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LA INQUIETUD DEL SILENCIO ( ensayo sobre Juan Muñoz)

>> lunes, 11 de mayo de 2009

No, si ya había tenido buen ojo yo cuando en primero de carrera se me ocurrió dirigir el trabajo de final de curso al estudio de este “artista plástico”. Y lo digo con comillas porque, estoy seguro de que haciendo un porcentaje total de sus obras, acaban ganando las esculturas frente a las instalaciones, los dibujos, las pinturas y las grabaciones. No obstante, en el trabajo que realicé conjuntamente con dos compañeros de clase se utilizó ese medio distorsionador que resulta de la mezcolanza oscuridad-imágenes en cadena-música inquietante (la naranja mecánica, el único momento de la banda sonora en que no se utiliza la música clásica). Juan Muñoz ha sido hasta hoy la promesa española, la que más alto ha apuntado, la que más frentes ha investigado, la promesa malograda en unos años de vida realmente injustos para abandonarnos, unos años en los que alcanzó su mayor esplendor en la exposición de la Sala de las Turbinas de la Tate. Recorriendo hoy el Reina Sofía en busca de su encuentro he podido experimentar lo que tan solo podía intuir en las mejores crónicas de la época que lo reseñaban: rodearme de conversaciones silenciosas entre chinos aparentemente iguales entre ellos (dirían seguramente lo mismo de nosotros), con sus extremidades atrofiadas pero siempre con esa sonrisa enigmática en los labios. Ir de un grupo a otro, todos iguales y distintos a la vez ¡ni uno se repetía en su actitud! Luego, subir a las plantas que hasta el momento habían resultado inaccesibles en el museo y ver a los que yo bautizo como “tentetiesos”, una primera idea de estos chinos. Algún extranjero había de los de bañador por pantalones y camiseta del Che como promesa comercial que se abrazaban a estos simpáticos seres terminados en boliche que se fotografiaban poniéndoles gorras de visera en sus cabezas, que golpeaban su estructura para escuchar el metal y comprobar que ¡oh, no era tejido lo que el escultor tan bien simulaba! Continuamos por las estancias blancas, veo a un enanito subido a un podio observando desde una de las ventanas aquel jardín huérfano de Richard Serra todavía. Veo personajes apoyados sobre paredes, uno mascullando con su boca palabras ininteligibles, la proyección de su sombra, de las sombras ¡importante! ¿Qué más, qué más? ¡Ah sí, cortinas que son cartones dados de sí de tanto transporte por exposiciones. Una habitación diminuta donde una voz pretendía hacerse oír por los altavoces y que los espectadores la reprimían hablando un tono muy por encima con frases como “¡Huy que conseguido!”, “este Juan Muñoz era un pillastre” y tal. Me ha gustado, me ha gustado mucho, sinceramente. Continúo apreciando los suelos de tridimensionalidad, el vacío al que somete a sus personajes, sobre todo, recalcándolo, las conversaciones ausentes (aunque sean sobre sillas que sometan a los personajes a un vértigo MUY intencionado…) Yo creo que, más que conversaciones inaudibles lo que funciona es el ambiente de confidencialidad pública que nos demuestran sus personajes, tú entrando, entrometiéndote, temiendo que de repente se giren y te digan algo… No sé, parece que hablo como el típico espectador al que el artista quiere Y PUEDE atrapar en sus redes, pero esa es la gracia, que me inmiscuyo porque me siento dentro de la obra y me afecta, el autor consigue lo que se propone, es un resultado perfecto.
Con Alberto Iglesias en el sonido de la radio, algo todavía más inquietante (pues los oyentes solo tienen eso, el oído) y, después, la neurisma tan prematura. Juan Muñoz, trabajador incansable, productor inagotable, venga aquí mi homenaje.
Juan Muñoz, IN MEMORIAM.

11 – 5 – 09

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