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AL FINAL DE LA CANCIÓN

>> lunes, 21 de septiembre de 2009


Hoy comamos y bebamos

y cantemos y holguemos,
que mañana ayunaremos.

Así decía Juan del Encina. Así debían de cantar con voces nuevas ayer, así lo debieron pasar por lo que demostraban las serpentinas, el confeti y algunas más caras de cartón que eran recogidas con parsimonia por el mismo barrendero de todas las mañanas. Era de noche, hacía frío. Miércoles de la semana del martes de Carnaval. Encaminaba mis pasos hacia la escuela, no serían las ocho de la mañana. Pasaba por la plaza, ahora solemne, en otra hora desafiante. Yo, niño, nada podía comprender. Ahora, liberado de la estricta disciplina que parecía alargarse como una raíz en sombra hasta fuera de la escuela, tenía otro juicio sobre las cosas. No podía comprender a los mayores. Esos pánfilos se me presentaban con otra nueva sombra, la misma que destilaban sus cuerpos, la sombra que les delataba. Pensaba en ellos, quizás como si fuese la zorra de las uvas, como en unos seres carentes de conversación digna, dispuestos a matar el tiempo fuera de sus casas en busca de otra lumbre. Estos braseros de los que huían parecían tener la fórmula de la madre sabia que nos advierte. Todos al día siguiente hipócritas perdidos, quizás con algo del colorete a la vista del día anterior. ¿Qué harían? Todo esto me preguntaba al no verlo normal. Algunos compañeros ya bajaban de sus casas a lo lejos para dirigirse a la escuela. Allí, recobrarían el calor perdido fuera de las sábanas. ¡Qué ironía! Fue al pasar por una callejuela cuando se me apareció la alegoría: era el mamarracho que decía ser arlequín borracho. Todavía se mantenía vivo entre algunos escombros. Me hablaba a mí. Esa canción de Juan del Encina… No sé dónde la había escuchado. Ni siquiera en la iglesia la cantaban los del coro. ¡Esos iban a darme a mí lecciones, que yo les conocía y había visto en más de un compromiso…! Algunos eran los padres de mis amigos, algunos estaban ahí en los bares con sus camisas empapadas en vino, hinchadas por una tripa que no cabía en sí de gozo.
Ese personaje (venido de la moral distraída a los aprendices) me preguntó adónde me dirigía. Yo quise darle ejemplo señalando el camino recto, sin titubeos. “Allá donde no pueda ayunar mañana”. Lo que no podía yo saber era hacia donde yo apuntaba: los cañones que ya habían salido a la calle anunciando un mil novecientos treinta y seis al que tendría que enfrentarme a los dieciocho años, que no quería creer, que observaba en ese mismo camino para terminar un bachiller que nunca prometió un futuro. Esta es la historia de mi abuelo.

21 – 9 – 09

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