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DOS POR UNO

>> sábado, 20 de junio de 2009

- Maite ¿quién es ese señor que escribe en esa mesa individual?
- Es Pedro Zaumendi, el célebre escritor, y no es una mesa individual sino su escritorio…
- Qué ricos están los huevos rotos con magras ¿verdad?
- ¡Y los pimientos, impecables en su picor!
- ¡Bueno, bueno, haced sitio para las ensaladas!
- No comprendo qué hace un célebre escritor en un ambiente tan disperso como el público…
- Nadie lo entiende… Nos gusta no entenderlo, forma parte de la atracción…
- Bueno, ¿qué pasa con el vino? ¿La botella lleva tus iniciales o qué?
- Su casa ahora es el restaurante… Bueno, más bien ahora su despacho forma temporalmente parte del restaurante. Picaron donde no debían y ahora él cobra por ser observado en su trabajo. Viene en la carta.
- ¡Y hasta en la entrada con tiza rosa!

Zunzumendi se debatía en búsqueda de un adjetivo decente para una frase indecorosa. Revolvía en papeles y hojeaba diccionarios sin dar tiempo a detenerse en lo que decían, todo muy maquinal. Parecía el guión que le habían puesto los camareros para el espectáculo.

- Y sin embargo no es así. Andoni, el maitre, sabe lo que verdaderamente pasa, y es que la máquina de escribir tiene puesta el piloto automático… Las cintas de tinta llevan impreso ya el mensaje, todo sucede como debería en un trabajo decidido, sin folios que terminen hechos pelotas sin encestar en papeleras puestas tres centímetros más allá.
“¿Qué diría mi madre de todo esto?” pensaba Zunzumendi. “La pobre llevaba la fábrica de estas máquinas que ahora se mangonean sin ningún respeto al pasado. ¿Habría dado ella carta blanca? ¿Alguien me ha preguntado lo que hubiese querido escribir?” Zunzumendi desconocía lo que decían los carretes de cinta que a diario le instalaban en una máquina que movía sola sus teclas. “Un día me voy a cabrear y me voy a levantar para que se vea el truco. ¡Me deben una pared!”

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