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CERRADO POR VACACIONES

>> viernes, 10 de julio de 2009

Esto tenía que pasar tarde o temprano.
Me marcho durante el periodo Julio y Agosto ¡pero volveré en Septiembre para seguir metiendo siete entradas por día y haceros entretenidos momentos de aburrimiento donde no sabeis en qué página meteros! También los habrá acérimos que nada más conectar internet se metan aquí a fisgonear.
Bueno, ya en serio, os agradezco a todos el interés por este mundo tan chiquitín pero que abarca (al menos en mi caso) todos los sentimientos de una persona... Un diario serio y riguroso donde poder seguir la evolución de un semiartista.

¡Nos vemos dentro de un mes!

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"Der brücke" (2009) dirigida por Javier Mateo Hidalgo



Cartel






Fotografias








Todo empezó con aquel puente. Siempre separando el metro de la Facultad. Testimonio de granito, su sola presencia inspira un respeto que solo la resistencia a tiempos casi legendarios concita y suscita. Presencia amenazante para el viajero que se lo encuentra en su camino (un encuentro tal vez inesperado, fortuito), le avisa de recuerdos trágicos de contienda con sus heridas de metralla, y a la vez sirve de refugio secreto donde poder desglosar irónicos testimonios: "Aquí estuvo la policía y les conté un chiste" reza una marca de tiza improvisada.

Hay que atravesar a este puente, con decisión o sin ella. ¿Qué aguarda después? ¿La incertidumbre?

Las reglas de un juego donde el Puente es solo una casilla. Ya no hay vuelta atrás. El destino juega con nosotros y tira sus dados. Los hilos que mueven nuestras manos, nuestras piernas, se pierden en la leyenda de Penélope, en la fábula de Aracne... Todo ello tejido por Las Hilanderas de Velázquez.

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SEPTIMINO DE CAZA

>> jueves, 9 de julio de 2009






Habíamos venido todos: Catalina Quinta, la señora Dolores Fuertes (viuda de Barriga), Juan Jandro, Diana Danai, Ross Vif, Marina Aguaviva y por último yo, Amadeo Alemán. Nos costó encontrar la localización sobre la que Manet pintó “Desayuno sobre la hierba” pero el resto fue cosa sobre ruedas. Todos teníamos ganas de desayunar. En un claro del bosque, allí organizamos aquella fiesta donde todos éramos los invitados y nadie ejercía de anfitrión. Catalina era la persona más llamativa, pues era sabido que aunque llevase tres edredones sobre ella, su desnudez, la belleza de su cuerpo, se imaginaba a la perfección. La gente se sentía tímida para referirle sus respetos. Nunca ninguno tratamos de averiguar la causa, pero así era.
Pronto se volcaron de la cesta los emparedados, los dulces y las bebidas. Era un día de calor agradable, fácil de soportar con cualquier distracción nimia.
Entonces fui a alargar el brazo a por un trozo de aquel pastel de frambuesa y noté que algo me perforaba dolorosamente el miembro que se tensaba a medida que notaba el contacto deseado. Proferí un grito de dolor que acompañó al sonido del perdigonazo. Lo curioso es que la bala encalló antes de anunciar su salida del arma. Todos quedaron en silencio. Sabían que iba a utilizar el mantel para torniquete de modo que no se asustaron al ver cómo todo salía despedido por los aires después de mi tirón seco. Ya el rojo de la mitad de los cuadrados bordados no se distinguía del blanco de los otros cincuenta. Avancé dejándome más a la vista (debía de ser un tirador con una puntería perfecta hasta para las equivocaciones). Pronto los otros se pusieron en pie sumándose a mi decisión o aconsejándome que no hiciese aquello que intuían iba a hacer. ¡Qué difícil me resultó insultar a una persona desconocida! Alguien pagaría por esto. Nadie podía quedarse sin su consiguiente reprimenda ante una acción de estas características… Por otra parte, no estaba dando tiempo material a manifestación humana de ningún tipo en aquel retiro frustrado. Y es que, cuando dos personas deciden alejarse de la civilización, no es conveniente que se encuentren. El tiro podía haber sido intencionado (¿violación de la intimidad? Una respuesta demasiado agresiva ¿no creen?). Ese hijo de mala ralea seguía siéndolo con o sin alevosía. Les pedí que no me siguieran pero, para entonces, ya había sonado otro disparo. La frase quedó interrumpida y algo cayó por gravedad antes de su aterrizaje. Debía de tratarse de un magnífico asesino. Una arcada me subió desde mi odio más profundo para convertirse en eructo. Las montañitas no eran sino desniveles y las calidades cromáticas un refugio para aquellos que primero disparan y luego esconden el arma dedicándose a una caza menor. La caza del hombre no es que sea mayor pero resulta preocupante. Creo que aquel simpático personaje no debió de soportar que unos señores ataviados de camisetas a rayas y sombreros de paja tomaran posesión de un prado para sus juegos aristocráticos. ¡Claro que preguntaron si me había sucedido algo después del segundo disparo! Aquella reacción me dolió más que el primer disparo al sonar después de este. La espesura me recordaba a todas las espinacas que me había negado a comer de pequeño y que se presentaban de tacada y fuera de todo plato. ¿Me había preguntado todavía si tenía algo con lo que defenderme? ¡No, el valor de la palabra prevalecerá sobre aquellos que afilan sus proyectiles agazapados como conejos! Ruido de botas me dieron la razón al haber tomado esta parte del bosque para adentrarme. El roscón estaba pidiendo ser encontrado sin pasar por el intestino grueso… Llegué adonde la vegetación comenzaba de nuevo a escasear sin renunciar por ello al escondite. Allí había una metralleta apoyada sobre un trípode que no dejaba de articular ruidos que confundí con “botas”. Parecía prepararse para un nuevo disparo. ¡Debía de avisar a los demás antes de que este se produjera! Bajé como una exhalación hasta el prado pero me tropecé con el pichón que anteriormente había sido abatido y me di contra una roca afilada. Solo podía ya gritar, avisar violentamente, sin tregua a las máquinas. Esta vez no fue uno sino una ráfaga de ellos. Algún grito se escuchó. Yo permanecía cuerpo a tierra en una postura verdaderamente cómica. ¿Quién podía haber sido el artífice de tal diabólico plan? Cuando el ruido cesó me dije “ya está, nada puede hacerse”. No creo que hubiese salido una familia de caracoles en aquel momento sobre la que hacer blanco. Habrían sido seis caracoles. Seis tiros. No podía haber duda alguna. Por fin sonó lo que tampoco podía no esperarse: el genio de Mozart. Me extrañó que fuese un fonógrafo el que le diese vida pero, visto lo visto, aquel detalle podía haber sido la única muestra de imperfección en aquellos veinte minutos de festival.


