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RIGOLETTO, EL BUFÓN QUE NO PODÍA LLORAR

>> domingo, 14 de junio de 2009

Creo que es inconcebible comparar una representación íntegra al reducto de un tocadiscos o de un libreto. Es solo aquí, donde los tres componente funcionan (puesta en escena, música y argumento) donde se debe de hacer justicia a la ópera, concebida como espectáculo de masas al carecer de los otros elementos. Rigoletto nos habla de una historia sublime que puede resultar desagradable a cualquiera si se la descontextualiza de las palabras “ópera clásica” y “Verdi” o lírica-italiana y compositor-elegido-para la posteridad. ¡Qué bonita manera de congeniar sentimientos mediante aquello que Fernán Gómez refería con “el mentiroso que advierte al público de que va a mentir”! La Donna e Mobile en todo el conjunto no es más que una nimiedad, pero, curiosamente, se la ha descontextualizado para servir de pieza fetiche a cualquier barriobajero que trata, inventándose la letra, de hacer burla a la mujer (con comparaciones como ya digo que ni conoce ni sabe qué quieren decir). Así, todo lo que el populacho escuchaba desde las ventanas de pisos cultos con fonógrafo lo que viene a llamarse antología de cultura para hijos de porteros. Quizás otra transmisión o adaptación pre-cinematográfica son estas vivas sensaciones de moros celosos, bufones vengativos o damas de las camelias de Chamberí como decía Pío Baroja. El torrente sensacional afecta a historias puras y afines al espíritu común, lo que puede acercarlas más al contexto de denuncia político-social de sus herederos: véase la Naranja Mecánica de Kubrick, por ejemplo, quien abusa y bien de una manipulación a otras escalas.
En el sentido continuador, una historia actual podría ser la del pobre espectador que hace cola minutos antes de la representación para encontrar una butaca asequible detrás de una columna o en un palco lateral, como fue mi caso, descubriendo una vez allí una pérdida de visión progresiva al no conseguir enfocar los títulos de la pantalla y precisar de las gafas de su compañero. ¡Descubrir en Rigoletto nada más y nada menos que uno va perdiendo primeras facultades, en una madurez casi a estrenar! Uno observa a través de los lentos que el mundo no era perfecto hasta que enfocó con más concreción y que aún así las cosas no se captan en su exactitud.
Un Rigoletto sin joroba es como un Otello japonés o una Madamme Butterfly que se lleva a su hija a la cabaña amazónica para dejarla jugar mientras se da muerte.
Pues allí estaba ese Rigoletto moderno que por no ser no era ni feo (y se comprende pues una hija bella no puede ganarlo todo de los atributos de la madre), allí estaban esos cortesanos que en un principio se mezclan de la misma ridícula indumentaria (e incluso físicamente resultan más horribles que Rigoletto). El vestuario era cruel hasta para las botas del pobre bufón que al ser de goma hacían su peculiar ruido cuando el payaso se arrodillaba para pedir clemencia a los que en ese momento tenían en posesión a su Gilda. La escenografía si que resultó práctica, pues mantenía a los personajes en sus posiciones correspondientes sin distraer al espectador en el cambio de escenas.
¿Qué haría yo en su lugar? No lo sé, no me encargo de empolvar caras y conchas de apuntadores pero de seguro que en nada superaría aquello que he venido a tachar de “medio” para condenarlo a una no-posteridad. Que se critiquen mis críticas lo veo mucho más razonable. También es verdad que el resultado sería como el de un mecánico que interrumpe un cóctel para echar la bronca a su señorito que en ese momento se encontraba demostrando que “todo lo que empiece por pi le daba nauseas, hasta el 3.14-15…” Los comensales se reirían de la anécdota del coche y olvidarían la fórmula del infinito, la que da per4miso a que el coche se averíe tantas veces y tantas fiestas se interrumpan nuevamente. Se olvidaría poner remedio para situaciones futuras (despedir al mecánico o dejar de conducir, o quitar las ruedas al coche o aparcarlo).
Yo reconozco que a los que contrato para reordenar mi vida deben emprender un trabajo de restauración superior al de la Capilla Sixtina y encima para cosas más que mediocres “bajocres”, negativo, bajo cero. Por eso doy gracias a mis asistentes personales intermitentes que no reciben paga mensual porque no llegan a una tarde, a ellos va este homenaje, a ellos van las piruetas de Rigoletto, a ellos va un beso al aire (debido a mi timidez), a ellos la montera del torero, a ellos la uva y para mi la rama seca que pierde su jugo al desprenderse de su ansiado fruto (que pacientemente cuida hasta que deja el hogar). En fin, tantas cosas que decir hablando de Rigoletto, que espero no me pregunten por el futuro económico de Europa.

Sésil Démil 12 – 9 – 09

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