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LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS

>> martes, 30 de junio de 2009


Bolígrafo sobre papel

En la España de posguerra tuvimos un puñado de buenos directores: Ladislao Vajda, Fernán-Gómez, de paso Buñuel y Ferreri. Pero si hemos de ser justos con la historia, deberemos de hablar de Edgar Neville como incondicional, como afincado con verdaderas raíces en esta tierra. Con “La torre de los siete jorobados”, este director nos habla de las infinitas posibilidades que una historia inverosímil puede tener con los presupuestos cinematográficos de entonces. Nos habla de un cierto expresionismo alemán en los personajes y decorados e, incluso, parece querer homenajear a Segundo de Chomón en su papel en la película de “Cabiria” de Pastrone con los efectos especiales de entonces (aunque, la verdad, Italia era Italia y los sueños se concedían más fácilmente). A mi siempre me ha encantado jugar con realismos mágicos, con Atlántidas soterradas, con lo increíble en lo cotidiano. Las apariciones y desapariciones por espejos que tanto le gustaban a Cocteau son aquí menos sutiles pero igual de efectivas para el caso, el encanto de un cine costumbrista que a la vez nos habla de un pasado (por entonces menos remoto que ahora) nos recuerda a los primeros pasos del cine patrio, esto es, sin sonido o mudo. Edgar Neville, dramaturgo por excelencia, que bebió de las fuentes de ese Hollywood hasta donde se desplazó Mihura o Benavente, es de las pocas personas a las que se hizo justicia en este santo país o, siendo más concretos, se le hizo caso, que ya es bastante. No sé si rebajó sus expectativas pero lo cierto es que, si esto sucedió, supo adaptarse muy bien al medio. Es un cine agradecido de ver, que nos rescata un poco del adormecimiento al que nos encontrábamos sometidos con Suevia Films, Cifesa, etcétera. Es como ese primer cuadro extraño de Goya (suponiendo que los tapices fueran las películas comunes y “el matrimonio de conveniencia” o “el obrero herido” ese cine no tan común). Se ha sabido conjuntar la TDT en la televisión todavía de tubos. Lo nacional sigue ahí pero con un sabor de cuento más abierto a las antologías europeas. Es como si Washington Irving continuara escribiendo.

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