Fotografías: Betty Boop "Desayuno sobre la hierba"

"L´Age D´Or" de Luis Buñuel

"Entr´acte" de René Clair y Francis Picabia



6 – 7 - 09

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NO ES VERDAD

No es verdad que de mí ya no estés enamorada
No es verdad que de mí nunca te hayas enamorado
No es verdad

No es verdad que esta cara no haya visto la luz de la luna
No es verdad que en su claridad no haya sido vista
No es verdad

No es verdad que este puente que muestra su sonrisa
Tenga debajo otra carretera por la que escape la tristeza
No es verdad

No es verdad que los que digan querer no sientan nada
En realidad
No es verdad

Si en cierto modo la gracia de unos versos
No puede alcanzar el de las caricias
El mundo se ha perdido del todo
Olvidado en sus puras abstracciones
Pues ¿de qué sirve pensar lo que no interiorizamos?

¿Desde abajo tú me sonríes?
Desde arriba yo te miro
Cómo tratas de verme sonreír
Pero solo estoy apoyado

Desde estos dos puntos
Las cosas se ven diferentes
Así lo ven los viajantes
Que cruzan de aquí al otro lado

Esa cuerda que nos une
Por la que yo no quiero trepar
Es esa imposible sonrisa vertical
Que encorvarse no puede

Yo te quiero de verdad
Pero solo crees en tu amistad
Tensas la cuerda, lo haces
Cada uno de sus hilos

No sé dónde se sustenta
Para poder cortarla
No veo el final
Solo el principio

Ese que tú devoras con las manos
Para ni subir ni bajar
Tú mismo la pusiste
¿Para qué diablos?

