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Un americano en París o el pintor-café cantante que buscó fortuna en París

>> martes, 9 de junio de 2009

Creo que de pequeños todos tenemos ídolos. Pensaba en Gene Kelly porque yo conocí el cine cronológicamente, empezando por el mudo y después por un sonoro y en color como O´Selznick´s “Gone With the Wind”. “Anchors aweight” (Levando Anclas) supuso una introducción en el humanismo del séptimo Arte: Dramatizar, bailar y cantar y, en el fondo de todo esto, Gene Kelly. En “Un Americano en París” o un pintor que danza y canta, me he encontrado y ya habiendo pasado un tiempo desde que me alejé de los musicales, verdades como templos que yo siempre sentí y creía ser bicho raro: la dificultad de un artista por desprenderse de sus cuadros pues son parte de él y con él se van (y no como el ejemplo que bien se pone de los escritores donde siempre podrán adquirir un ejemplar de su trabajo), el músico que quiere serlo todo en aquella ensoñación que casi recuerda la obra de arte total de Wagner y, por supuesto, guiños para mí claros del cine al arte como el del pintor buscando un lienzo adecuado para su marco y Malraux en su “Museo imaginario” realizando también inventario aunque en otro sentido. Por otro lado (on the other hand) habemus fallos garrafales, como aquel que dice (siempre para nuestro bando, qué pena) que para que una voz de doblaje se ajuste a su original, si es la de uno que tiene deje de gilipollas, mejor que se abstenga y se busque una más respetable (aunque entre las canciones originales y los comentarios en español casi no relacionemos la voz). En cuanto al doblaje, siguiendo por este curso, tampoco comprendo porqué un americano trata de enseñar a unos niños franceses su idioma originario en español. Estas cosas confunden aunque tan solo sea a los que emitimos juicios más allá de los admitidos por el público general. Bueno, en el plano musical no hay nada que decir, Gershwin se ve satisfecho en la coreografía apoteósica final, donde su Americano en París se muestra sin demasiados arreglos para su papel en el cine: es más bien el estilo de Kelly organizando a lo Busby Berkley sus ballets el que se ajusta a quien le da el título de su película, por otra parte dirigida por Vicente Minelli, un italiano. Otra cosa: los dientes conejales de Leslie Caron puede que formen parte de su pechonalidad, pero a mí me desagradan. Creo, de hecho, que es la pareja más rara que Kelly se agenció para sus toques cinematográficos femeninos, pero, siendo yo una contrariedad con patas, acepto esa parte tan melosa que añade al film, creo que se nos hace mucho más cercana en este sentido que cualquier otra como Reynolds en “Singing in the Rain”, aunque fuese esta un enamoramiento pasajero más dentro de mi platónica existencia.
Otra cosa: eso de que los pintores que no pasen por París pueden ir dejando sus trastos a coger telarañas en una esquina me parece pasado, que ayuda a hinchar la idea de la capital (que sí, fue meca del Arte en su tiempo pero que en los cincuenta estaba casi desinflada) como lugar-postal-romántico-idílico que tanto puede no convenirle.
¡Claro, tratar de llevar un poema sinfónico de Gershwin a los años cincuenta después de la segunda Guarra Mundial tiene ya sus inconvenientes, pero en fin, no nos vamos aquí a poner a reglar o que los librepensadores pueden hacer con sus admirados fetiches (yo soy el primero que defiendo que el cine tiene libertad individual para no ceñirse a otro elemento, sea literario o, como en este caso, musical. Encontramos, de hecho, en nuestro sacrosanto país, un ejemplo claro que ni siquiera puede considerarse poema sinfónico: “Suspiros de España” de Benito Perojo, que bien se encarga de indicar en los créditos que se basa en el famoso pasodoble cañí.

9 – 6 – 09

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