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Fantasmagoría

>> sábado, 2 de mayo de 2009

El pequeño Joaquín se miraba todos los días al espejo. Necesitaba saber si estaba perdiendo la visibilidad. “¡Yo no quiero, yo respeto mi cuerpo, no quiero hacer nada malo con ello!” Por entonces los curas del colegio se encontraban en pleno apogeo de doctrina. Se acercaban a los niños por los pasillos y les señalaban con el dedo trisilabeando “¡pecador!” y otras cosas. “Si mi madre me tuvo no fue por los medios que otros consiguen los hijos… ¡Mi madre es decente!” Y luego, en el confesionario “¿Tú no sabes que lo que te sale por ahí es el diablo?” le decía el padre Perugenete al que apodaban cariñosamente “Porelojete”. Él entonces se reafirmaba: “¡Por eso le expulso, padre, por eso le expulso cuatro veces por semana!” En el gimnasio les hacían meterse la ropa por dentro con una regla, para no padecer tocamientos impuros. La situación era insostenible. Joaquín no quería perder la visibilidad y se miraba todos los días en el espejo del almacén de casa, un espejo unido a la puerta del armario de la ropa en desuso. La madre, al verlo siempre ocupado por el chaval que llegaba a realizar la operación tres veces diarias, optó por obviar aquella habitación a la hora de los trabajos de aseo matutino. Eso resultó peor, aunque ella de esto no sabía nada: El espejo fue ganando en roña y Joaquín veía su figura cada vez más disoluta. “¿Por qué?” se castigaba constantemente “¿por qué?”.
2 – 5 - 09

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