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CALÍGULA-RODERO, CAMUS-ESTUDIO 1

>> viernes, 2 de octubre de 2009

Siento haber tardado tanto en volver a escribir de nuevo. Aunque mi ritmo sea diario, ello no conlleva que trabaje en un periódico con mi artículo obligado. Escribo porque me apetece, porque quizás los personajes ficticios sean un mejor apoyo en mi vida actual que las personas reales (a veces, me creo Schopenhauer demostrándole amor a mi perro para negárselo a los hombres). Que nadie se lleve las manos a la cabeza. Yo también tengo mis días, en concreto de unos para aquí completamente desmoralizado, afectado. Ayer ví una obra de teatro tan tranquilamente en casa. ¿Cómo pude hacerlo? La respuesta es “Estudio 1”. Televisión Española ha tratado de poner de nuevo de moda el teatro televisado hace bien poco, sin éxito. Obras como “Escuadra hacia la muerte”, fueron un rotundo fracaso en el ranking del espectador. A pesar del varapalo recibido, se optó por no tirar la toalla y probar a desempolvar algunos de estos clásicos (éxitos teatrales primero, televisivos después) y ponerlos a la venta en kioscos, sacando además beneficios económicos. La obra que opté por comprar y ver pudo terminar de destrozarme la existencia, pero afortunadamente puse la psicología por delante y pensé: “Vamos a sacar partido cultural a un drama social e histórico- esto es, político-. Adoptando este mecanismo, conseguí renovar esas fuerzas que me hacían, en otro tiempo, creer en algo. Fue el drama de un hombre, de una personalidad en los libros de Historia, lo que consiguió hacer comprender a otro hombre, este más menudo, aquello en lo que verdaderamente consistía el mundo. Siempre que llega una depresión, la tendencia es encerrarse en uno mismo para reflexionar y así terminar de hundirse mentalmente. Criticamos a los demás o a nosotros mismos, auque con trampa (casi siempre, para auto-compadecernos, algo que sí es verdaderamente triste). Yo no soy de corte pesimista, la gente no ve en mí precisamente una mala cara, es más: creo que mi talante vivaracho les empuja a seguirme adonde vaya, paradero siempre desconocido. Pero cada uno lleva su procesión por dentro y en estos momentos sigo sin saber todavía, habiendo pasado el aguacero, qué es lo que quiero ni lo que pasará en mi vida. Estoy cansado de pelear. Hasta una chica joven en el metro, a las doce de la noche, se atrevió a meterse en mi vida con toda la desfachatez del mundo. ¡Yo creía que los moralistas, aunque pasados de moda, eran un poco más hábiles en su oficio! Como digo, vino a sentarse junto a mí para preguntarme algo normal, si aquel tren llegaba hasta aquella otra parada; viendo que consentía en contestarle, comenzó a sobrepasarse en los límites que yo le daba de confianza. "¿Vienes de trabajar?" fue la primera impertinencia. Después, sacando conclusiones de mis ojos rojos, continuó dándose a la perorata con frases como “los jóvenes no os cuidáis” o “si los demás se toman un porrito tú te lo tomas”. Y yo, herido en mi orgullo. El caso es que, tratando de callarla la boca, terminó por decirme: “No sé para qué estás hablando ahora con una desconocida a la que te acabas de encontrar”. Traté, indignado, de salir antes del vagón con una respuesta contundente: “pues efectivamente, buenas noches”; la realidad es que ella acabó por salir antes, saliéndose también con la suya, con la última palabra: “Cuídate”. ¿Pero quién narices se creía? El problema es ese, que soy tonto del haba y la gente trabaja en mi vida y no yo en ella. Bueno, os estaréis preguntando a estas horas por el título de este escrito. Normal. “Calígula”, hace referencia a la grabación histórica de la obra de teatro que ví; portaba ese nombre, en su personaje, un magistral José María Rodero. Estudio 1 fue una forma eficaz de transmitir el teatro en todas las casas. Ahora, con su edición en DVD, continúa siendo la fórmula valiente del directo pero con el aliciente de mostrarnos a aquellos