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LA HORA

>> martes, 8 de septiembre de 2009

Llamaron a la puerta. Yo todavía me encontraba en las primeras acciones que suceden al despertar. Recuerdo que no estaba decente. Creo que fue la primera persona que conocí a la que eso le daba igual. La primera impresión era la última. No le esperaba tan pronto.
Me dijo que era de la funeraria. Yo me quedé con los ojos como platos, y no precisamente porque despertara del adormecimiento en el que me encontraba sumido. Solo me dijo que había llegado mi hora. Yo le planteé que podía haberse equivocado de piso. ¿Cómo burlar a la muerte? Una muerte burocrática, eso también es verdad, hecha de humanos como nosotros, pero elegida con sabio dedo. Me dijo que tenía que acompañarle. Cuando me tomó de la mano en su saludo yo me noté entonces frío. No había duda, era yo el que no quería hacerme a la idea. Bajamos hasta su coche, un deportivo elegante sin ningún rastro de coche para el campo. “Todo ha sido preparado meticulosamente, déjese llevar”. Yo me aliviaba al menos de haber escudado todos los malditos trámites que me ayudaran a desaparecer correctamente de este mundo.
Llegamos al cementerio. Todos allí me esperaban y ninguno había tenido la delicadeza de avisarme por carta o llamada telefónica. Claro, a nadie le hace gracia encontrarse de cara o de otra forma con los muertos.
Me descendieron entre cuerdas, sin caja posible en la que no ver todo aquello, como a los pobres caballos de los picadores.
La tierra me cubrió poco a poco sin quitarme la respiración. En realidad ya no respiraba ¡qué tontería! El ruido de la techumbre arenosa decreció hasta desaparecer. Entonces yo me planteé: “¿Tan mal me he portado en la vida para merecer este final?”

8 – 9 – 09

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