Déjame ver tus manos
Para comprobar sus ásperas heridas
Déjame ver el dolor de la indiferencia
Déjame

No es verdad que sea sangre
No es verdad


8 – 7 – 09

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UN CAPRICHO ESPAÑOL PARA UN ENSAYO

>> lunes, 6 de julio de 2009




España entera debe algo a López Vázquez. Un recuerdo en su memoria es a veces suficiente para tener en cuenta a una persona, por muy histriónica que parezca. Así no lo veía George Cukor, que trató de llevárselo al otro lado del charco después de rodar con él “Viajes con mí tía” (travels with my aunt). Que este señor prefiriera seguir aquí para acabar haciendo películas de destape (consecuencia lógica de las suecas) es algo bastante significativo. Aquel jovencito que comenzó de ayudante de Enrique Herreros y Pío Ballesteros pronto demostró que tenía algo que decir al otro lado del anonimato real: en la ficción. Yo le recuerdo por primera vez en “La Gran Familia”, película que, a diferencia del resto de españoles, vi en navidad pero en VHS (y no
por programación de sobremesa). Después le recuerdo en “Los tramposos” y otras de género menor si cabe (haciendo de comparsa a Martínez Soria en “El turismo es un gran invento” o de Gracita Morales en “Cómo está el servicio”). Me he negado a verle en las musicales (Manolo Escobar el más digno) y por fin llegó la época seria en la que podía elegir Berlanga, Ferreri, Olea, Armiñán o Mercero. Sin duda me quedo con “Mi querida Señorita”, en esta etapa de madurez más o menos consolidada cinematográfica. De la primera, el entrañable “padrino búfalo”. En la intermedia pongamos “El pisito” (¡qué paciencia con Mary Carrillo!). Ahora he visto “La cabina” y creo que ha resultado acertado verle mucho más comedido en palabras que en “El bosque del lobo”. Ha merecido la pena verle explotar esta faceta mímica que solo podía darse en una situación tan extrema. Sería justo recordarle en toda su faceta y no solo prorrumpiendo en gestos y acentuaciones de frase propias de una libido ibérica. En este sentido creo que también debería de dignificar el Antón García Abril del daba-daba, pero pienso a la vez que es lo único que sería capaz de bailar en las discotecas hoy. Como esto no es posible continuaré esperando hasta la última hora para que pongan la chica ye-yé.
A Tony Leblanc decirle, para inter-nos (como decía Miguel Delibes en “Cinco Horas con Mario”) que me conmovió recitando a Dicenta, primero explotando su faceta cómica de borracho para acabar evolucionando sin dejarnos percatar en una solemnidad que atañe a lo que de verdad empuja a su personaje a coger la botella (la interioridad y exterioridad personal, en resumidas cuentas). “Cántame un pasodoble español” es de lo mejorcito que ha compuesto en su privilegiado estatus de “silbador” (ojala tuviese yo alguien al lado al que dictar lo que me pasara por la cabeza).
Ya que estamos tan estupendos con el repaso de celebridades que, casualidades de la vida, concurrieron en los mismos fallos tan acertados, hablar de mi Alfredo Landa que “tan bien supo demostrarnos que sabía hacerlo también”. Es como ese pintor que primero presenta a su maestro un bodegón al más puro estilo salvaje (fauve) de Matisse para después tratar de tranquilizar al académico con otro al más estilo Meléndez: ese hombre se llamaba Lorenzo Miranda, y, aparte de hacer sus pinitos en la pintura, hacía viñetas en “La Codorniz” y era médico y astrónomo. De él solo ha quedado la faceta humorística pero confío en que la justicia llegue cuando tenga que llegar.
Como iba diciendo, “El crack” fue como el descubrimiento de un estrato más antiguo en la evolución humano, así de cercano y lejano. Quiero decir, con esto llegó un nuevo actor que para mí había perdido incluso el nombre por el que reconocía puesto que era una tapadera con la que jugar al despiste. Por desgracia, hay quien ha ido hacia abajo: el director Pedro Lazaga comenzó con “Cuerda de Presos” y terminó compartiendo guiones con Alfonso Paso (¡cuánto daño ha hecho la necesidad comercial para los grandes autores!) o José María Forqué… No nos engañemos, en España había talentos pero mal administrados… Era como una pequeña villa de chalecitos que poco a poco fueron desmontándose para que ahora solo podamos tener delante una calle de Tetuán que, para los buenos investigadores, siempre quedará en postales.
Cuando oigo que Joaquín Rodrigo era un facha se me revuelven las tripas. ¿Qué hubiese pasado siglos antes? Como decía Francisco Nieva, es como si ahora un padre le dice a un hijo que no lea a Calderón porque era muy de derechas… En el otro lado, Sorozábal, por ejemplo (“¿cuántas esculturas hay de Baroja?- en la época en que lo decía- ¡una, y está en una rotonda que para verla te tiene que atropellar un coche! A los que les gusta Baroja les tiene que atropellar un coche… [… ] Yo molesto porque digo verdades”) o Luis de Pablo (“esta música- la contemporánea española- se hizo así para combatir a Franco…” No me extraña que suene así entonces) y al primero podemos encontrarle en “El Hereje”, al segundo en “Marcelino Pan y Vino” y al tercero en “El Espíritu de la Colmena”. El que se supone que lo ha hecho bien hasta ahora es el último y lo cierto es que solo puede oírsele acompañando imágenes…
En música cinematográfica ha habido grandes nombres: Herrmann, Rota, North, Rozsa (¡Chaplin!)… De hecho yo entiendo que la continuación de la música tal como y yo la concibo (goce sensorial) continúa en las bandas sonoras, por ello no extrañe que tan bien recuerde los nombres que la representan. Poniéndolo más difícil, continuaré la lista de españoles: Jesús Gluck y Waldo de los Ríos (versionadores oficiales de obras más o menos acertadas), Waitzman (en “Atraco a las tres”, una especie de Miles Davis en “Ascensor para el cadalso” pero más consciente de un patrón), Pablo Cervantes, Roque Baños, Carles Casses, Assins Arbó, Iturralde… Como se ve, vuelvo al jazz después de la referencia a Malle (pongamos en el caso de Iturralde “El viaje a ninguna parte”). Yo considero que tanto este estilo como el flamenco son inabarcables (pero empezando con cada pieza que en realidad no existe en su comienzo). Estos dos géneros se llevaron a tal descomposición por grupos “sospechosamente novedosos” de la época que a veces creemos encontrar un spanglish musical. Recuerdo el comienzo de “El Pisito” o a “Los Pekenikes”, etc. ¿Pueden así ahorrarse cuartos en el presupuesto para acabar como Buñuel y sus tangos argentinos de “Un perro andaluz”?
Qué lástima que no recordemos la época de Westerns española ni la de las versiones alternativas a películas de Hollywood (¿por qué hacían eso?). A mi me siguen gustando versiones como la de Drácula de Lugosi (algunas de calidad superior a las originales). Éramos los del trabajo sucio. A Edgar Neville le vemos haciendo de guardia en “Luces de Ciudad” de Chaplin (o la versión franquista de la guerra y en el bando contrario a Malraux) y a Buñuel de bandolero en “Carmen” de Feyder o de monje en “Mauprat” de Epstein (o trabajando en Museo de Modern Art de Nueva York latinizando cintas como Olympia de Riefenstahl).
En fin, el resultado para mí es pesimista: un día compré acrílico blanco y tuve que tirarlo casi todo al terminar el cuadro porque el tubo se rompió por abajo.
Fotografías: López Vázquez en la película de Georges Cukor "Travel with my aunt"
Luis Buñuel dando misa en un cuentecito de García Márquez
Sésil Démil 6 – 7 – 09

