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MUERTE EN VENECIA (LA MUERTE EN VENECIA, VENECIA COMO UN LUGAR PARA MORIR)

>> viernes, 3 de julio de 2009







“Quien ha visto la belleza solo le queda morir”. Esta frase conmovió a Visconti. Creo que el hecho de conmover es cada vez más sutil, más intelectual, la emoción es cosa del pensamiento cada vez más en un cine cuya única palabra válida es la música. Ella se deja escuchar coqueta y por ella se discute. Gustav (Gustav Mahler en realidad aunque con el físico de Thomas Mann) se ha enamorado de un joven tan ambiguo que me encantaría creer que es una mujer. Gustav la ha contemplado y ahora muere en su decrepitud que no puede ser evadida ni por tintes ni por colorete. Allí está el cual muñeco, cual persona incomunicada con la realidad, luciendo unas galas que nadie valora. De traje impolutamente blanco en la playa, deja que el color negro de su falsa juventud se deslice por su falso blancor de cutis. Gustav, músico racional, músico austero que no permite que la sensibilidad penetre en su profesión, es recriminado por su amigo Alfred (podría ser Schoenberg) que es su noche, la noche que triunfa sobre un día coloreado artificialmente. Dos figuras de Doktor Faustus, también novela de Mann, que deambulan por una Venecia que de forma siniestra se va quedando tan bellamente vacía, pues la muerte carece en la realidad de representación (es la vida la que se va). Escritor o músico (novela-cine, Mann-Visconti), Gustav ha perdido a un hijo de su matrimonio, ha fracasado en su último estreno musical y ahora se recluye en Venecia, se despide del mundo en una ciudad tan elegante. Muchos intelectuales desde entonces idolatran a Mahler pero yo confieso que me resulta cuanto menos árido en su concepción musical, de una gravedad extrema, de un sentimiento legado a unos pocos. Mahler era así, Mahler era una persona solitaria y cerrada porque su valor no podía compartirse así como así. Lo que no entiendo es que se atribuya a su amigo el papel de su alumno Schoenberg, ya que esta música no es que carezca de sentimiento sino que es totalmente matemática musical en su extremo más imposible. Quien disfrute de sus hallazgos compositivos, de sus fórmulas precisas y por ello despreciables, ese heredará el reino de los cielos, lo tengo por seguro. La imperfección es cosa artística, a ver cuándo nos enteramos. Dejar un poco de margen tan solo a los que tan bien se equivocan porque son más imperfectos que aquellos que hacen evolucionar el mundo. Yo confieso que no quiero para nada esto, que si esta responsabilidad cayera en mi diría que he entregado mi vida a aquellos a quien no he tenido el gusto de conocer ¡dolor! Eso es, precisamente la desembocadura de este afluente cada día más extenso nos prueba que cada vez hay más almas filantrópicas, que cada vez nos negamos la regeneración interna con mayor fuerza… Que reír, llorar, enfadarse forman parte de sentimientos tan humanos que nos aportan vitalidad…
La Muerte en Venecia… La Muerte de aquello que se desvanece en algo tan puro como esta ciudad a la que solo puede agredir el agua… y, en este caso, la llena de sentido.
3 – 7 – 09

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