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EL INCONSCIENTE, EL ÚLTIMO REDUCTO DE LOS CREATIVOS

>> viernes, 3 de julio de 2009

"La sirena varada". Bolígrafo sobre papel 



Desgastado de tanto pensar, ayer me acosté bajo este calor tan insoportable que me hace hacer cosas tan raras como leerme libros por su tamaño o ver tres películas en un solo día como "Amor inmortal" ,“El gran calavera” de Buñuel o “Atlantic City” de Louis Malle. ¿Por qué Gary Oldman hace de Beethoven? ¿Es su máscara de silicona más conseguida? Bueno, pues con la lectura (“Rojo y Negro” de Stendhal) no sé qué me pasa que cada vez que abro la tapa me llaman por teléfono. Esto seguro que no me pasaría con las Páginas Amarillas.
Bueno, pues en estado de semiinconsciencia alguien me habla al otro lado del tabique mental. Creo que es un niño como de siete años que ha sido hospitalizado hace poco y se encuentra acorralado de cables. Me dice algo así como “¡No quiero estar en el hospital porque no puedo ir al baño!” Trato de incorporarme para apuntarlo en mi diario pero no tengo fuerzas ya para esta acción. No sé ni si continuo despierto. El caso es que me parece algo racional, algo totalmente incómodo el que las sondas hagan por ti cosas que resultan indecorosas en una cama o en una butaca. ¡Y pensar que ya no podía pensar nada más, que me había agotado! Pues algo sigue funcionando dentro de mí, no hay tregua posible. Quizás se volvía gráfico el sentir del cuerpo mutilado, del que ya no es el que debería ser una vez que ha pasado por la cama de un hospital. Quizás aferrado a los más ancestrales conceptos de un cuerpo sano que no debe precisar ni de gelocatiles, este miedo de ser intervenido tarde o temprano hace del ser humano algo en detrimento una vez pasa este punto. Me ahogaba, casi no podía respirar. Fui al baño a refrescarme con una ducha. La opresión que sentía se fue desvaneciendo. Llegué de nuevo a la cama y me tumbé sobre la colcha. Todo quedó empapado. El frescor me mantenía pues, protegido. El niño ya no estaba pero sí el miedo a mi propio cuerpo. Estupendo. Los ojos como platos. Traté de ver “Muerte en Venecia” pero entonces llegaba el sueño. Paraba la película y volvía a quedarme esperando algo importante que me impedía entregarme al inconsciente. ¿Sería que no quería volver a pensar en niños? Sería mejor quedarse dormido viendo la película, no podría pensar ni sin querer… Llegó el momento en que abrí los ojos y en la pantalla estaba el menú de opciones, bajo ella un aparato muy caliente y tras estos elementos una ventana con vistas de una mañana. Visconti, relegado a un mañana distinto.

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