Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

José Val del Omar: Tríptico elemental de España

>> lunes, 19 de octubre de 2009

El trabajo de José Val del Omar no se parece a ninguno, no conseguirá nunca presentarse como un producto porque escapa a todas las definiciones. No solo va en contra de las concepciones de cine (sería un error considerarle un director) en España, sino en el resto de Occidente incluso en su contemporaneidad.
Podría decirse que Val del Omar fue el primer artista español en realizar videoarte en su país, cuando allí todavía no se sabía ni lo que era el video. Con una mente volátil, siempre mantuvo su cámara aferrada al suelo. Era pues, un místico errante, que quería reproducir con ese gran compendio de elementos que es el cine todas aquellas inquietudes que se escapaban a la razón. Su forma de expresarlo resultó tan peculiar que le condenó a la incomprensión de un público y, como consecuencia, a un olvido injusto; ahora, parece su figura parece haberse rescatado con un afán arqueológico nunca visto en otras épocas.
Con la brujería científica que le ofreció el terreno de lo audiovisual, Val del Omar quiso ir más allá, creando de esta ilusión algo tan verosímil que trastocase al espectador en testigo de un suceso capaz de influir en su propio ser. Un acontecimiento que marcase un antes y un después en su concepción de las cosas por vía de los sentidos. Val del Omar quiso llegar hasta cada uno de los espectadores “tocándoles” con su plasticidad creadora.
Para ello, dedicó casi cincuenta años de su vida a consensuar todo este propósito en tres piezas lideradas por una denominación común: “Tríptico elemental de España”.
Como figura deudora de su tiempo, Val del Omar trató de aunar los nuevos tiempos en el bullir del siglo XX con la tradición lírica de un país cargado de simbolismo, iconografía y tradición.
Las tres piezas son, por orden: “Aguaespejo granadino”, “Fuego en Castilla” y “Acariño galaico”.

AGUAESPEJO GRANADINO

La obra de Val del Omar comienza en sus títulos de crédito. En ellos, se juega con las texturas de la grafía para inspirar concretas intenciones. En este caso, las letras se vuelven árabes, como evocando el paso de esta cultura por esa Al-Ándalus que queda como testimonio vivo en La Alhambra. Primitivamente, la presentación de una película precisaba del texto inicial, donde se informaba al espectador de lo que iba a ver y de quienes lo habían hecho posible. Era casi una obligación que el director realizaba a regañadientes. En este caso, el fondo continúa siendo neutro (negro) pero por una necesidad poética de expresar en todos los sentidos la cultura tan peculiar de Val del Omar (su mensaje debe ser leído, escuchado en voces en off y sentido con las imágenes, la música, los efectos sonoros…). Así, ya nos sentimos inmersos en un mundo que trataremos de adivinar previamente de finalizar los créditos. El mundo gitano se nos presenta como el testimonio vivo de una cultura perdida en el tiempo, occidentalizada tras el paso musulmán por la península. La raíz cultural perdurará en la música con el cante hondo y en la sabiduría popular, como aquella frase que nos encontramos en los títulos y que, más adelante, leerá un personaje, escrita en la pared:

El que más da
Más tiene
Matemáticas de Dios
Sacromonte se nos presenta como el hábitat donde esta cultura pervive, donde se las describe con una voz en off imponente:

Ciegas… Qué ciegas… ¡Pero qué ciegas son las criaturas que se apoyan en el suelo!
Sin saber por qué. Y no encuentran más razón que las que caen de su peso.

Una gitana parece apoyar estas palabras tan misteriosas:

De dos cuerpos vengo
A dos sangres voy
No soy.

El sentimiento visceral del cuerpo estremecido, de ese punto vertical contrapuesto al otro, ese mundo todavía en otro mundo anterior, perpetuo, con sus normas y reglas.

¡Dios mío! ¡Pero qué ciegas son las criaturas!
¡Si sus razones no alcanzan ni a la sombra de sus cuerpos!

La maternidad, aquello que ayuda a dar sentido al movimiento de la Tierra:

Misterio es
Que la leche brote generosa

La noche se une como otro momento mágico. La noche y el agua de esas fuentes que son el sentido de una tierra desde que fue Al-Ándalus.

Misterio es
Que el sol levante a la hierba
Misterio es
Que se levante el agua
Malas entrañas y estrellas
Dejadla subir
¡Dejadla bailar!
Aquí la tenéis suspensa
Estancada
Prisionera en el camarín de su cultura
Agua, espejo de la vida
Subir ¡subir y subir!
Hasta ceder, caer, retornar

Versos de García Lorca y coloreados de la imagen a verde en la plasmación literal de la poesía:

Pasó la verde locura de la luna
Ahora, con la madrugada
viene la razón de las piedras
y el verdadero milagro de las aguas

La música de Manuel de Falla en “El Amor Brujo” y “Noches en los Jardines de España” terminan de redondear la atmósfera.

En el aire, palpitando
La alegría de los cielos y la tierra

¡Pero qué ciegan son las criaturas
Que se apoyan en el suelo!
Dios ¡Dios!
¡Amor!
¡Qué ciegas!
¡Estando tú tan abierto!

La mirada inocente de una niña, el cielo en constante metamorfosis, el atardecer, el final de las campanas de “El Amor Brujo” en sus últimas notas. El “Sin fin” que se desprende de sus límites y enloquece en el final de la danza del fuego de la misma obra.