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EL INCONSCIENTE, EL ÚLTIMO REDUCTO DE LOS CREATIVOS

>> viernes, 3 de julio de 2009

"La sirena varada". Bolígrafo sobre papel 



Desgastado de tanto pensar, ayer me acosté bajo este calor tan insoportable que me hace hacer cosas tan raras como leerme libros por su tamaño o ver tres películas en un solo día como "Amor inmortal" ,“El gran calavera” de Buñuel o “Atlantic City” de Louis Malle. ¿Por qué Gary Oldman hace de Beethoven? ¿Es su máscara de silicona más conseguida? Bueno, pues con la lectura (“Rojo y Negro” de Stendhal) no sé qué me pasa que cada vez que abro la tapa me llaman por teléfono. Esto seguro que no me pasaría con las Páginas Amarillas.
Bueno, pues en estado de semiinconsciencia alguien me habla al otro lado del tabique mental. Creo que es un niño como de siete años que ha sido hospitalizado hace poco y se encuentra acorralado de cables. Me dice algo así como “¡No quiero estar en el hospital porque no puedo ir al baño!” Trato de incorporarme para apuntarlo en mi diario pero no tengo fuerzas ya para esta acción. No sé ni si continuo despierto. El caso es que me parece algo racional, algo totalmente incómodo el que las sondas hagan por ti cosas que resultan indecorosas en una cama o en una butaca. ¡Y pensar que ya no podía pensar nada más, que me había agotado! Pues algo sigue funcionando dentro de mí, no hay tregua posible. Quizás se volvía gráfico el sentir del cuerpo mutilado, del que ya no es el que debería ser una vez que ha pasado por la cama de un hospital. Quizás aferrado a los más ancestrales conceptos de un cuerpo sano que no debe precisar ni de gelocatiles, este miedo de ser intervenido tarde o temprano hace del ser humano algo en detrimento una vez pasa este punto. Me ahogaba, casi no podía respirar. Fui al baño a refrescarme con una ducha. La opresión que sentía se fue desvaneciendo. Llegué de nuevo a la cama y me tumbé sobre la colcha. Todo quedó empapado. El frescor me mantenía pues, protegido. El niño ya no estaba pero sí el miedo a mi propio cuerpo. Estupendo. Los ojos como platos. Traté de ver “Muerte en Venecia” pero entonces llegaba el sueño. Paraba la película y volvía a quedarme esperando algo importante que me impedía entregarme al inconsciente. ¿Sería que no quería volver a pensar en niños? Sería mejor quedarse dormido viendo la película, no podría pensar ni sin querer… Llegó el momento en que abrí los ojos y en la pantalla estaba el menú de opciones, bajo ella un aparato muy caliente y tras estos elementos una ventana con vistas de una mañana. Visconti, relegado a un mañana distinto.

