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La Cancion de la Tierra (Eigen nafen istrufff... o algo así)

>> miércoles, 29 de abril de 2009


Basado en el título de una obra de Gustav Mahler. Totalmente hedonista y de colores cálidos, arrulladores que dirían los cursis, esta oda a la música no puede ser más contradictoria. ¿Dónde está la voz, dónde el piano que aporrea el músico de perfil en la penumbra con dedos alargados, no ya de Rachmaninov sino de Nosferatu? Esta obra puede considerarse mural pues fue realizada, al igual que la de San Jerónimo, sobre Pladur, conseguido de los restos de una reforma general en un hospital. Me adelanté al carro de los gitanos y corrí raudo a casa antes de que el peso hiciese que cayera sobre uno de mis pies. Gustav Mahler, representante del Lieder, al igual que Schubert o Richard Strauss, resulta de mi admiración pues todavía no he conseguido digerir su música debido a su tremenda densidad con la que deja su sello. Ejemplo admirable de marido, el yerno que toda madre quisiera para sí, dejó que su mujer Alma se la pegase con amigos tan cercanos como el propio Gropius. Otros motivos pudieran ser que la música le absorbía o que era tonto de remate. Todos sabemos que hay que dejar oxígeno a la pareja, que hay que dejarla respirar, que haga su vida, pero por ese camino esta mujer llevaba ya varias personalidades sobre sus espaldas. Luego, para colmo, compone las canciones a los niños muertos y dos de sus vástagos perecen (por si faltaba la superstición en su vida). Alma quedó prendada de él al verle dirigir en un concierto, sus movimientos débiles de un cuerpo enfermizo, su voluntad férrea, su amor por lo que ejecutaba (qué mal suena). Luego van y le echan por judío del cargo… Vamos, todo un cuadro, como para no dedicarle uno.

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