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EL SEÑOR DE LOS GATOS

>> viernes, 18 de septiembre de 2009

Todas las tardes entraba. Era la única tienda que podía añadir algo de color a esta vida de trabajo tan mecánica. Pero, como era de esperar, aquello también se fue gastando, perdiendo el color, convirtiéndose en algo mecánico. En aquella tienda de discos todos los estantes me eran conocidos y cada uno de sus títulos resonaban casi en mí de forma sugerente en letras, colores, dibujos o fotografías. Cada caja de compacto era ya un personaje más en aquella habitación vacía y roja. Estaba vacía realmente. El color siempre lo tuve claro, antes de saber si quería entra o no. El dependiente no añadía nada interesante en el panorama. Tan solo me fijé en él cuando fui a comprar con decisión aquel Rossini del “Dúo de los gatos”. Era una imagen poderosa la de oír a cantantes de prestigio esgrimir sus voces con el desgarro animal que las desmitifica. Afinaran o no, ese no era un problema para los gatos. Sí para el dependiente.

- ¿Se va a llevar esto, señor?
- En efecto.
- Me temo que no va a ser posible.

El precio me parecía de locos, pero así estaba todo en esa época, de modo que no me dejé amedrentar por una cifra. Aquella respuesta, en cambio, me asustó. ¿Cómo no va a querer vender un dependiente? Deshacerse de un artículo, no verlo más hasta la siguiente reposición…
- No habrá tal reposición, sepa que se lleva usted una joya y no puedo permitírselo…
- ¡Venga, por favor, no sea mezquino!
- Le digo que no, que ese disco tiene vida… ¿Ha visto que se encuentra desprecintado? Sin embargo, conserva la etiqueta del precio. Curioso ¿no? Lo oigo todas las tardes cuando esto se va apagando poco a poco…
- ¡Aquí no entra nadie!
- Cuando usted viene, en efecto, no hay apenas visitas…
- Ninguna visita.
- Son horas de descanso, del almuerzo del que lleva trabajando…
- ¡Yo levo trabajando! ¿Esto no puede ser otra forma de descansar?
- Insisto, deje el disco donde lo encontró por favor…
- Oiga usted ¿a usted le pagan por escuchar los discos que vende? No ¿verdad?
- ¿Y qué? El dueño no viene ya, tiene excesiva confianza en mí… Es tan aburrido hasta en los negocios que parece ser que he sido yo su único candidato… ¡Y que dé gracias a que estoy aguantando estoicamente aquí, dejando fuera otra posible vida!
- ¡Me lo llevo!

Salí de la tienda sin pensar. Escuché las voces de “¡vuelva usted acá!” una y otra vez, pero lo vergonzoso del caso es que yo era un chaval de menos de treinta y él uno de sesenta y no podía ir al mismo ritmo que yo…

- ¡llevo diez años escuchando ese disco! ¡Por favor!

¿Acaso a él no se le desgastaba ese placer?

18 – 9 – 09

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