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Partida de ajedrez

>> viernes, 25 de septiembre de 2009

Quería seguir siendo el que era a ojos de los demás… Incluso llegué a proponérmelo ante mis ojos. No podía evitar ese tambaleo del cuerpo que producía la bebida gratis. Quería parecer que producía ritmos, ruidos con los dedos de las manos contra la barra del bar, uno tras otro; pero, en realidad, lo único que hacia era asirme a ella para no caer por pérdida de equilibrio. Tan solo pedía a la lógica la pérdida de la gravedad, pero ni eso. Tenía ante mí una partida y el respeto de los parroquianos que frecuentaban el bar. Una jugada más lenta cada vez, un movimiento que lo era solo al final de la estrategia. Como Matisse ejecutaba su trazo en un segundo después de ensayar el movimiento que debía de ejecutar largo tiempo. Así yo movía la pieza y a veces olvidaba su punto de partida. Pero allí estaba él para recordármelo. “La tenía usted ahí, no se haga el patético”. Finalmente perdí. Se me acorraló con todas las piezas. En una esquinita del tablero. Yo, rey paralítico. Tampoco cambiaba mucho el caso. Era mover tan solo una casilla. Veía cómo los ejércitos se acercaban a mí ante esta lentitud de huida, esta extraña enfermedad. Las piezas de plástico refulgían con la luz eléctrica de la tarde. “¡Vaya, va usted que tener que pagar!” Era lo acordado. Pero ¿Cómo iba uno a apostarse las propias bebidas que le provocaban perder en la partida? Así era, el camarero había encontrado una forma ventajosa de pasar la tarde en un pueblo aburrido pero lleno de adictos al ajedrez. Les invitaba a las copas mientras el juego seguía sin decidirse por un ganador y, después, cobraba por ser él el afortunado. ¡Qué le íbamos a hacer, debíamos de estar orgullosos de tener ante nosotros, en esta confianza tan asquerosa, al único tipo que había tenido iniciativa empresarial en este pueblo! Nos había devuelto el interés por las tardes…aunque solo fuese para llevarse nuestro dinero. En realidad éramos nosotros, y no él, los cultos, los que teníamos algo que decir…pero no se nos ocurría el qué.
“La bebida nunca ha sido compañera de juegos” me decía mientras recordaba “El Buscavidas” de Robert Rossen. “The Hustler” y “El Gordo de Minesota”. Jackie Gleason y Paul Newman. Yo y este energúmeno que se hace tu amigo para después desollarte. Nunca olvidé el gusto amargo que me dejó aquella película. “Demasiada sordidez”. Pero ahora eran ellos los que iban a aguantar las más de dos horas de metraje, de sordidez en directo, porque, si algo no había conseguido el cine, era aquello de captar el movimiento. ¡Cómo me enfurece aquello de 24 x segundo!


26 – 9 – 09

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