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MUERTE EN VENECIA (LA MUERTE EN VENECIA, VENECIA COMO UN LUGAR PARA MORIR)







“Quien ha visto la belleza solo le queda morir”. Esta frase conmovió a Visconti. Creo que el hecho de conmover es cada vez más sutil, más intelectual, la emoción es cosa del pensamiento cada vez más en un cine cuya única palabra válida es la música. Ella se deja escuchar coqueta y por ella se discute. Gustav (Gustav Mahler en realidad aunque con el físico de Thomas Mann) se ha enamorado de un joven tan ambiguo que me encantaría creer que es una mujer. Gustav la ha contemplado y ahora muere en su decrepitud que no puede ser evadida ni por tintes ni por colorete. Allí está el cual muñeco, cual persona incomunicada con la realidad, luciendo unas galas que nadie valora. De traje impolutamente blanco en la playa, deja que el color negro de su falsa juventud se deslice por su falso blancor de cutis. Gustav, músico racional, músico austero que no permite que la sensibilidad penetre en su profesión, es recriminado por su amigo Alfred (podría ser Schoenberg) que es su noche, la noche que triunfa sobre un día coloreado artificialmente. Dos figuras de Doktor Faustus, también novela de Mann, que deambulan por una Venecia que de forma siniestra se va quedando tan bellamente vacía, pues la muerte carece en la realidad de representación (es la vida la que se va). Escritor o músico (novela-cine, Mann-Visconti), Gustav ha perdido a un hijo de su matrimonio, ha fracasado en su último estreno musical y ahora se recluye en Venecia, se despide del mundo en una ciudad tan elegante. Muchos intelectuales desde entonces idolatran a Mahler pero yo confieso que me resulta cuanto menos árido en su concepción musical, de una gravedad extrema, de un sentimiento legado a unos pocos. Mahler era así, Mahler era una persona solitaria y cerrada porque su valor no podía compartirse así como así. Lo que no entiendo es que se atribuya a su amigo el papel de su alumno Schoenberg, ya que esta música no es que carezca de sentimiento sino que es totalmente matemática musical en su extremo más imposible. Quien disfrute de sus hallazgos compositivos, de sus fórmulas precisas y por ello despreciables, ese heredará el reino de los cielos, lo tengo por seguro. La imperfección es cosa artística, a ver cuándo nos enteramos. Dejar un poco de margen tan solo a los que tan bien se equivocan porque son más imperfectos que aquellos que hacen evolucionar el mundo. Yo confieso que no quiero para nada esto, que si esta responsabilidad cayera en mi diría que he entregado mi vida a aquellos a quien no he tenido el gusto de conocer ¡dolor! Eso es, precisamente la desembocadura de este afluente cada día más extenso nos prueba que cada vez hay más almas filantrópicas, que cada vez nos negamos la regeneración interna con mayor fuerza… Que reír, llorar, enfadarse forman parte de sentimientos tan humanos que nos aportan vitalidad…
La Muerte en Venecia… La Muerte de aquello que se desvanece en algo tan puro como esta ciudad a la que solo puede agredir el agua… y, en este caso, la llena de sentido.
3 – 7 – 09

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Melancolía. Atardecer en el Retiro

>> jueves, 2 de julio de 2009


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