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NADA: Carmen Laforet y Edgar Neville

>> martes, 15 de septiembre de 2009

Alguien dijo que la risa, la carcajada, según su situación, podía hablarnos de diferentes cosas. No sé si el que lo dijo lo dijo así, o si quizás se refería de forma directa a esa cosa siniestra que tienen las cosas psicológicas de alto standing. Recuerdo uno de los carteles originales de la película “Nada” de Edgar Neville: “Un film psicológico”. Así es, no le falta ni le sobra nada, ha seguido los pasos en esencia de la novela de Laforet, quizás demasiado exactamente. Creo que de una obra de arte pueden nacer dos distintas con la misma raíz. Ahora lo creo firmemente. Antes me sentía estafado si veía que una película se salía del concepto que tenía del libro original sobre el que se adaptaba. En este caso, la variedad de personajes complejos, la infinidad de capítulos tan diferentes entre sí, los diálogos tan fieles… Creo que es excesivamente cargante en diálogos, creo que es también la necesidad de explicación de una obra tan magna. Leyéndola me asusté en esa sinceridad tan fría como viéndola. Hay sensibilidad por las dos partes, hay un no se qué que no se deja amedrentar, que habla sin pelos en la lengua, que hace referencia a lo incómodo, a la desnudez de las personas con sus miserias. Pero volvamos a esa risa que se vuelve cruel, que ya no sabe lo que es, que puede terminar en llanto o decir a otra persona lo que piensa de esta sin necesidad de palabras. La risa de la mujer hacia el hombre (como sucede aquí con Ena y Román) me recordó, cinematográficamente, a la de la Bennett con G. Robinson En “Perversidad”. Esa risa segura de quien maneja y destruye, sin medir consecuencias fatales de folletín de calidad. Las tragedias vecinales de altura también son comunes: alguien que cae (queriendo o sin querer) desafiando a la gravedad o, más bien, realizando su ejercicio, comprobando su fidelidad, sabiendod el privilegio testimonial único… e irrepetible. En “El mundo sigue” de Fernán Gómez encontramos otro ejemplo bien parecido donde, quizás, todo se lleva a una exageración que puede derivar a esa risa cruel que decíamos, a ese salvavidas-resorte que acude en nuestra ayuda en situaciones anómalas. Fernán Gómez era muy hombre, y como tal actuaba, dirigía, escribía… Es muy divertido pensar así, pero me lo hizo notar un compañero y así lo reconozco: hay personas que se tiran de cabeza en la vida y además se merecen nuestro aplauso. Fernán Gómez los tenía bien puestos y mostraba esta masculinidad con saltos de trapecista. Edgar Neville, sin embargo, era un hombre pero de careta de carnaval, un humanista de editorial. Su Mujer, Conchita Montes, una soberbia presencia por la que Cocteau sucumbió en su fotogenia.
Tanto el principio como el final de la historia, subiendo y bajando peldaños en escalera, nos mete y nos saca de situación con el mismo empuje (en el último caso con modernidad casi de psicodelia) de ese blanco y negro que nos hace a veces imaginar una luminosidad de imagen que no existe en la creación como tal, que la da la época con sus sistema. En esta película se economizó bien sin el color (así como la de “El baile” exigía su gama pictórica).
Carmen Laforet, mujer moderna de su tiempo, supo plantearnos situaciones complicadas desde el punto de vista de un personaje sin altos ni bajos, de una protagonista que entró como salió de Barcelona: sin pena ni gloria. A nosotros, espectadores, se nos abre un universo rico y pobre (más bien triste), que de seguro nos marcará como a Andrea, aunque esta no lo reconozca. Tampoco quiero entrar en la continuidad de un personaje fuera de las páginas del libro donde fue concebido, pero es natural este pensamiento en quien ya conoce un poco la vida y se atreve a exigir calidad. Quizás se vea si algo es bueno o malo (palabras que me horrorizan) con el tiempo que nos hace sabios y nos hace seleccionar, que nos hace valorar con nuestra experiencia que, a fuerza, se hace en un punto ineludible, universal.
En Nada hay calidad porque hablamos de literatura y cine español de posguerra, porque colocamos un medidor que crea una valoración de contraste mayor.

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