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La puerta de enfrente

>> jueves, 17 de septiembre de 2009

Tengo recuerdos vagos de aquel rellano. De pequeños nos contaban (un bulo vecinal) que la señora de la puerta A, una venerable viejecita que apenas molestaba, se empeñó tanto en su tarea que un día dejó por completo de ser un lastre para la comunidad. La encontraron muerta de la forma más terrible como se puede morir: sin poder moverse y sin que sus gritos alertaran a nadie en ese pido tan bien insonorizado. Fue una gran pianista y, como ya dije, una gran silenciosa en sus tareas. Las paredes acolchadas parecían describir el interior de un féretro, como si ya hubiese sido enterrada en vida. El día fatídico, trató de alcanzar algo de una estantería alta y cayó del taburete sobre el que se encontraba para facilitar la tarea. Eso dicen. Por aquel entonces, la puerta A corría la misma suerte de las historias vecinales para niños: otro señor había sufrido parecida suerte, aunque la muerte natural fuese un alivio el socorro llegó tarde y con mal olor. Parecía que nadie se atrevía a entrar allí o a salir. Yo por supuesto no creía nada de esto a los doce años, aunque recuerdo que me parecía sensacional la capacidad inventiva de los inquilinos de ABC y programa de sobremesa. Un día, como yo esperaba, salió alguien de la puerta B. Creo que estas cantinelas cesaron por entonces, puesto que este buen hombre, fontanero de profesión, había conseguido reparar gratuitamente todos los desperfectos del viejo inmueble con tesón y día a día hasta un año entero de trabajo. La procesión que profesaba iba por dentro, eso nadie se lo discutía. Favor por favor: yo no te ahuyento a los clientes con la historia truculenta del piso donde vives y yo te ayudo a solventar un problema acuático.
Yo confieso que un día quedé confundido con estas tres historias. Me pareció ver al nuevo inquilino salir por la puerta A. Quizás estaba equivocado con la letra del piso que ocupaba, podía ser esto también revelador en mi enigma.
Un día de los de marzo, nueve meses después de la aparición del fontanero, desde mi ventana observé cómo el señor se paseaba del A al B por una terraza que comunicaba con los dos pisos. La reforma le debió de salir por un pico, pero con su loable trabajo dinero no le faltó para atajar el problema. Convirtió dos pisos en uno, vivía con el doble de metros cuadrados. Nadie pareció ponerle pega alguna a la historia. Todos callaron como buenos sobornados menos yo, que ahora me hago eco de lo que un día sucedió en mi edificio y con intención divulgativa.
Ese señor, efectivamente, había utilizado una de esas puertas erróneamente cuando yo le vi. Se equivocó aposta. Dijo tener que arreglar algo allí dentro y en verdad esto fue así: arregló la casa entera para poder convertirla en aquel atractivo dúplex horizontal. El ruido de la llave inglesa no lo oí ni el despido precipitado del antiguo inquilino de su propia casa. Creo que hoy en día tienen más carisma los fontaneros que las viejecitas silenciosas. Eso es todo.

17 – 9 - 09

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