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UN CAPRICHO ESPAÑOL PARA UN ENSAYO

>> lunes, 6 de julio de 2009




España entera debe algo a López Vázquez. Un recuerdo en su memoria es a veces suficiente para tener en cuenta a una persona, por muy histriónica que parezca. Así no lo veía George Cukor, que trató de llevárselo al otro lado del charco después de rodar con él “Viajes con mí tía” (travels with my aunt). Que este señor prefiriera seguir aquí para acabar haciendo películas de destape (consecuencia lógica de las suecas) es algo bastante significativo. Aquel jovencito que comenzó de ayudante de Enrique Herreros y Pío Ballesteros pronto demostró que tenía algo que decir al otro lado del anonimato real: en la ficción. Yo le recuerdo por primera vez en “La Gran Familia”, película que, a diferencia del resto de españoles, vi en navidad pero en VHS (y no
por programación de sobremesa). Después le recuerdo en “Los tramposos” y otras de género menor si cabe (haciendo de comparsa a Martínez Soria en “El turismo es un gran invento” o de Gracita Morales en “Cómo está el servicio”). Me he negado a verle en las musicales (Manolo Escobar el más digno) y por fin llegó la época seria en la que podía elegir Berlanga, Ferreri, Olea, Armiñán o Mercero. Sin duda me quedo con “Mi querida Señorita”, en esta etapa de madurez más o menos consolidada cinematográfica. De la primera, el entrañable “padrino búfalo”. En la intermedia pongamos “El pisito” (¡qué paciencia con Mary Carrillo!). Ahora he visto “La cabina” y creo que ha resultado acertado verle mucho más comedido en palabras que en “El bosque del lobo”. Ha merecido la pena verle explotar esta faceta mímica que solo podía darse en una situación tan extrema. Sería justo recordarle en toda su faceta y no solo prorrumpiendo en gestos y acentuaciones de frase propias de una libido ibérica. En este sentido creo que también debería de dignificar el Antón García Abril del daba-daba, pero pienso a la vez que es lo único que sería capaz de bailar en las discotecas hoy. Como esto no es posible continuaré esperando hasta la última hora para que pongan la chica ye-yé.
A Tony Leblanc decirle, para inter-nos (como decía Miguel Delibes en “Cinco Horas con Mario”) que me conmovió recitando a Dicenta, primero explotando su faceta cómica de borracho para acabar evolucionando sin dejarnos percatar en una solemnidad que atañe a lo que de verdad empuja a su personaje a coger la botella (la interioridad y exterioridad personal, en resumidas cuentas). “Cántame un pasodoble español” es de lo mejorcito que ha compuesto en su privilegiado estatus de “silbador” (ojala tuviese yo alguien al lado al que dictar lo que me pasara por la cabeza).
Ya que estamos tan estupendos con el repaso de celebridades que, casualidades de la vida, concurrieron en los mismos fallos tan acertados, hablar de mi Alfredo Landa que “tan bien supo demostrarnos que sabía hacerlo también”. Es como ese pintor que primero presenta a su maestro un bodegón al más puro estilo salvaje (fauve) de Matisse para después tratar de tranquilizar al académico con otro al más estilo Meléndez: ese hombre se llamaba Lorenzo Miranda, y, aparte de hacer sus pinitos en la pintura, hacía viñetas en “La Codorniz” y era médico y astrónomo. De él solo ha quedado la faceta humorística pero confío en que la justicia llegue cuando tenga que llegar.
Como iba diciendo, “El crack” fue como el descubrimiento de un estrato más antiguo en la evolución humano, así de cercano y lejano. Quiero decir, con esto llegó un nuevo actor que para mí había perdido incluso el nombre por el que reconocía puesto que era una tapadera con la que jugar al despiste. Por desgracia, hay quien ha ido hacia abajo: el director Pedro Lazaga comenzó con “Cuerda de Presos” y terminó compartiendo guiones con Alfonso Paso (¡cuánto daño ha hecho la necesidad comercial para los grandes autores!) o José María Forqué… No nos engañemos, en España había talentos pero mal administrados… Era como una pequeña villa de chalecitos que poco a poco fueron desmontándose para que ahora solo podamos tener delante una calle de Tetuán que, para los buenos investigadores, siempre quedará en postales.
Cuando oigo que Joaquín Rodrigo era un facha se me revuelven las tripas. ¿Qué hubiese pasado siglos antes? Como decía Francisco Nieva, es como si ahora un padre le dice a un hijo que no lea a Calderón porque era muy de derechas… En el otro lado, Sorozábal, por ejemplo (“¿cuántas esculturas hay de Baroja?- en la época en que lo decía- ¡una, y está en una rotonda que para verla te tiene que atropellar un coche! A los que les gusta Baroja les tiene que atropellar un coche… [… ] Yo molesto porque digo verdades”) o Luis de Pablo (“esta música- la contemporánea española- se hizo así para combatir a Franco…” No me extraña que suene así entonces) y al primero podemos encontrarle en “El Hereje”, al segundo en “Marcelino Pan y Vino” y al tercero en “El Espíritu de la Colmena”. El que se supone que lo ha hecho bien hasta ahora es el último y lo cierto es que solo puede oírsele acompañando imágenes…
En música cinematográfica ha habido grandes nombres: Herrmann, Rota, North, Rozsa (¡Chaplin!)… De hecho yo entiendo que la continuación de la música tal como y yo la concibo (goce sensorial) continúa en las bandas sonoras, por ello no extrañe que tan bien recuerde los nombres que la representan. Poniéndolo más difícil, continuaré la lista de españoles: Jesús Gluck y Waldo de los Ríos (versionadores oficiales de obras más o menos acertadas), Waitzman (en “Atraco a las tres”, una especie de Miles Davis en “Ascensor para el cadalso” pero más consciente de un patrón), Pablo Cervantes, Roque Baños, Carles Casses, Assins Arbó, Iturralde… Como se ve, vuelvo al jazz después de la referencia a Malle (pongamos en el caso de Iturralde “El viaje a ninguna parte”). Yo considero que tanto este estilo como el flamenco son inabarcables (pero empezando con cada pieza que en realidad no existe en su comienzo). Estos dos géneros se llevaron a tal descomposición por grupos “sospechosamente novedosos” de la época que a veces creemos encontrar un spanglish musical. Recuerdo el comienzo de “El Pisito” o a “Los Pekenikes”, etc. ¿Pueden así ahorrarse cuartos en el presupuesto para acabar como Buñuel y sus tangos argentinos de “Un perro andaluz”?
Qué lástima que no recordemos la época de Westerns española ni la de las versiones alternativas a películas de Hollywood (¿por qué hacían eso?). A mi me siguen gustando versiones como la de Drácula de Lugosi (algunas de calidad superior a las originales). Éramos los del trabajo sucio. A Edgar Neville le vemos haciendo de guardia en “Luces de Ciudad” de Chaplin (o la versión franquista de la guerra y en el bando contrario a Malraux) y a Buñuel de bandolero en “Carmen” de Feyder o de monje en “Mauprat” de Epstein (o trabajando en Museo de Modern Art de Nueva York latinizando cintas como Olympia de Riefenstahl).
En fin, el resultado para mí es pesimista: un día compré acrílico blanco y tuve que tirarlo casi todo al terminar el cuadro porque el tubo se rompió por abajo.
Fotografías: López Vázquez en la película de Georges Cukor "Travel with my aunt"
Luis Buñuel dando misa en un cuentecito de García Márquez
Sésil Démil 6 – 7 – 09

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