutos sin decirle nada, me dijo: “Muchacha ¿me querías decir algo?” y yo la contesté “nada, abuela, nada. Solo te miraba. Me gusta mirarte porque aprendo de ti… porque aprendo a quererte conociéndote con tus virtudes y tus defectos.” Pensé entonces que la poesía estaba muy bien, pero que la realidad era mi abuela y no había poeta en el mundo capaz de conocerla. Ni siquiera yo creyéndome poeta sería capaz de tal tarea, pues aquí no vale literatura ni vanguardia. ¿Qué saben los escritores, los artistas, de lo que mi abuela puede sentir, de sus circunstancias? Absolutamente nada. Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa. Ella me sonreía, no me había quitado ojo. Parecía que los domingos, cuando iba a visitarla, mi abuela olvidaba sus pesares y encontraba entretenimiento. Su realidad era la familia, sus seres queridos. En todo se había quedado pasada de moda. Estando con ella parecía reavivar su llama y no le importaba que le hablase de cosas tan extrañas como aquel poema de ese poeta polaco del siglo XXI. Ella me escuchaba o pretendía que me sintiera a gusto haciéndome creer que me escuchaba. No importaba cómo, pero conmigo. Este parecía su lema. Así, yo le pedía que rescatara de la memoria sus viejos recuerdos. Vivía del pasado, porque este le explicaba y le definía como persona que en un momento fue y que ahora era, aunque ya no saliera a dar una vuelta con las amigas por la gran Vía de la ciudad o ya no hubiera vuelto a bailar un bolero en algún local de moda. Entrar en su casa era como regresar a una época perdida en la máquina del tiempo que todos tenemos (porque la hemos inventado) en la cabeza. Ella vivía en un momento antiguo concreto. Las manecillas de su reloj se habían detenido hacía ya un tiempo, aunque el péndulo continuara moviéndose. Al salir de allí, leería de verdad aquel libro: estaría conectada de nuevo a mi realidad, a mi época. ¿Cómo conciliar el reloj de mi abuela con el de mi época? Al fin y al cabo, mi pasado era ella. Ella era mi historia y a Zagajewski acababa de conocerle.

Eres tan sólo un sueño, una imagen,
sólo un anhelo eres.
Cuando te vayas, como las nubes,
se teñirá de bronce tu recuerdo.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP