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LAS CATACUMBAS DE METRÓPOLIS

>> viernes, 3 de abril de 2009

Todos sabemos que los estratos que se esconden bajo las ciudades aproximan a sus ciudadanos a sus orígenes más sinceros, a la verdad de cada uno de ellos, la que eligieron y no la que les eligen ahora. En el subterráneo nació la fe cristiana, en el subterráneo se cristalizó la religión europea con sus más y sus menos traídos por Lutero. Claro que, por entonces no había obreros ni la fe ciega estaba en una mujer, la mujer para el trabajador masculino que, en su sentido más amplio, paganiza una religión llegando a confundir aquella que les revuelve por dentro y aquella pura de rostro prerrafaelita, de rasgos duros que servirían para aquella máquina, la máquina del futuro, la máquina que sustituirá al hombre. Cuando solo haya máquinas y prescindan del hombre que las creó, solo entonces la Metrópolis funcionaría sin ningún tipo de desbarajuste.
Creo que otros ya desempeñan bastante mejor que yo aquella tarea de desmantelar con sus críticas demoledoras (bajo el velo moralizante) lo que otros nos han dejado como una herencia, en un principio valiosa (hasta que, como ya digo, la desmorone algún inconsciente que nunca la sabrá superar o mejorar) y ya no se pueden defender. Parece que los ídolos presentes, los que activamente continúan entre nosotros, resultan intocables, intachables. Yo digo que Fritz Lang consigue una obra redonda, transmite literatura de imágenes, arte con el blanco y negro y expresión de sus elementos… Yo lo digo, pienso que es la obra cumbre del expresionismo alemán, su último aliento y el más penetrante. El otro cine con el que rivalizaba, el que realizaba trescientas obras anuales (¿obras?) era al que nos han tenido siempre acostumbrados y esto era casi el “cine de autor” actual. Pues bien, ya sé que habrá pocos abuelos que muestren a sus nietos estas películas para tenerles entretenidos (si es que les enseñan las mudas americanas del slastic cinema) pero no por esto son menos valiosas. ¿Qué han sido menos divulgadas en nuestra cultura, que han llegado tarde en su reconocimiento? ¡Por supuesto, ha hecho falta que Fritz Lang llegara a Hollywood para que fuéramos a verle engañados con Edward G. Robinson! Es una triste verdad, pero claro, yo hablo hacia la sociedad que ha hecho viable lo inviable y a esta critico. Nunca me verán meterme con un ejemplo concreto, pues hasta Hitler me parece otro desde el visor de Riefenstahl, aquella que hizo posible su aún mayor mitificación… Luego llegó lo que llegó y la gente abrió los ojos ante el gigante de pies de barro. Bueno, a lo que iba. Murnau quedó intacto en su cine tan personal a su pesar, en un accidente de automóvil, cuando había comenzado a estrechar lazos con la industria que salvaría a los directores germanos. ¡Ni siquiera Francia pudo ocuparse de esto, el pobre Renoir acabó también sucumbiendo al destino estadounidense!
Manckievicz le dijo a Mario Camus refiriéndose a su “Colmena” que solo ellos conocían la dificultad del despliegue actoral en escena… Y era tan solo el escenario de un café… ¿Qué le podría decir a la metrópolis de Lang?
Conviven en ella el pasado, el presente y no se vislumbra un futuro ya que este y el presente resulta la misma cosa en este caso.
El caso de la rebeldía del hijo hacia el emporio de su padre (en este caso, desde un punto de vista más humano, el de la explotación humana que cuesta ese emporio o desarrollo financiero) es tema ya de sobra conocido hasta en el mundo real. El padre llegó a recordarme a Peter Lorre en “El Vampiro de Dusseldorff” solo que en este caso el pueblo que le rodea para ajusticiarle no desata su ira contra él y las cosas se solucionan civilizadamente: el apretón de manos tan metafórico en un final abierto que nunca podrá ser tal como hemos visto en la realidad, resulta el final perfecto pues ya nada nos puede asombrar visualmente tras esta sinfonía que se divide en dos partes y un entreacto. La religión sigue ahí, con su Dies Irae, el Apocalipsis, la consecuencia de una lujuria desenfrenada a costa de los que desean ganarse la vida honradamente. No perdamos esta perspectiva. El exceso de los ojos lujuriosos ante la amazonas artificial me indica el origen de la única escena onírica de “Esencia de Verbena” de Giménez Caballero.
¡Resulta cara la escenografía! No quiero imaginar lo que hubiese supuesto la puesta en tamaño real de las fabulosas maquetas. Aún así, la estética nos aparta un poco de los terribles decorados de Caligari… Su violencia se relaja y nos muestra un mundo futuro aunque más real que aquel obtenido de Kirchner (aunque conservando a Groze).
Sin duda, quien se atreva a meter mano a esta película lo hará con la venia injusta de la comparación de la actualidad (y en esto saldrá perdiendo por la poca originalidad del cine) y desde luego sin haberse puesto nunca manos a la obra tratando de hacer su propia carrera en paralelo a todos estos ejemplos. ¡Lástima!

Sésil Démil 3 – 4 - 09

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