FUEGO EN CASTILLA

“Visión Táctil del páramo del espanto”

De nuevo vuelven a ser protagonistas los títulos que dan comienzo a la representación. Aquí la poesía se mezcla con el modo de ver las cosas de Val del Omar, de transmitirnos sus escalofríos por la mirada, que uniforma, de la cámara.
Hay un prólogo a los títulos, a la propia obra. Un poema de García Lorca terrible:

“En España todas las primaveras viene la muerte y levanta las cortinas”

La letra empleada, en este caso, quiere ser llama. Las teclas de un clave nos indican cierta espiritualidad religiosa, reconcentrada, dedicada a la soledad del creyente, en la cual se comunica, a la vez que teme, a Dios.
Lo que comienza como un aparente documental de corte religioso acaba convirtiéndose en la apoteosis de estos mismos elementos. Unas imágenes, estas primeras, aún extrañas. Aquellas tallas envueltas en plástico para la protección contra la lluvia se transforman en esa “prisión” de aquellas imitaciones de vida que lo parecen más a esta mirada. Después, en esa noche del fuego, en ese baile, en esa danza, en esa interrelación de obras de Berruguete y Juan de Juni, encontraremos el sentido terrible de aquellas palabras lorquianas, de esta moral transmitida a generaciones, de ese concepto de dolor, de duelo, de historia terrible Bíblica. El sonido y la iluminación hacen más agobiante aquella transmisión al espectador, pero es la única forma de querer ver a Val del Omar. Casi sin pestañear. En el sentido de Val del Omar, la religión debe de asustar para convencer a los fieles, pero es un miedo necesario que se acepta con total normalidad por parte del creyente, dentro del mismo misterio de la fe. No hay tanto una crítica sino una transmisión de ese mismo sentimiento de la forma más objetiva posible, si es que esto es posible. Aquí se encuentra parte de este estrafalario tan personal valdelomariano, que logra confundir a políticos, religiosos, creyentes, agnósticos, españoles y extranjeros… El amor como forma de superar la encrucijada de la vida y de la muerte, del más allá y del más acá. El amor como la victoria suprema sobre lo demás.

ACARIÑO GALAICO (DE BARRO)

En esta pieza de falso documental, encontramos una rara belleza comparativa: la ornamentación que ha ido formando un todo que será la Catedral de Santiago de Compostela, con otra muy diferente (o quizás la misma) creada por un artista que bebe de los orígenes en una gruta, que en toda ella puede contemplarse ese misterio de una Naturaleza que hace y deshace, que nos muestra su propia construcción de la belleza. Todo, poco a poco, va tomando el carácter grotesco de lo grutesco, es decir, va adquiriendo la textura del barro. Una Última Cena en bajorrelieve no tiene que envidiar a un conjunto de personajes abocetados por un autodidacta de su propio entendimiento del Arte. Parecen permanecer escondidos estos resultados, pero aquí está Val del Omar para sacarlos a la luz y atreverse a contraponerlos casi como la noche y el día, en ese juego casi tenebroso que comienza en “Aguaespejo Granadino” y sigue con las tallas religiosas en “Fuego en Castilla”. Incluso teme mostrarnos aquello que culturalmente relacionamos a la tierra cambiando a negativo algunas escenas. Todo descontextualizado, todo formando una nueva realidad, una entidad que se llevó consigo del Omar. Un proyecto tan ambicioso que no llegó a concluir. Sus “Sin fin” con los que culminan (a día de hoy y ya sin el autor) sus trabajos nunca cerrados, son la prueba que demuestra lo arduo de esta tarea. En el caso de esta tercera parte del Tríptico, el comienzo del proyecto llevó de los años sesenta al final de su vida, ya en los ochenta. No logró tenerla lista para su presentación en la “Muestra de Cine de Vanguardia en España”, donde iba a proyectarse en Marzo de 1982, en el centro Georges Pompidou de París. Todo reside en el montaje. Aún así, para quien no estuviese en la cabeza de este excéntrico artista, tengo la seguridad, resultó una gran faena la reconstrucción de su legado. Dejó demasiada documentación para cada trabajo, pero sus ideas de imagen (tactil-visión), sonido (alteraciones del original y guión aparte) y demás elementos que hacen un todo en su universo hacían tan solo posible que una mano, su mano, supiera darles la lógica correspondiente como artista irrepetible. Su mirada, la mirada de sus personajes individuales, de curiosidad, de desasosiego, de interacción con lo que le rodea (ese ojo que se posa en el ojo de Dios en el techo del lugar santo, ese ojo que hace chiribitas con los de las ranas). “Cuidado para no llevar Acariño a un terreno extraño, maquillando la película como a una momia para que cumpla bien su función de producto cultural” como dice Javier Codesal, uno de los encargados de esta tarea, como digo, colosal. Él mismo se disculpa en nombre de todo su equipo por trabajar tan a ciegas. Trata así de dejar zanjado incluso el asunto final del audio. Me parece algo maravilloso, aunque no acabe con ese “Sin fin” pero acuda a unas voces que claman por la lucha (el momento del 23-F), por la violencia, por ese desencadenamiento de la furia “¡Guerra en el Cielo y en la Tierra!” dice intercalando imágenes religiosas con profanas. Recuerda al final de “El Ángel Exterminador”, con ese sonido de disparos, de animales liberados… Es el poder de las imágenes y de la evocación de imágenes.

Sésil Démil 19 – 10 – 09

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP