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DEJEN SALIR ANTES DE ENTRAR

>> jueves, 3 de septiembre de 2009

Yo me considero una persona huraña, escéptica con el propio concepto de individualidad. Esta palabra define demasiado globalmente a los que de ella dependemos para una definición excusada. Yo soy una chica solitaria, que cumple a rajatabla los diez mandamientos de buena ciudadana y que por ello exige respeto. Cualquier persona no tiene el derecho a encasillarme. Vivo dentro de mí y sueño con que esto de dentro se proyecta ahí fuera. Los excesos de la urbe, la maraña de maleducados que impide salir del vagón del metro para poder ellos entrar, los que creen poder ponerse delante en una cola. Aquella seguridad impertinente quisiera yo tenerla, pero de ella me desentiendo a la vez. Me las veo negras para que se me respete, para no ser un “gag”, una Gracita Morales que quiere llegar al trabajo por la mañana en “Atraco a las tres”. Vuelvo después tarde, en la noche cerrada donde las farolas no dudan en hacer valer su posición. Atravieso aquella selva de pequeños globos-guía hasta llegar al número de mi casa, sorteando las sorpresas de una acera estrecha. Al dejar detrás todo aquello con el sonido de la puerta al cerrar. Subo todos los pisos con sus rellanos de grecas de azulejo, mareantes en colores, colmenas octogonales de otro siglo. Todo da vueltas desde el hueco del ascensor en la escalada por la barandilla. Imagino, al dar vueltas con la llave en la cerradura, las siluetas destacadas de los elementos dispersos por el suelo, al otro lado. La luz del rellano, que ilumina sus contornos, trabaja a través de la rendija de debajo de la puerta. Ahora paso la frontera, enciendo el interruptor y el misterio se apaga; abro la ventana, no se oye nada. Enciendo el contestador. Se oye menos. Pongo la Fantasía de Thomas Tallis a todo trapo, envolviendo un patio de vecinos fantasmas. Descanso tumbada en el sofá, cerrando los ojos, la luz de nuevo apagada. Una terapia reconstituyente, ideada para afrontar el día siguiente.
No vengo de la peluquería. Aún así, he de reconocer que son los empresarios más sinceros. En un concesionario, por ejemplo, el cliente ha de volver al cierto tiempo como un cliente reciclado porque su coche ha dejado de funcionar. Esto se debe sin duda a un sistema que consiste en dar una vida útil a tal cosa para que el negocio no se hunda. Ahora: ¿qué tenemos en la peluquería? A clientes que vuelven a reclamar servicios aún a sabiendas de que lo que pagan es sabidamente efímero con un periodo estipulado en la cabeza (en el mejor sitio). No les engañan: el que crezca el pelo no es un invento del sistema empresarial.
Yo ahora dejo que el pelo caiga y esconda las baldosas del baño. No me importa parecerme a Juana de Arco después de esta investigación personal. Yo, como buen empresario, no me fío de este cliente. Me miro la mano y es más negra todavía. Apoyarme en algo que se ha pintado (y no se ha secado, punto importante) es lo mejor que he podido hacer en mi vida. Ahora veo todos los surcos de mi piel perfectamente dibujados. Soy como una plancha de grabado.
He subido con el corazón en un puño. Sonaba el teléfono. Quizás fue la excusa perfecta para acelerar el paso, puesto que siempre trato de acortar este momento. No tolero el silencio de esta soledad perturbadora. No acaba siendo más que la transición de la intimidad, el momento previo al descanso. Siento que, pisando estas extraordinarias cenefas, contribuyo a su lenta desaparición, a su negación como baldosas diferentes a otras. Subo y me veo en la sombra de los descansillos. Puedo notar la respiración de los que escuchan de puertas a dentro: los primeros as, bes, ces y des y así subiendo hasta el séptimo. Este número tan irregular no me molesta (quizás si fuesen seis pisos estaría mejor). Cuando llego al teléfono, lo cojo, escucho a tantos estafadores (la gente que de verdad me quiere sabe que solo debe comunicarse conmigo por contestador) y miro ese lienzo que tengo desnudo en la misma mesa camilla: apoyado contra la pared, mostrando los clavos con los que ha sido apuntalada su verdad, su lienzo delator por los laterales sin pintar… me estremece aquel dibujo hipnótico. Veo un caracol que quiere salir despedido del cuadro, que coge velocidad futurista, que me vuelve a arrancar los latidos cuando recuerdo esa horrenda escalera que conduce a mi intimidad. Abstracción de lo que me espera allí fuera, lo que me conecta con la realidad.
La intimidad no es mala, de hecho realmente todo en mí es mentira de puertas afuera. Soy yo la que permanece dentro de mi secreto, donde ni los rayos del sol me permiten destensar el gesto seguro. Esta es mi casa, en el Puente de Vallecas. Hasta que llego allí, me cruzo con infinitos limoneros que blanden su luz parapetados en las paredes de ese puente de hormigón (el que guarece también las paradas de autobuses). Veo que, cuando se va la luz, los limoneros se pueden ver en toda su belleza, como si todo volviese a ser campo. Los malditos niños con pelusa en mentón intimidan a otros que no presumen de su pelusa. El otro día, vi que uno le pedía a otro fuego, y, al recibir la negativa de que no fumaba, le contestaba: “¡Pues ya eres mayorcito!” ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Espero creer que es solo una parte de lo que nos espera. Yo nunca me habría reído. Nunca habría ido del brazo de uno de esos tiparracos. Todavía sigo sin haberme emborrachado de un tiempo loco perdido. En esto continúo siendo ordenada. Continúo creyendo en otro tipo de orden de cosas, en otra línea (que puede ser real). Hasta que llegue, continuaré siendo fuerte.
Siempre paso por ese cine en bancarrota que mantiene sus cuatro letras desenfocadas en su fachada; siempre cruzo la plaza de la iglesia, por aquellas calles que fueron montes. Siempre el mismo recorrido. Y ahora me veo en el espejo, entre estas cuatro paredes opresoras de este baño, me veo grande y el entorno pequeño. Sonrío, me sonrío a mí, eso está claro. A mí me concedo la sonrisa. Porque son estos momentos del día los que me devuelven mi nombre, mi sentido de ser. Algo todavía no ha cambiado. Esta soledad inalterable, este campo de juego donde soy libre estando encerrada, me devuelve esa nostalgia ya perdida de otros tiempos, si no más felices, más seguros. Ahí están mis padres, ahí mi habitación, ahí mi casa después de un día de colegio. Ahí no están mis amigos. Ahora delante tengo al Tarkovsky niño cruzando una casa en el campo que parece querer ser de él. El viento sopla, entra la naturaleza en la casa. Yo respiro a la par que el viento. La televisión se muestra pudorosa con sus rayas intermitentes en la pantalla. Me quedo dormida. Cuando despierto, he estropeado algunos libros que siempre tengo en el sofá, como de muestra para el que NO viene. Son tres, dispuestos como para un barrido de cámara cuando dejo mi bolso y mis cosas del trabajo: un libro de Espronceda abierto por la portada del interior, el lomo de un libro de Larra (“Fígaro”) y la portada de Leyendas (solo una selección) y Rimas de Bécquer. Ese retrato de su hermano Valeriano, utilizado tantas veces en tantas ediciones baratas o de bolsillo para la portada. Es curioso: ¿por qué Bécquer, quien más me gusta, vale seis euros, mientras los otros están marcados por un precio de tienda de antigüedades? No lo sé, creo en el contenido aunque a veces me gusta acariciar la carátula.
Trabajo en una librería jurídica desde hace tres años. Si no hubiera sido por mi compañero, que, desde el primer día, trató de hacer, de este trabajo, una apuesta agradable, mi vida sería relatada con todavía más pesimismo.
No sé cuándo comencé a imaginarme que de su boca brotaban versos. Le creía ver hablar para él mismo, tratando de retener un puñado de versos improvisados. Llegaría a casa y los habría olvidado para entonces, con lo que descubría que no era la esclavitud de un papel a mano lo que precisaba sino más bien de una cabeza amueblada abierta a toda reconstrucción, a la mejora de lo imprevisto.
Muchas veces he dudado traspasar el umbral de la confianza, forjar un terreno paradójicamente inestable con él… Me remuerde la conciencia, este no saber qué es lo correcto y qué es lo que no lo es. Acabo sometiéndome a la idea de quedar reflejada en él como una persona que pasó gratamente por su vida. Temo romper este aura que se me ha concedido y yo he aceptado. La amistad es algo grande, no sé si suficientemente poderoso como para anteponerlo a otras necesidades afectivas (y dependientes). Quizá me haya enamorado del que nunca conoceré, quizá sea admiración simplemente. ¡Para qué crear un pensamiento abstracto en el otro! ¡Al final los dos dejaremos de existir para pensar y ya no podremos sentir después!
En las noches en que iba perdiendo el sentido de los versos que leía, se aparecía ante mí, tras la conciencia y aprovechándome traspuesta, una figura de otro tiempo, una imagen anclada en la memoria, viva y real, de aquel con el que todos los días me relacionaba. Una fisonomía confundida tras los velos del fantasma, de un pasado que imaginaba con el que construir un futuro. La esperanza soñada de una nostalgia que no fue tal. Unos recuerdos agradables para combatir a la vida, con los que tomar fuerzas en una postura que amanecía fuerte para anochecer fatigada. Así era él, como lo querían retratar las crónicas, como representante de los que fueron buenos otro tiempo. Ejemplo del buen estar, paradigma de individuo que se escondía tras el sombrero todavía sin poner. Él era tan mentiroso como la realidad que me empeñaba en concebir, como lo que debiera ser y no era. A eso aspiraba, a una vida que solo otorgaría sinsabores por el empeño de hacerla vivir.
Yo, sin embargo, le trataba desde esta perspectiva, con la confianza de quien se cree satisfecha, de quien ve por el caleidoscopio. Tal vez por esto me tenía en tanto afecto, porque le hacía sentir como quien siempre quiso ser y siempre se empeñaba en conseguirlo. Todos los días. Nunca me vio como “ella” sino como “aquella” que me hablaba de la otra. ¿Dónde estaba esta última? Sin respuesta. ¿Cómo averiguarlo? Paciencia… Paciencia.

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