grandes de nuestra escena en sus papeles más justos. Aquellos actores que, gente como yo, por generación, no ha tenido la oportunidad de ver en carne viva sobre un teatro. El cine iba por otros derroteros, apenas había iniciativas interesantes (y mucha coincidencia tenía que ser que se combinara una idea interesante con un talento para recrearla en la pantalla). Encontré en el señor Rodero un aliciente y a la vez una frustración, pues sabía que yo, en mi afán por la dramatización, nunca conseguiría alcanzar cotas tan elevadas. ¡Era Rodero, era inimitable, como tantos otros del momento! Un personaje que le venía como anillo al dedo, pues tendía, creo yo, a exagerar sus personajes. “Calígula” de Albert Camus, ni mas ni menos. ¿Cómo interpretar a un loco demasiado cuerdo? Este actor poseía tal número de registros que la mayoría se me escapaban, era como algo nuevo que me deparaban los fondos de T.V.E. Ni qué decir tiene que me voy a poner como loco a buscar la pieza teatral, ya que la tenía pendiente en el cajón del teatro de Camus.
Hay algo que consideré estúpido en la voz del narrador presentando la pieza. Con guión de Jaime Azpilicueta decía: “Camus murió con el mal del siglo XX: Los accidentes de automóvil”. ¿Realmente eso puede considerarse el mal del siglo veinte? ¡Por favor!
En cuanto a cuestiones de traducción, considero que esta versión en castellano del libreto consigue crear un "Calígula castizo". Me explico: Sin desmerecer la valentía de trasladar una pieza de estas características a la parrilla televisiva del momento, creo que el texto de Camus acaba siendo condicionado por las circunstancias del momento: La España sesentera (y todas sus consecuencias). No obstante, tengo que reconocer que aquella televisión -de un solo canal- dedicaba más horas a la cultura que la que ahora tenemos. No se asusten, pero conozco a gente que no tiene televisión en su casa. ¡Cuanto les envidio!
Rodero se quejaba de lo poco que habían sabido aprovecharle cinematográficamente. En la introducción al documental previo a la obra de teatro, se nos dice que él jugaba a ser leyenda, pero no se creía una leyenda, aunque lo era. Mi padre tuvo la oportunidad de verle como “Max Estrella” en “Luces de Bohemia” y le impresionó esa capacidad de introspección para convertirse en invidente. En cuanto a los famosos ciegos del teatro, encontramos a Paco Hernández con “Los Edipos”, una obra para la cual mantuvo los ojos al virulé durante todo el tiempo de duración de la misma. En “panorama desde el puente”, Ese realismo llevado ya a las muestras físicas lo demostró, esta vez sin querer, con José Bódalo (otro grande), el cuál ya se encontraba mal de la vista y le dio un bastonazo mal calculado arrojándole al suelo malherido. La gente aplaudía de entusiasmo con esa “realidad” que resultó ser excesiva. Con la llegada de la ambulancia se debió de aclarar todo. De José Bódalo, ya que le he citado, me gustaría destacar otra anécdota: era acérrimo del Real Madrid y necesitaba enterarse de los partidos estuviese o no actuando en escena. Llegó a ponerse un aparatito imperceptible en una de las orejas para informarse de la situación en el campo estando él en las tablas. Incluso el apuntador le informaba de los goles. Esto es un gran actor: Rueda una escena cuyo personaje debe de llorar y, una vez dicen corten, recupera la compostura y pregunta por los resultados de un partido. Increíble. Bueno, pues Rodero decía no creerse los personajes que interpretaba: “Yo soy José María Rodero, que engaña a unos señores que saben que van a ser engañados”. Esta postura formaría parte también de su personaje en vida, seguramente.
Creo que todo el mundo que pueda despotricar sobre nuestro legado cultural dramático debe de ver obligatoriamente este testimonio y olvidarse ya de Elia Kazan, del método Stanislavski y del Actor´s Studio. Es más, creo que Rodero debería de estudiarse.

2 – 10 – 09

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