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Nueve nuevas novatadas. Novatada Nº 1

>> martes, 29 de septiembre de 2009

Estaba tocando el “Vals Triste” de Sibelius en un piano que no era mío, en una habitación que me fraccionaba un profesor para mi estancia en ella. No obstante, en la soledad de la espera, había decidido interpretar (de oído) una pieza para mí magistral. Pero, claro ¿hasta cuándo puede durar un vals? Se abrió la puerta y me cayó la bronca. Aprisioné de nuevo las teclas con una tapa de cerradura sin llave y me levanté de la banqueta para dirigirme a la sala de espera. ¿Por qué se puede censurar a alguien que trata de interpretar algo tan bello, por su cuenta y riesgo? Había ganas y estas eran reprimidas. Recordé mi etapa de monaguillo, cuando comencé a descubrir mis dotes con el órgano y Cesar Franck en su “Panis Angélicus”. Por entonces, yo era el niño con una cualidad divina que bien sabían aprovechar para bodas, bautizos, comuniones y… entierros. Creo que fue por entonces cuando, excusándome con que quería reponer el aceite en los farolillos del Cristo, traté de sisar de los cepillos con un cuchillito co el que me untaba la mermelada en las meriendas. Entonces, oí una voz que detenía, una vez más, mi empresa. “¡Deja de hacer eso!”. Venía desde arriba, desde algún lugar privilegiado. “¿Señor?” pregunté asustado. “No, no soy el Señor”. “¿Y qué hace ahí arriba, con los santos?” Yo también me he quedado rezagado ¡pero en mis oraciones y no en picarescas, diablillo!” Era un señor que desconocía que vestía tan impersonalmente que bien podría tratarse de un santo bajado a la tierra, como en las películas de parábolas actuales. “Los donativos no deben ser profanados, y menos co un cuchillo para mermelada. No te basta con llevarte dinero, sino que además tu sello personal es dejarlo todo pegajoso”. Yo, claro, me quedé planchado. No supe que hacer. No quería sentir más humillación, pero, comprendía, que si realizaba algún movimiento, sería el de un ahora acusado (y con razón, por ello evito el prefijo de “presunto”, ustedes han leído el delito). Todo lo que hiciese o incluso o que ahora pensaba, iba a ir en mi contra, yo iba a ser mi primer juez, la conciencia. La cosa no podía ir peor, yo era el señor de los ridículos, de modo que se me ocurrió en un ictus moral, arrojar el arma contra el señor. Le dí en toda la cabeza. Salí corriendo, no quería oír ni lo que me correspondía: la reprimenda. Salí afuera y traté de bajar a la ciudad por el camino del monte más directo. Entonces le ví, todavía más alto, en el campanario. Comenzó a hacer sonar la campana. Me había ganado la denuncia popular. Ahora vivo en otra ciudad donde no se me conoce como “el del cepillo pegajoso” pero, por lo que veo, ya se me está acusando de nuevo con otra cosa. Yo me pregunto si lo que he hecho ahora es tan malo como dicen las normas. Una academia de música no es tampoco un hospital. Los cuartos están insonorizados, ya se sabe por lo tanto el delito de antemano. A este señor le molestó porque es capaz de notar las vibraciones de mi mano sobre el marfil animado desde doscientos metros. Ahora trato de que llegue mi turno, con una sonrisa de labio hacia fuera, de bendito niño (esto es imposible, contradictorio en todo punto) esperando a mi turno, a cuando mis improvisación sea incluso remunerada. Me veo en el metro, despertando del letargo a los que avanzan hacia el trabajo y agradecen estas melodías sueltas que no conducen a ningún lado. Creo que optaré por el violín, que es más fácil de transportar para ganarse la vida de forma no oficial.

29 – 9 -09

2 comentarios:

R. Tourón 29 de septiembre de 2009, 10:05  

cuenta conmigo cuando decidas ganarte la vida de forma no oficial, ya sabes que me adapto a cualquier espectáculo que tengas en mente...XD

putativus 29 de septiembre de 2009, 11:08  

¡Me encantan los trabajos no oficiales!

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