Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

SEPTIMINO DE CAZA

>> jueves, 9 de julio de 2009






Habíamos venido todos: Catalina Quinta, la señora Dolores Fuertes (viuda de Barriga), Juan Jandro, Diana Danai, Ross Vif, Marina Aguaviva y por último yo, Amadeo Alemán. Nos costó encontrar la localización sobre la que Manet pintó “Desayuno sobre la hierba” pero el resto fue cosa sobre ruedas. Todos teníamos ganas de desayunar. En un claro del bosque, allí organizamos aquella fiesta donde todos éramos los invitados y nadie ejercía de anfitrión. Catalina era la persona más llamativa, pues era sabido que aunque llevase tres edredones sobre ella, su desnudez, la belleza de su cuerpo, se imaginaba a la perfección. La gente se sentía tímida para referirle sus respetos. Nunca ninguno tratamos de averiguar la causa, pero así era.
Pronto se volcaron de la cesta los emparedados, los dulces y las bebidas. Era un día de calor agradable, fácil de soportar con cualquier distracción nimia.
Entonces fui a alargar el brazo a por un trozo de aquel pastel de frambuesa y noté que algo me perforaba dolorosamente el miembro que se tensaba a medida que notaba el contacto deseado. Proferí un grito de dolor que acompañó al sonido del perdigonazo. Lo curioso es que la bala encalló antes de anunciar su salida del arma. Todos quedaron en silencio. Sabían que iba a utilizar el mantel para torniquete de modo que no se asustaron al ver cómo todo salía despedido por los aires después de mi tirón seco. Ya el rojo de la mitad de los cuadrados bordados no se distinguía del blanco de los otros cincuenta. Avancé dejándome más a la vista (debía de ser un tirador con una puntería perfecta hasta para las equivocaciones). Pronto los otros se pusieron en pie sumándose a mi decisión o aconsejándome que no hiciese aquello que intuían iba a hacer. ¡Qué difícil me resultó insultar a una persona desconocida! Alguien pagaría por esto. Nadie podía quedarse sin su consiguiente reprimenda ante una acción de estas características… Por otra parte, no estaba dando tiempo material a manifestación humana de ningún tipo en aquel retiro frustrado. Y es que, cuando dos personas deciden alejarse de la civilización, no es conveniente que se encuentren. El tiro podía haber sido intencionado (¿violación de la intimidad? Una respuesta demasiado agresiva ¿no creen?). Ese hijo de mala ralea seguía siéndolo con o sin alevosía. Les pedí que no me siguieran pero, para entonces, ya había sonado otro disparo. La frase quedó interrumpida y algo cayó por gravedad antes de su aterrizaje. Debía de tratarse de un magnífico asesino. Una arcada me subió desde mi odio más profundo para convertirse en eructo. Las montañitas no eran sino desniveles y las calidades cromáticas un refugio para aquellos que primero disparan y luego esconden el arma dedicándose a una caza menor. La caza del hombre no es que sea mayor pero resulta preocupante. Creo que aquel simpático personaje no debió de soportar que unos señores ataviados de camisetas a rayas y sombreros de paja tomaran posesión de un prado para sus juegos aristocráticos. ¡Claro que preguntaron si me había sucedido algo después del segundo disparo! Aquella reacción me dolió más que el primer disparo al sonar después de este. La espesura me recordaba a todas las espinacas que me había negado a comer de pequeño y que se presentaban de tacada y fuera de todo plato. ¿Me había preguntado todavía si tenía algo con lo que defenderme? ¡No, el valor de la palabra prevalecerá sobre aquellos que afilan sus proyectiles agazapados como conejos! Ruido de botas me dieron la razón al haber tomado esta parte del bosque para adentrarme. El roscón estaba pidiendo ser encontrado sin pasar por el intestino grueso… Llegué adonde la vegetación comenzaba de nuevo a escasear sin renunciar por ello al escondite. Allí había una metralleta apoyada sobre un trípode que no dejaba de articular ruidos que confundí con “botas”. Parecía prepararse para un nuevo disparo. ¡Debía de avisar a los demás antes de que este se produjera! Bajé como una exhalación hasta el prado pero me tropecé con el pichón que anteriormente había sido abatido y me di contra una roca afilada. Solo podía ya gritar, avisar violentamente, sin tregua a las máquinas. Esta vez no fue uno sino una ráfaga de ellos. Algún grito se escuchó. Yo permanecía cuerpo a tierra en una postura verdaderamente cómica. ¿Quién podía haber sido el artífice de tal diabólico plan? Cuando el ruido cesó me dije “ya está, nada puede hacerse”. No creo que hubiese salido una familia de caracoles en aquel momento sobre la que hacer blanco. Habrían sido seis caracoles. Seis tiros. No podía haber duda alguna. Por fin sonó lo que tampoco podía no esperarse: el genio de Mozart. Me extrañó que fuese un fonógrafo el que le diese vida pero, visto lo visto, aquel detalle podía haber sido la única muestra de imperfección en aquellos veinte minutos de festival.


Fotografías: Betty Boop "Desayuno sobre la hierba"

"L´Age D´Or" de Luis Buñuel

"Entr´acte" de René Clair y Francis Picabia



6 – 7 - 09

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP